Lo que Kenzaburo Oé aprendió de un pez

Por: Mónica López Ocón

«Desde niño tengo interés en cómo nuestro limitado cuerpo encaja el sufrimiento. De pequeño, yo iba a pescar. Y me fijaba en el pez con el anzuelo clavado, que se movía mucho. Sufre horrores, pero en silencio: no grita. El niño que yo era pensaba: ¡cuánto dolor inexpresado! Ese fue el primer estímulo que me llevó a ser escritor, porque pensé que los niños tampoco podíamos hacernos entender bien. Me hice escritor para reflejar el dolor de un pez. Y hoy me siento, sobre todo, un profesional de la expresión del dolor humano, al que persigo mostrar con la mayor precisión posible». Las palabras son del escritor japonés Kenzaburo Oé, Premio Nobel de Literatura 1994. Fueron publicadas en 2005 en La Vanguardia de Barcelona, en una hermosa entrevista firmada por Xavi Ayén realizada en Tokio y rescatada con motivo de la muerte reciente del escritor, a los 88 años. Su deceso se conoció aquí hace unos pocos días, el 13 de este mes, pero se había producido el 3. Su familia mantuvo el secreto para poder despedirlo en paz y en silencio en medio de un mundo que carece de ambas cosas.

Al hombre que se hizo escritor para reflejar el dolor de un pez, la vida no le ahorró sufrimientos. Por el contrario, le fue pródiga en ellos. Nacido en 1935 en la pequeña isla montañosa de Shikoku, tenía apenas diez años cuando el gobierno de los Estados Unidos lanzó las bombas de Hiroshima y Nagasaki y el dolor colectivo adquirió una dimensión nunca vista hasta entonces. Las muertes se prolongaron mucho más allá de aquel mes de agosto y la radiación tuvo ecos siniestros incluso en aquellos que todavía no habían llegado al mundo, como si la muerte, enmascarada e irreconocible, se hubiera alojado precisamente en el lugar donde nace la vida y, recelosa por no haber podido desalojarla del todo, hubiera inventado versiones aún más crueles de sí misma

En medio de ese desconcertante dolor recién estrenado, quizá una sola cosa era segura: el presidente de los Estados Unidos, Harry S. Truman, quien ordenó la producción de aquel horror inédito, jamás se había conmovido de niño con las convulsiones de un pez atrapado por un anzuelo. Quizá ni un numerosísimo cardumen agonizante hubiera podido darle alguna dimensión del dolor ajeno. Truman murió en 1972. Se fue de este mundo luego de haber recibido todo tipo de cuidados en un hospital de su país. Curiosamente, tenía 88 años, la misma edad a la que partió hace poco Kenzaburo Oé, aunque la huella que dejó cada uno fue muy distinta. Uno fue un criminal celebrado por muchos. El otro, un escritor pacifista.

Seguramente, tampoco el piloto de guerra Paul Tibbets, quien abrió la escotilla que liberó el monstruo que estalló sobre Hiroshima, había vivido de niño una experiencia similar a la del escritor japonés. Nunca expresó remordimiento, por lo menos no de manera pública. Un día antes de su crimen, hizo pintar el nombre de su madre, Enola Gay, en la trompa del avión, a modo de curioso homenaje filial.

Kenzaburo Oé tenía 28 años cuando nació su primer hijo. Llegó con una discapacidad irreversible que lo condenaba al silencio. El joven padre, que según lo narró en su discurso de aceptación del Premio Nobel, durante su infancia en la pequeña isla de Shikoku tenía la seguridad de llegar a entender alguna vez el lenguaje de las aves, se vio impedido de comunicarse con su hijo en el más elemental lenguaje humano.

Lejos de eludir ese sufrimiento, decidió sumergirse de lleno en el dolor para comprenderlo, si acaso eso es posible. Viajó entonces a Hiroshima en el que consideró el viaje más triste de su vida. Así nació Cuadernos de Hiroshima. «Aunque parezca raro –escribió– fui yo el que salí de allí animado por ellos, y no al revés. Vinculé mi dolor personal al de aquellos hombres y mujeres, decidí resistir y luchar como ellos. Me sentí impelido a examinar mi condición humana, reexaminé mis ideas y asumí un sentido moral de la existencia. Desde aquel día, miro el mundo con los ojos de las gentes de Hiroshima».

Su profecía infantil se cumplió de alguna forma. Dijo en el discurso mencionado refiriéndose a su hijo: «Lo llamamos Hikari, que significa ‘Luz’ en japonés. Cuando era un bebé, sólo respondía a los cantos de las aves silvestres y nunca a las voces humanas. Un verano, cuando tenía seis años, estábamos en nuestra casa de campo. Oyó un par de rieles de agua (Rallus aquaticus) que chirriaban desde el lago más allá de una arboleda, y dijo con la voz de un comentarista sobre una grabación de aves silvestres: ‘Son rieles de agua’. Este fue el primer momento en que mi hijo pronunció palabras humanas».

Paradójicamente, la dimensión enorme del dolor ajeno se aprende de las vidas que solemos considerar mínimas o poco dignas de atención. El escritor japonés la aprendió de un pez. Virginia Woolf, de una polilla que no sin resistencia encontró la muerte en su ventana. Marguerite Duras, de una mosca agonizante. Es algo visceralmente animal lo que nos muestra el dolor humano. No por casualidad se usan las frases hechas «sufrir como una bestia» o «sufrir como un perro». Marguerite Yourcenar dijo alguna vez que si el mundo no hubiera naturalizado el hecho de ver diariamente pasar trenes cargados de vacas rumbo al matadero, no habría aceptado ver pasar trenes cargados de judíos que iban a tener el mismo destino. 

¿Habrá que contratar entomólogos para la educación de los niños? ¿Habrá que enseñarles el lenguaje de los pájaros en vez de inculcarles ya de pequeños la lengua gringa de Joe Lewis? ¿Qué pez de la isla donde nació Kenzaburo Oé nos instará a tener los ojos siempre abiertos para ver bajo el agua? ¿Qué mosca o qué polilla nos enseñarán con sus cuerpos de miniatura la inconmensurable inmensidad del dolor? «

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