Los días felices

Por: Gastón Rodríguez

Inspirada en un hecho real, Mi abandono, del estadounidense Peter Rock, aborda la historia de un padre y su hija “rescatados” luego de vivir cuatro años en el bosque. Contada desde una chica de 13 años, la novela plantea muchas preguntas, casi todas perturbadoras.

Pasillos llenos de puertas cerradas. El aire que huele a químicos. Esa insistencia, casi febril, de que todo esté limpio, empezando por las conciencias. “Vivimos de un modo distinto al que ustedes están acostumbrados”, intenta explicar la protagonista. Tiene 13 años, y la lucidez suficiente para advertir la intromisión de los burócratas, el avance implacable de la maquinaria que busca anular la disidencia. “Sé que no nos entienden”, parece resignarse.

Mi abandono, de Peter Rock, es una novela sobre temas aparentes: el diario de una adolescente, la relación de ella con su padre, la tensión entre las elecciones personales y las expectativas de una sociedad occidental, el caso policial que conmovió al estado de Oregón. La trampa –el mérito– es que puede tratar sobre todo eso como no; incluso, puede abrir más posibilidades –casi todas perturbadoras– acerca de lo que se está contando. En el final, entonces, surgirán más preguntas que respuestas. Acaso, ¿no sería terrible un autor –otro más– que solo ofrezca certezas?

De Ediciones Godot, y con traducción de Micaela Ortelli, Mi abandono es el primer título de Rock que se publica en castellano. La historia, inspirada en artículos periodísticos de 2004, es la de Caroline y su padre y de cómo viven en alguna cueva de Forest Park, el transitadísimo parque de Portland, Oregón. Contada desde la hija, esa cotidianeidad de perfecta armonía con la naturaleza (“Sé dónde estamos. Sé cómo volver a casa y adónde llegaría si caminara durante media hora en cualquier dirección”) y de una enemistad, legada por el padre, con los que viven en la ciudad (“No van pensando en nosotros, ni nos miran”) se quiebra de repente, culpa de un corredor que descubre el secreto y lo devela a la policía.

El lector, hasta ese momento, estará tentado a empatizar con la cruzada del padre y su hija por desarrollar una relación alejada de las instituciones y sus normas, y posiblemente condenará (y se replanteará algunas cosas que ha naturalizado) los intentos de funcionarios por “integrarlos” (léase: “curarlos”) en nombre de la supuesta normalidad. “Que no nos entiendan no significa que hayamos hecho algo malo”, dice el padre con lógica imbatible.

Muy pronto, sin embargo, asoma la fisura. Detrás de ese padre que intenta preservar a su hija de los valores, cuanto menos dudosos, de la civilización moderna, se adivinan peligros, acciones insensatas que solo profundizan la sospecha. Incluso, a través de los recuerdos de Caroline, el lector incorpora información que obliga a rediseñar la historia. “Todos mis problemas surgen de creer cosas que sé que no son ciertas” es la advertencia del autor en boca de la protagonista.

Rock, profesor de escritura creativa y residente en Portland, publicó Mi abandono en 2009, luego de leer en un diario local acerca de un padre y su hija «rescatados» en perfecto estado tras vivir cuatro años en un bosque. La dupla fue reubicada en una granja, pero no por mucho tiempo: una huida nocturna los convirtió, hasta hoy, en un misterio. La lectura de Henry David Thoreau, inaugurando el libro con una cita y filtrándose dentro de la ficción a través de los títulos que el padre tiene en la cueva, terminó de convencer al autor de crear la parte de la historia ignorada por los medios, esa que continua el dilema moral ya planteado en el 1800: ¿la desobediencia civil es la única respuesta posible ante el atropello del Poder?

“Siempre es importante recordar que en todo momento hay personas encerradas en edificios queriendo salir”. Lo dice Caroline. También lo pudo haber dicho Thoreau.

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