Un libro en que el escritor de Bahía Blanca conecta reflexiones que, aparentemente, no tienen conexión y en el que propone un personalísimo modo de lectura del conocimiento.

En doce capítulos el autor interconecta reflexiones que pueden partir de fotos más o menos icónicas, de personajes marginales o personalidades célebres, de discos de jazz, de pinturas, de culturas precolombinas, de lenguas sin hablantes, de observaciones físico-espaciales, para urdir los vínculos que, ante los ojos de un intelecto desprevenido, representan puntos sin contacto alguno, pero que el talento de Sagasti, sin embargo, anuda con la delicadeza propia de la más hermosa literatura.
Hagamos el intento de resumir algunas de las conexiones que se establecen en parte del primer capítulo (“Nieve”), a modo de simple corte informativo. La nieve, dice Sagasti, no sólo es un gran aislante térmico, también acalla los sonidos humanos; Wittgenstein ama el frio (y la soledad) porque su silencio le permite pensar y, así, se instala en 1913 en una cabaña diseñada por él mismo en el bosque de Skjolden; de una rama desnuda de uno de los arboles que lo conforman pende un copo de nieve que, al ser atravesado por una rayo del sol trasluce uno de los incontables cristales que fueron fotografiados, por primera vez, gracias al ingenio del joven norteamericano Wilson Bentley, en 1885.
En toda oportunidad que la naturaleza requiere de economía, insiste el autor, persiste en la forma hexagonal: el panel de abejas, las columnas basálticas, el caparazón de una tortuga, dan cuenta de ello; también lo hacen, a su manera, los cristales de nieve que, con dicha estructura, “abren hipnóticas líneas de geometría feérica”. Y Wittgenstein, resguardado de la nieve en el interior de su cabaña, ha esgrimido su segunda forma de pensamiento en base a seis proposiciones (si descontamos el “grafiti” final que obliga a callar sobre lo que no se puede hablar).
El filósofo, sostiene el escritor, “ha visto que el universo sólo está formado por líneas de sentido que conectan todas las cosas entre sí. Y esas líneas construyen figuras, que son las formas donde nos representamos algo”. En esta última cita, probablemente, se condensen algunas de las operaciones fundamentales de Sagasti.
La danza, de Matisse; el polvo que llega a Brasil desde el desierto del Sahara; la blancura de Moby Dick; una lengua china del siglo III hablada sólo por mujeres; un pizarrón escrito o garabateado; los cantos sagrados de la cultura selknam de Tierra del Fuego; el encargado de confeccionar el crucigrama del Boston Herald; un fragmento de Darwin o de Agota Kristof; la caligrafía infantil; una anécdota de J. M. W. Turner: cuanto más heteróclito es el campo que compone el libro, mayor, se entiende, la virtud de Sagasti al articular elementos tan dispares.
Heterogéneas, eclécticas, las Lenguas vivas adscriben, en cierto punto, a la hipótesis Sapir – Whorf de allí la insistencia en remarcar la vida de los últimos sobrevivientes de determinadas culturas porque son, en definitiva, los últimos hablantes de un idioma. Con la muerte de una lengua, el universo muere un poco: es que se ha extinguido un pequeño mundo que instantes atrás solía habitarlo.
En una sociedad hiperconectada, en la que la totalidad del conocimiento producido se encuentra a un click de distancia, el autor propone, antes que una alfabética erudición enciclopédica, un personalísimo modo de lectura del conocimiento, un singular modo de procesamiento de la información, que concluye, dicho sea de paso, con un bellísimo capítulo final que gravita alrededor de la muerte del hermano, a los veintiún años.
Para quien sabe mirar –parece decirnos, entonces, Sagasti– la interminable historia humana y natural se cifra en un entramado, antes que secreto o complotado, extremadamente sutil. Como si en la luz contenida en la antorcha de los primeros hombres, en la hostil negrura de la caverna primigenia, se concentraran, a su vez, la iluminación del Progreso y la oscuridad romántica; en el crepitar de las llamas, los sonidos de un arcaico idioma chamánico; y en los chispazos moribundos y azulados de aquella luz, las estrellas distantes que abovedan el espacio sideral.
Y nos sugiere, del mismo modo, que, para quien sabe leer, condensados en los bosquejos de signos y pinturas rupestres, se enmarañan las variadas formas, particulares y universales, del milagro escritural.
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