Las mariposas

Por: Zuleika Esnal

Columna de opinión.

El 25 de Noviembre, Día Internacional de la No Violencia contra la Mujer; o Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, o Día Mundial contra la Violencia de Género. No sé cuál de todos es el correcto. Lo que sé es que estamos hartas. Cada vez más. En todos los rincones de esta tierra regada por nuestra sangre. Se conmemora el 25 de Noviembre porque es cuando asesinaron a las hermanas Mirabal, «Las Mariposas»: Patria, Minerva y María Teresa. Tres opositoras a la dictadura de Trujillo en República Dominicana. Antes de matarlas a garrotazos para después simular un accidente, las habían detenido, violado y torturado varias veces. ¿Se entiende? Las violaban y salían a la calle. Las volvían a violar. Y ellas volvían a salir. Y ellos volvían a violarlas.

Todo así.

Siempre así. Hasta el día de su muerte.

Las Mariposas, resistiendo entre los cuervos.

Terminaron al fondo de un barranco con la cabeza abierta.

Alrededor de 150 mariposas me escriben CADA DÍA. De lunes a domingo. No hay feriado. No hay hora de la siesta. No hay un horario prudente. No hay un modo. No tengo una técnica. No tengo dinero. No tengo recursos. No tengo palabras muchas veces. Tengo un corazón y lo uso lo más que puedo. A veces no puedo más. Hoy, por ejemplo. Una de las tantas mujeres con las que hablaba, se mató. «Dijo basta, Zule», me escribió su hermana. Un padre violador que murió impune y libre. Que la desvirgó a los nueve años y la embarazó a los quince. Que la hizo abortar a las patadas y una noche me escribió para contarme, como pudo, un gran pedazo de su vida. «No puedo tener hijos porque mi viejo me rompió toda por dentro, pero bueno, a lo mejor un día me pongo bien. Me estoy reponiendo de lo otro». 

«Un día» no llegó nunca y «lo otro» era una violación de hace dos años. Un taxista. Nunca lo encontraron.

La última vez que nos hablamos fue cerca de mi cumpleaños. Estaba contenta. Había dormido toda la noche de corrido. «Aunque a veces vuelven los fantasmas y me doy miedo».

Estoy acá, le dije.

No alcanzó.

No aguantó más.

No quiso más.

Tomó veneno para ratas.

Se nos fue.

Reviso nuestras charlas.

Me tiemblan los dedos.

Busco señales.

Algo.

Nada.

Gracias, te quiero, estoy mejor… esas cosas.

Cuento las veces que le dije «Estoy acá» a lo largo de estos once meses: treinta y dos.

No alcanzó. No alcanzó. No alcanzó.

Me ahogo.

Me pongo en posición fetal.

Lloro. Aúllo, literalmente.

Los animales de la casa, mi manada más cercana, se me vienen encima.

Están alertas.

Mi cerebro automáticamente empieza a repasar nombres. Escribo, frenética, no sé cuantos «¿estás bien?» en una hora. Quiero asegurarme de que están acá. De que siguen vivas. Me doy cuenta de que son tantas pero tantas mariposas, que no me dan las manos ni las alas. Tengo miedo. Tengo bronca. Tengo una piedra enorme que va de la garganta al pecho. 

Anoche me tomé un taxi. Llegué viva a mi casa. Llegué intacta. El señor fue muy amable. No me violó. No me asesinó. No me dijo puta ni me desfiguró la cara. No me tiró a la calle después de cogerme. No me escupió ni me desgarró el ano ni me clavó las llaves del auto en el pezón.

De todas formas crucé los brazos y las piernas como un acto reflejo cuando mi amiga se bajó y quedé sola en el auto.

Pedí que agarrara una avenida.

Anoté los datos. Se dio cuenta pero no me dijo nada.

Le debe pasar todas las noches.

Finalmente lo logré.

Pagué y bajé del taxi.

Otro triunfo. De porquería, pero triunfo al fin.

Ah, no. Pará. Todavía me faltaba llegar hasta la puerta. Meter la llave. Abrir y cerrar de golpe para entonces sí, respirar tranquila. Corrí mirando para todos lados.

Me había dejado en la esquina.

Me acostumbré a correr, como todas.

A mirar a los costados y hacia atrás.

A contener la respiración.

A la adrenalina.

A cruzarme de vereda aunque esté en la vereda de mi casa.

A esperar que pase de largo el extraño de turno para entonces sí, volver sobre mis pasos.

Todo eso.

Todo el tiempo. Anoche tuve el lujo de contestar un mensaje: «Avisame cuando llegás, dale». Fue lo primero que hice ni bien entré a mi casa: avisarle a mi amiga que estoy viva. Que estoy viva, ¿entendés? Porque si no contesto, mi amiga no se duerme. Y no se duerme porque a lo mejor no estoy viva un carajo.

A lo mejor nunca llegué.

A lo mejor a alguien se le ocurrió cogerme en el camino.

No es una posibilidad, es LA posibilidad. Y no es normal. Y no está bien. No es llamar lo que hay que hacer. Es lo que estamos haciendo porque no nos queda otra. Y es una reverendísima mierda. Estamos vivas de pedo y lo sentimos en los huesos. HOY, si salís a la calle, sabés que estás viva de milagro.

Y lo sabés todos los días. De milagro volviste de bailar. De milagro llegaste al trabajo. De milagro hablaste con tu mamá. Y bailaste en una fiesta. Y disfrutaste tu borrachera y tu pollera corta. De milagro no tuviste que dar explicaciones. Ni apareció tu foto en televisión. O vos misma, en una bolsa de consorcio.

De milagro absolutamente todo. Yo no quiero más milagros, métanselos en el orto. 

Quiero estar viva. <

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