Leopoldo Bard, una vida apasionada

Por: Rodrigo Daskal

jemplo de compromiso político para con la defensa de los intereses de las mayorías populares así como de militancia cívica deportiva en nuestro modelo asociativista sin fines de lucro, corazón y razón de nuestros clubes.

Leopoldo Bard tenía diez años en 1895 según el censo de ese año, aunque su fecha de nacimiento no esté del todo clara. Nacido en Austria de familia con origen judío, es uno más de los millones que en los albores del siglo se involucraron en la vida política, social y también deportiva argentinas. Puede verse en nombres que relacionan ambas dimensiones y el de Bard, fundador, jugador y primer capitán y presidente del Club Atlético River Plate adquiere particularidades dignas de ser conocidas. Bard escribe parte de su vida e historia en el club en un libro de 1957, así como su vida de estudiante de medicina y futuro –y reconocido- especialista en temas de higiene y medicina laboral, a la vez que su temprana militancia en la Unión Cívica Radical, partido en el que tendría un importante rol como militante, orador de barricada y persona de estrecha confianza de Hipólito Yrigoyen.

Volviendo al club, como líder de un grupo de pibes de dos equipos distintos, da origen a River, todo atravesado también por la salud pública: desde los vínculos con el club Facultad de Medicina en el que jugaba Bernardo Houssay hasta el obtener del Hospital Muñiz tablones y bancos para la primera cancha de River en La Boca.

Bard fue formado por eminencias como José María Ramos Mejía y José Borda, y se convirtió también en un distinguido profesional publicando más de 800 notas y dictando gran cantidad de cursos y conferencias sobre cuestiones médicas vinculadas a la profilaxis e higiene medicinal. Tuvo cargos docentes en diversas cátedras de la Facultad de Medicina, presidió la Asociación Argentina de Higiene Social, e innovó en conferencias radiofónicas, conduciendo un programa radial sobre temas médicos.

Desde el año 1922 y hasta 1930 fue diputado nacional y presidente del bloque de diputados del radicalismo yrigoyenista, con una prolífica y moderna actuación como legislador en cuestiones como la defensa de la política de nacionalización petrolera, los derechos sociales y legales de los trabajadores y los políticos femeninos, como un proyecto de la ley de divorcio o temas de índole médica y asistencia social como la mortalidad infantil. Todo ello se plasmó en más de 100 proyectos de ley de su autoría aprobados por el Congreso de la Nación e intervenciones verbales de todo tipo en las que defendió sus posturas impregnadas de un enorme sentimiento nacional, a la vez que de defensa de las políticas de Hipólito Yrigoyen y de su figura.

Luego del golpe militar de 1930, Bard fue encarcelado tres veces, la última hasta febrero de 1932 en la Cárcel de Encausados, luego de volver de Necochea, ciudad en la que había comprado su casa y  donde realizó una obra importante. Pese a que su domicilio había sido robado e incendiado -entre ellos su biblioteca y cuadros de Ripamonte, Quirós y Fader-, se negó a huir, pues consideraba no haber cometido delito alguno. Se lo acusaba de ser parte del “Klan Radical”, supuesto grupo político de origen extremista cuyo objeto era alterar el orden público. Torturado de diversas maneras, llega enfermo al Hospital Ramos Mejía, donde paradójicamente, años antes, había sido practicante y médico de las salas de cirugía, además de jefe, docente y examinador de clínica quirúrgica.

Una de las detenciones ocurre ante un informe del comisario Julio Alzogaray en el que acusa a Bard de homicidio, de lesiones y de cometer desmanes junto a un grupo radical, en la Plaza Once de Septiembre. El proceso concluyó en 1932 con su absolución de toda culpa y cargo de los delitos imputados, y con el posterior procesamiento por torturas del comisario Vaccaro. Alzogaray, en su conocido informe sobre la prostitución en el país, denuncia a un integrante de una organización judía de trata de mujeres de haber utilizado el automóvil oficial de Leopoldo Bard, mientras acusa a José Bard –padre de Leopoldo- de tratante de blancas. Esta cuestión, si bien no implicó directamente a Leopoldo, sumada a las torturas sufridas y el posterior olvido político de buena parte del radicalismo, explica en buena medida las “sombras” que el propio Bard declama haber soportado sobre su propia vida. Luego de absuelto continuó dedicándose a la seguridad industrial y la medicina laboral, predicando por la defensa de las condiciones sanitarias y laborales de los trabajadores, siendo en 1947 nombrado Director General de Higiene y Seguridad del Trabajo en el gobierno de Juan Perón.

Además, vuelve a participar de la política riverplatense como vocal de comisión directiva con el entonces presidente Antonio Vespucio Liberti, dedicándose a actividades culturales y a la formación ciudadana del socio. Su imagen mítica aparece ligada a la del un hombre de prestigio en las décadas de los ’40, ’50 y ’60 siendo también representante de socios y miembro del Tribunal de Penas de la AFA.

Bard encarna una personalidad versátil, posible de ser vista atendiendo a los heridos de la Semana Trágica de 1919; citando largamente a Marco Aurelio y rescatándolo como hombre pacifista y benéfico; pidiendo clemencia para Sacco y Vanzetti, o recorriendo la ciudad por las noches en búsqueda de desamparados para ayudarles, siendo ya diputado. En las primeras páginas de su libro cita a France, a Call, a Jung, a Nietzsche, a Krishnamurti -entre otros- pues se formó e instruyó en la idea de que la inteligencia es pensamiento y emoción en armonía, y en la creencia de que en el comportamiento de una vida es la dimensión afectiva, mucho más eficaz y poderosa que la inteligencia misma. Su vida estaría marcada por la tragedia y el dolor a la vez que por el compromiso político y social; falleció en Buenos Aires en 1973. Su carnet mostraba en el año 1950 el número de asociado 6690 y actualmente el Salón de Honor, en el corazón del estadio Monumental, lleva su nombre como homenaje. Es ejemplo de compromiso político para con la defensa de los intereses de las mayorías populares así como de militancia cívica deportiva en nuestro modelo asociativista sin fines de lucro, corazón y razón de nuestros clubes.

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