Desde que Fidel Castro tomó el poder el 1º de enero de 1959, el terrorista cubano jamás abandonó la intención de matar al líder revolucionario, con el apoyo y la financiación de EE UU. Su golpe más criminal fue la voladura de un avión de Cubana de Aviación en Barbados en el que murieron 73 personas.

Posada Carriles era el responsable, como admitió a The New York Times en 1998, de una serie de atentados en La Habana que causaron la muerte de un turista italiano. Pero la imputación más grave fue por la voladura de un avión de Cubana de Aviación que había despegado del aeropuerto de Barbados, en 1976, y que dejó un saldo de 73 muertos.
No eran intervenciones aisladas de un hombre desquiciado sino capítulos en una larga historia marcada a fuego por el odio sin medida a la Revolución Cubana y en especial a su líder, contra quien intentó varios atentados sin éxito, y al que combatió con la misma saña que contra todo movimiento de izquierda revolucionaria en América Latina desde 1960. De la mano de la CIA y de bandas fascistas y emigrados cubanos.
Posada Carriles era hijo del dueño de una librería de Cienfuegos, Cuba, y estudió en la Universidad de La Habana. Ni bien el Che Guevara y Fidel tomaron el poder, el 1º de enero de 1959, se unió a los grupos anticastristas y tomó contacto con la agencia de inteligencia estadounidense. Entrenado en guerra sucia por el Ejército de EE UU en la Escuela de las Américas de Fort Benning, estuvo entre los conjurados para la invasión de Playa Girón, en 1961.
Luego de ese fracaso, se incorporó al servicio de inteligencia de Venezuela. Allí escalaría en esa organización y recibiría la nacionalidad venezolana. Jesús Marrero, ex integrante del Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) contó alguna vez la forma en que Posada Carriles dirigía personalmente al equipo encargado de torturar a los presos políticos en los años ’70, bajo el seudónimo de «Comisario Basilio», uno de los nombres ficticios con los que se lo conoció.
Entre 1960 y 1974 figuró en el plantel de la CIA con misiones en Argentina, Venezuela, Guatemala, El Salvador y Chile. Durante la visita que Castro hizo a Santiago siendo Salvador Allende presidente, Posada Carriles organizó un atentado mediante un revólver escondido en una cámara.
En 1975, alejado formalmente de la CIA, fundó en Caracas Investigaciones Comerciales e Industriales(ICICA), que le sirvió de cobertura para continuar sus actividades terroristas. Así, en 1976, estuvo involucrado en el asesinato del excanciller chileno Orlando Letelier.
Por el atentado al avión cubano fue detenido en Venezuela. Las pruebas en su contra eran contundentes. Los responsables directos del atentado habían estado reunidos con Posada Carriles y Orlando Bosch, otro anticastrista furioso con el que se había asociado poco antes. Y uno de ellos, Freddy Lugo, confesó que después del golpe se habían comunicado por teléfono con Posada Carriles y que habían cobrado 16 mil dólares que se habían repartido en partes iguales.
Tras varios intentos de fuga, Posada Carriles escapó de Venezuela en 1985 y oficialmente se esfumó. Pero colaboró con los contras nicaragüenses, durante la administración de Ronald Reagan.
Posada Carriles reveló a la periodista Ann Louise Bardach, de NY Times, que había organizado los atentados a hoteles cubanos de los años ’90. Fue en pleno período especial y el turismo era la salida que la revolución implementó tras la caída de la Unión Soviética. Posada Carriles dijo que no querían matar gente sino sólo asustar a los turistas para que no viajaran a la isla. Pero un hombre murió.
En 2000 es apresado en Panamá por intento de asesinato de Castro, que había ido a una cumbre presidencial. Cuatro años después la presidenta Mireya Moscoso lo indultó.
En 2005 reapareció en EE UU. Los pedidos de extradición de Cuba y Venezuela no se hicieron esperar. Pero en lugar de juzgarlo por terrorismo, sólo pisó los estrados judiciales por haber mentido ante las autoridades migratorias sobre cómo había cruzado las fronteras.
Absuelto en 2011, murió este miércoles en una residencia para militares retirados en Miramar, al norte de Miami, víctima de un cáncer y a la misma edad que tenía Castro cuando falleció. «
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