El niño de 12 años falleció por esa causa en un campamento en Neuquén. Sus padres promueven la iniciativa que ya tomó estado parlamentario. Otros cuatro nenes perdieron la vida por eso en 2025.

“Todavía estaba en San Martín de los Andes cuando surge la idea. Dice mi hermana que le comenté que había que hacer una ley. Yo no me acuerdo, debía estar en shock. Fue algo que me puso Joaquín en el corazón. Yo nunca marcho, nada. Trabajo todo el día. Pero tuve el impulso de hacerlo”, dice Serena sobre el punto de partida para lo que hoy ya es un proyecto de ley, presentado a nivel nacional por la diputada Luciana Potenza y, en territorio bonaerense por el presidente del bloque Unión por la Patria en la Cámara de Diputados, Facundo Tignanelli.
“Mis hijas hacen deporte en un club y en el grupo de padres entró el flyer con el pedido de ayuda de la familia para esta iniciativa. Pedí su contacto, le escribí a la familia y nos reunimos”, cuenta el legislador sobre su nexo con el tema. “El poder de policía en términos de control lo tienen los municipios. Ni el Estado nacional ni el provincial tienen inspectores. Pero lo importante es poder tener la normativa aprobada para que exista la concientización y la obligación de cumplir”, señala el diputado. Se necesita Estado presente, acá también.
Joaquín Gatto tenía 12 años, estudiaba en una escuela pública y vivía en Ramos Mejía. Además participaba en el grupo de Exploradores Argentinos de Don Bosco (EADB), tal como lo había hecho su papá. Con ellos llegó en micro el 4 de enero a Junín de los Andes, para disfrutar un campamento con amigos. El siniestro truncó todo.
“Armó la carpa y se le cayó el arco encima. No llegó a sacar el aislante ni a desarmar el bolso. Nada”, relata su mamá. Ella recibió el llamado que nadie quiere recibir cuando andaba en bicicleta, camino al trabajo. No le dieron detalles, pero supo que era algo grave. Volvió a su casa, avisó a su marido y salieron rumbo a Aeroparque. Consiguieron dos vuelos separados. Ella subió al primero. Cuando estaba en el aire, desde el hospital de San Martín de los Andes contactaron a su marido para autorizar una operación de corazón. El plan era derivarlo a Neuquén, pero su cuadro lo impidió. Serena y Adrián se reencontraron con su hijo menor en esa terapia intensiva de adultos, porque no había atención pediátrica. Horas después les informaron que el nene había fallecido.
“Haber dejado un nene sano, sonriente, arriba de un micro y ver lo que vimos… ya no era Joaquín”, describe su mamá. Cuenta que “el campamento se había empezado a organizar hacía mucho. Viajaron dos veces antes para ver hospitales y otros temas del lugar. Lo único que no miraron fueron los arcos. Fue lo que a Joaquín se lo llevó. Nunca me imaginé que no estaban anclados”.
Al impulso de su propia historia para volver más seguros los espacios de juego y deportes se sumaron todos los casos que Serena conoció después. “Ni hablar cuando supe de todos los casos: el año pasado murieron cuatro chicos por esto. Es una locura. No puedo explicar la cantidad de mensajes de papás que tuvieron accidentes por esto, que sus chicos no murieron pero pasaron por cirugías por ejemplo, en distintos lugares del país”. Por caso, en octubre del año pasado murió Benicio Farji, de ocho años, golpeado por un arco de handball en un club de Quilmes.
“El anclaje de los arcos de fútbol era nuestra misión principal, pero los diputados le sumaron otros deportes, como handball, y juegos de plaza. No son cosas caras, tiene que ser algo controlado semestralmente por Seguridad e Higiene. Se necesita al Estado para controlar. Estamos hablando de vidas”, remarca Serena. El proyecto generó interés en distintos espacios: si bien fue presentado desde Unión por la Patria también hubo acercamientos del diputado Fernando de Andreis, del PRO, para impulsar una campaña de concientización.
Desde que pasó lo de Joaquín, Serena piensa en la imagen del «Dibu» Martínez colgándose del arco durante el último Mundial. Piensa en la cantidad de chicos y chicas que lo ven y lo imitan, sin saber el riesgo que se corre ante un arco no anclado. “Tiene que ser algo cuidado, reglamentado. Mientras tanto, estamos haciendo todo lo posible para que esto se conozca. Porque hasta que salga la ley, los chicos siguen jugando”. «
Serena y Adrián acababan de despedirse de Joaquín cuando se les acercó (“con mucho amor”) una persona del Instituto Nacional Central Único Coordinador de Ablación e Implante (Incucai) para consultarles si donarían los órganos de su hijo. La primera respuesta fue negativa. Todo era demasiado difícil.
“Al ratito nos volvió a hablar esa mujer, Doris, explicándonos a cuántos chicos se podía ayudar. Hoy sabemos que Joaquín donó un riñón a un nene de tres años de Córdoba y otro a un nene de 12 que estaba en el Garrahan. De sus córneas sólo sabemos que están en dos varones. Una semana después nos llamaron del Incucai para avisarnos que los órganos estaban respondiendo bien”. Joaquín había dado vida.
Hasta mediados del año pasado había 183 pacientes pediátricos en lista de espera para ser trasplantados.
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