Ante un proyecto de reforma laboral casi medieval, senadores, diputados y dirigentes gremiales actúan con una distancia abismal a los intereses que deberían representar. El verdadero poder festeja.

Estrenada en 1973 y prohibida poco después, la película sigue el ascenso y degradación de un dirigente gremial que pasa de la militancia combativa a la burocracia negociadora, del discurso inflamado a la rosca con empresarios y militares. No hay sutilezas psicológicas ni ambigüedades morales: Gleyzer filma con la convicción del que quiere intervenir en la realidad. Su protagonista no es un individuo aislado sino un síntoma. La traición del título no es íntima: es estructural.
Vista hoy, en una Argentina que atraviesa un proyecto de reforma laboral que atrasa 100 años sin que la CGT haya hecho nada concreto, la película adquiere una incomodidad nueva. Porque lo que en los años setenta se denunciaba como burocratización hoy aparece, para algunos, como pragmatismo; y para otros, como resignación.
En Los traidores la distancia entre base y conducción es abismal. Los trabajadores aparecen como una masa movilizada, pero también manipulable. La dirigencia, en cambio, se mueve en oficinas alfombradas, habla el idioma del poder y justifica cada concesión como parte de una estrategia mayor. Gleyzer no deja margen para el autoengaño: la negociación permanente termina desactivando el conflicto. Y cuando el conflicto desaparece, también lo hace la representación real de los intereses que se supone defender.
El momento actual ofrece un espejo incómodo. Frente a un paquete normativo brutal que redefine condiciones de contratación, indemnizaciones y estructura de derechos laborales, la central obrera eligió la cautela. No hubo huelga, ni siquiera una escalada progresiva de medidas. Hubo declaraciones, reuniones, gestiones parlamentarias y un anuncio de paro demasiado tardío. Una apuesta a la política institucional en un contexto donde el Ejecutivo concentra poder y marca el ritmo.
Por eso Los traidores vuelve a incomodar. Porque más allá de los contextos, plantea un interrogante central: ¿a quién representa un dirigente cuando elige no confrontar? En el film, cada concesión se justifica en nombre de la supervivencia del sindicato. Primero es para “ganar tiempo”, luego para “evitar males mayores”. El costo simbólico, sin embargo, es enorme: la pérdida de credibilidad ante las bases.
Gleyzer filmó desde una convicción política clara, pero lo que hace más potente todavía a Los traidores es su su capacidad de mostrar la transformación del poder. El sindicalista que empieza como héroe popular termina convertido en pieza de un engranaje que ya no controla.
A más de cincuenta años de su estreno, Los traidores sigue siendo incómoda porque obliga a mirar esas tensiones sin anestesia. Obviamente no ofrece soluciones ni recetas: nos advierte. Cuando la dirigencia se separa demasiado de la percepción de su base, cuando el lenguaje del poder reemplaza al del conflicto, el vínculo se resquebraja y el verdadero poder gana.
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