Las dudas con los arbitrajes tienen la misma edad que el fútbol organizado. No es que no se ve y que no se cuenta, si no que el sistema dirigencial lo admite.

También en huelga contra el arbitraje, los jugadores de Sportivo Almagro hicieron una sentada durante un partido contra Racing. Fue en 1925, amateurismo. No siempre la protesta fue pacífica. En 1923, en un Platense-Alvear, el árbitro Francisco Maffioli sacó un revólver para defenderse de los hinchas que querían atacarlo por sus fallos. En 1929, el juez Eduardo Forte agitó una navaja después de que un delantero de Argentinos le diera una trompada porque le había cobrado un gol ilegítimo a Independiente. Otra vez en 1933, Enrique Scola no sacó un arma: se fue al vestuario, abandonó el partido, porque los jugadores de Estudiantes y Huracán no aceptaban sus fallos. Los detalles de esos episodios están en el libro de Alejandro Fabbri, Historias negras del fútbol argentino (Capital Intelectual, 2008). Son algunas historias de un fútbol incipiente, abonado por la oralidad, el archivo periodístico y el trabajo artesanal de los historiadores.
La manipulación de los arbitrajes tiene la misma edad que el fútbol organizado. Pero ahora se ve todo y en loop. Un hilo de Twitter, aun en el recorte, expone los arbitrajes de Barracas Central, el club del presidente de la AFA. El equipo del poder. No es el primero. La comparación más cercana es Arsenal, el club que fundó Julio Grondona con los amigos de su patria chica, Sarandí, que llegó hasta ser campeón de la Copa Sudamérica 2007 en una final con un reglamento que cambió sobre la marcha. Otros tuvieron sus épocas. Racing fue el Racing de Ramón Cereijo, ministro de Hacienda durante el peronismo. Huracán tuvo como presidente a Tomás Adolfo Ducó, un teniente coronel también cercano a Juan Domingo Perón. River tuvo al genocida Carlos Lacoste, el hombre de la dictadura para el Mundial 78, y atravesó una década de triunfos con Carlos Menem como presidente. Independiente lo tuvo a Grondona, pero como el fútbol también matiza, fue con Grondona en la AFA que el equipo descendió por primera vez. Boca siempre fue poderoso por sí mismo y lo tuvo a Mauricio Macri, que sin embargo nunca fue simpático para el satélite grondoniano. Quilmes fue el club de José Luis Meiszner. Deportivo Riestra es el de Víctor Stinfale. Y los clubes santiagueños son la carta de Pablo Toviggino. La lista, seguro, es más extensa.
Lo que sucede en el Ascenso y el fútbol del interior está expuesto hace tiempo. No es que no se ve y que no se cuenta sino que el sistema dirigencial admite que el fútbol no es solo una competencia deportiva: también es una lucha de poder, del muñequeo y el pasillo. De tener peso. Es un doble movimiento que consiste en quejarse de unos árbitros pero ir a Viamonte a pedir por otros. (Casi) nadie quiere justicia, lo que no quieren es perder. Incluye a los hinchas. Y al periodismo que le gusta leer estadísticas sobre cómo le fue a tal equipo con tal juez. Funciona así. Por eso en Barracas Central le señalan a Ferro que fueron a buscar al empresario Christian Bragarnik para intentar el ascenso.
Grondona también repartía árbitros. Y los árbitros sabían que cuando jugaba Arsenal a veces solo se transmitía para él. Los relatos hablan de que un circuito cerrado llegaba hasta Loma Verde, su campo, para que el jefe de la AFA pudiera ver a su equipo. Era un servicio exclusivo de sus socios de la televisión. Y aun así, Arsenal tardó 21 años bajo su presidencia hasta llegar a Primera. Barracas Central, desde la B Metropolitana, quedó a un puñado de partidos de hacer cumbre en sólo dos años.
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