Los datos objetivos de la economía no acompañan al gobierno, sean de “la macro” o de “la micro”. En su reemplazo, inventan otros. Por ejemplo, la idea de que si bien los salarios formales no levantan, los informales “vuelan”. Esto es, en primer lugar, incomprobable. Y en segundo lugar, imposible. Existe información sobre los salarios formales a través de los aportes al sistema previsional. Por eso son formales: porque hay un registro comprobable y medible de cuánta gente recibe un salario y cuánto cobra. En cambio, no hay cómo medir aquello de lo que no se tiene registro.
Además, la afirmación es imposible por la sencilla razón de que los empleadores que pagan “en negro” lo hacen para remunerar por debajo de los convenios y no por encima. En el mejor de los casos, pueden pagar “en la mano” un poco más del neto formal a costa de no abonar los aportes previsionales. Allí el negocio está en ahorrarse costos laborales no inmediatos para las y los trabajadores, pagándoles un poco más del salario inmediato que necesitan imperiosamente. Por eso, aun así, el salario informal no puede despegarse tanto del formal como para “volar”: está anclado a él, se referencia en él, y por regla general nunca supera su bruto.
Si en la estimación se cambia la palabra salarios por ingresos, y se suma lo que declaren en la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) personas que vendan bienes o servicios formal o informalmente, es posible que alguna gente haya podido sostener y hasta aumentar sus entradas de dinero. No hay medición, pero al menos es posible. El problema es que lo logran sobre la base de trabajar más, sumando ocupaciones, empleos u horas extra. Si se midieran los ingresos por hora, en vez de compararlos por mes o semana, se podría ponderar con mucha mayor exactitud cuánto ha bajado la remuneración a todo tipo de trabajadores la política de Milei: sean asalariados formales, informales, cuentapropistas o precarizados en general. Todos viven peor o tienen que trabajar más para vivir como antes. O sea que en todos los casos viven peor. La cuestión del endeudamiento masivo y la mora en los pagos remite a esto.
Otro problema es medir porcentajes de aumento salarial contra tasas de inflación, a ver “quién le gana a quién”. Esta tara se presta para maniobras. Sobre todo cuando hay un índice de inflación malo, desactualizado y probablemente “tocado”, que no da cuenta de los verdaderos gastos fijos que tenemos los hogares.

Resultados contundentes
Es crucial, entonces, medir los ingresos populares por hora trabajada y en relación a lo que cuesta satisfacer las necesidades básicas. Es lo que hicimos recientemente desde el “Área de Soberanía, ruralidad y trabajo” del IEF-CTA, para saber si las y los trabajadores del campo estaban mejor o peor con el gobierno que mayoritariamente habían votado en 2023.
Los resultados fueron contundentes. Desmienten por completo la tesis de los salarios “voladores”. El agro es un sector en donde la informalidad duplica la media nacional. Era un buen experimento. En ese paraíso sin derechos del ministro Federico Sturzenegger, los laburantes reciben salarios entre los más bajos de la economía -un 60% de la media que recibe el resto de los trabajadores- y el empresariado captura un 30% más de ganancias que en el resto de los sectores.
En el informe demostramos que un peón ganadero puede pagar con su salario la mitad de la carne que podía comprar en 2015. Lo mismo sucede con las y los braceros que recolectan frutas de consumo local o exportables: sus remuneraciones se llevan un 50% menos del precio final. Algo similar le pasa a los criadores de pollos y huevos: pueden consumir un 40% menos de lo que producen. Y quienes ordeñan vacas, pueden comprar un tercio menos de los lácteos y derivados que generan con su trabajo. Así, lo que pagamos de más en la góndola no va a las y los trabajadores del campo ni la agroindustria, sino a sus empleadores. Y lo que dejamos de consumir porque no nos alcanza, lo transforman en ventas al exterior en dólares. Con la informalidad, lo único que “vuela” en el campo son las ganancias empresarias.

La realidad
Gabriela Reartes, líder del sindicato de tabacaleros de Salta (ATRES), también nos devuelve a la realidad ante los artificios estadísticos del gobierno: “El jornal oficial en esta cosecha que acaba de arrancar, está en 40 mil pesos. El trabajador informal puede sacar 30 mil pesos o menos. Porque les ofrecen un salario sin los descuentos por los aportes. Siempre pagan menos que el formal. Para eso lo hacen”. Y agrega: “Encima con la crisis económica que estamos viviendo y con el poco trabajo que hay en la construcción, el trabajador termina aceptando un jornal de 30 y hasta 25 mil pesos en negro”. En la otra punta del norte, en Misiones, Ana Cubilla, secretaria del sindicato de tareferos ocupados en la cosecha de yerba (SUOR), confirma lo mismo: un obrero u obrera ocupada informalmente en el sector levanta no más de 25 mil pesos por día trabajando literalmente de sol a sol, contra la entrega de media tonelada diaria de hoja verde que rompe la espalda en poco tiempo. El convenio formal dice que deberían cobrar 40 mil pesos por esa cantidad de hoja. Pero nadie lo respeta: informalmente, lejos de “volar”, las remuneraciones de los tareferos se arrastran dolorosamente por el suelo. Por eso, el que puede se va al Brasil de Lula, donde pagan el triple por hacer lo mismo y se trabaja en mejores condiciones de seguridad, limpieza y descanso.
En el corto plazo, las y los trabajadores necesitamos una recomposición de nuestros ingresos. Y en el mediano plazo, también es preciso que cambiemos cómo los medimos: debe ser por hora y en relación a una canasta de bienes y servicios concretos. Eso puede ayudar a entender lo que nos pasa; luchar y negociar mejor tanto en relaciones salariales clásicas como en nuevos tipos de vínculos y ocupaciones; y sobre todo, prevenir las ilusiones ópticas de empresarios y gobiernos antipopulares.