Leticia Aranda recuerda perfectamente por dónde salía el sol cuando era chica. Amanecía detrás del Ambato, en Colpes, su pueblo del departamento de Pomán, en Catamarca. Después vivió en La Rioja y el sol empezó a aparecer y esconderse en otros puntos del horizonte. Y ahora está en Buenos Aires, donde, dice, “directamente no hay cerro”. Esa experiencia física de cambiar de paisaje, de aprender dónde amanece, cómo sabe el agua o qué significa que llegue un domingo y la familia esté lejos está en el corazón de Desarraigo, su segundo trabajo.
Pero desarraigarse, para Aranda, no significa quedarse sin raíces. Más bien lo contrario: comprobar cuánto de aquel lugar continúa viajando con ella: “Me siento en mi mente y en mi corazón profundamente arraigada a mi pueblo, Colpes de Pomán. Siempre que canto, que armo un disco o un repertorio, estoy pensando en mi pueblo: ¿les gustará?”.
Esa pregunta funciona como una suerte de brújula. Desarraigo, producido junto al músico riojano Joel Costas, tiene seis canciones y hace convivir coplas y vidalas con guitarras distorsionadas, delays, loops y climas eléctricos. No se propone reemplazar la tradición ni “actualizarla”, sino trabajar desde ella y explorar hasta dónde puede llegar.

Para Aranda, esa transformación tampoco representa una anomalía dentro del folklore. “Todo está en movimiento constante y creo que nuestro folklore también está experimentando eso”. Recuerda que hubo momentos en que incorporar una batería parecía una revolución, del mismo modo que el Nuevo Cancionero produjo décadas atrás su propia transformación del lenguaje folklórico.
“El folklore que hacemos hoy no es el mismo que se hacía en los ’60 o ’70. Siempre se va generando ese mestizaje, ese movimiento, esa mezcla. Yo solamente soy una persona muy inquieta, que intenta captar todo lo que pasa a su alrededor”, explica.
Buenos Aires también modificó su escucha. Entre los sonidos de la ciudad, admite, terminó llamándole más la atención el rock que el tango. Y en esa búsqueda apareció Costas: dos músicos del oeste de provincias vecinas que terminaron encontrándose lejos de sus lugares de origen.

“Yo soy del oeste de Catamarca, él es del oeste de La Rioja, ninguno es de la capital de su provincia, y nos encontramos acá. Fue un poco el resultado de ese mismo aterrizaje de dos provincianos”, cuenta. Cada uno traía incorporado el canto con caja de su propia región y Costas sumó, además, una escucha vinculada con el rock.
Había, sin embargo, una condición que Aranda no estaba dispuesta a negociar: la caja tenía que seguir en el centro. “Yo valoro mucho que se respetó lo que quería: que en todo el disco se sintiera la esencia de la caja, que no se perdiera, que no se diluyera, que no se cambiara por una batería. Se construyó todo el disco alrededor de eso. Yo toqué mi caja en todos los temas y la mayoría se los pasé cantando con la caja, y él fue sacando la tonalidad sobre eso y armando todo”.
Por eso define el resultado como una experimentación alrededor del canto con caja y también se resiste a una etiqueta que a veces le adjudican: “No soy una coplera. Soy una mestiza de la copla o una inquieta, porque copleras conozco un montón en Catamarca, conozco vidaleras en La Rioja, y tienen una realidad de vida diferente”.

Desarraigo marca además un crecimiento de Aranda como compositora. Si en buena parte de su recorrido había contado su historia eligiendo canciones de otros, esta vez decidió exponerse con las propias. “Es como parir. Como sacar el corazón y ponerlo a latir ahí, enfrente de una persona”, define.
Una de las figuras que atraviesan el álbum es Eulalia Ares, protagonista en 1862 de una rebelión que la llevó a ocupar durante unas horas el gobierno de Catamarca. A Aranda le interesó recuperar a aquella mujer en una provincia donde históricamente la representación femenina estuvo fuertemente asociada a la Virgen del Valle. “Existen también otras mujeres. Está Eulalia Ares, tenemos a Margarita Palacios, a Selva Gigena”, señala.
La historia de Eulalia la impactó particularmente: aquella mujer que, junto con otras 23, se puso un poncho sobre el vestido para ocultar su identidad y encabezó una acción contra el gobernador de entonces. Aranda encontró allí un espejo.

“Cada vez que agarro mi caja y el palo de la caja siento que soy como una gladiadora, que sale con su escudo y va. El contrapunto de coplas también es medio una batalla, como sucede en otros contextos con el rap. Para mí el canto con caja ha sido muy catártico. Me ha ayudado realmente a soltar penas”.
Otra mujer catamarqueña aparece en Desarraigo: Nadia Larcher, invitada en “La Verde Marrón”. El vínculo entre ambas viene de mucho antes de la grabación. “Es una gran referente para todas las cantoras de Catamarca y tengo el inmenso honor de ser su amiga. Nos acordamos de la infancia y tenemos muchísimas cosas en común. Cuando nos encontramos podemos hablar de cosas que con otras personas serías muy difícil», cuenta.
“La Verde Marrón” vuelve a unirlas también alrededor de otra pertenencia: el agua. Aranda escribió la canción pensando en la de su pueblo y encontró una correspondencia inmediata en Larcher, vinculada desde hace años a la defensa del agua en Andalgalá. “Conectamos desde ese lugar, desde el cariño inmenso de tantos años. Me parece que se trata un poco de eso, de ir sumando manos. El cielo es para todos los pájaros”.
Leticia Aranda – Desarraigo
“Al diablo de la comparsa”
“La verde marrón” con Nadia Larcher
“Desarraigo”
“Plegaria en vidalas (Tata mío)”
“Eulalia Ares”
“Reciencito i’ llegao yo”
En vivo
- Miércoles 14/10 — Peña Sombra Blanca — JJ Circuito Cultural, Jean Jaurès 347, CABA.
- Sábado 17/10 — Peña del MVG — Chillados Biaus, CABA.