Tras el triunfo del nacionalista Aleksandar Vucic, miles de personas desde las calles hablan de “dictadura”. Pero la figura es un joven estudiante de Comunicación que se hace llamar Beli (foto).

Durante la campaña para las elecciones presidenciales del domingo 2 de abril, el equipo de SPN fue sumamente activo en redes sociales, especialmente publicando numerosos videos en YouTube. Pero Beli también viajó por todo el país con su megáfono, anunciando que crearía nuevas colinas para las zonas llanas (porque acá no se puede usar un trineo) y llevaría el mar a Serbia (porque necesitamos nuevas playas). Declaraba desvergonzadamente que durante su mandato no habría más corrupción que la suya y que haría más promesas que nadie, tres veces más promesas que cualquier otro candidato.
Beli apareció casi de la nada, no tenía contacto alguno con la política y apenas si nació como una sátira. Pero su popularidad creció exponencialmente en el último año, especialmente entre los más jóvenes, y en las elecciones superó a candidatos con trayectorias importantes, entre ellos Vuk Jeremic, ex Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas; al líder de la oposición Vojislav Seselj; o Aleksandar Popovic, que presidió los ministerios de Minería y Energía y de Ciencia y Protección Ambiental. Las principales ciudades serbias se cubrieron de pintadas que claman ¡Ave Beli!, como si fuera un César, el salvador que todos esperaban.
Claro que nadie realmente espera que Maksimovic (y su personaje Preletačević) cambie el rumbo del país, pero sin dudas se trata de un fuerte mensaje político. En un mundo en el que candidatos que se dicen serios hacen promesas cada vez más vanas, Beli fue percibido por la juventud serbia como un poco de aire fresco, algo nuevo, distinto, un gran chiste que es también voto bronca. Mezcla de protesta, reclamo e insulto. El casi 10% que obtuvo el ficticio personaje es un voto antisistema, pero también de demanda y llamada de atención ante el cada vez más poderoso partido gobernante y la cada vez más fragmentada y debilitada oposición.
Con el triunfo oficialista consumado, Beli cedió su espacio a los manifestantes que hoy toman las calles con reclamos que ya no tienen nada de ironía o sátira. Los que ahora levantan pancartas fueron los jóvenes que votaron a un candidato abiertamente ridículo y absurdo, tan sólo como una forma de equipararlo a otros políticos. Muchos votaron por primera vez y quizás alguno vuelva hacerlo en las próximas elecciones parlamentarias. Puede que incluso el chiste de Beli haya sido el principio de un cambio concreto para Serbia, el acceso de una nueva generación al debate político, el necesario recambio en una nación que ha padecido guerras y bombardeos en las últimas décadas.
De alguna forma, Beli ya ganó.
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