Hasta el martes se realiza en la Catedral, frente a la Rosada, una huelga comandada por la Mesa Ecuménica por la Democracia, la Vida y el Bien Común. Buscan quebrar la indiferencia social.

El drama es más viejo que la «novedad libertaria», pero desde la llegada de Javier Milei al poder, la pobreza avanza. Frente a la intemperie planificada por el cinismo mileísta, el cuerpo es la última trinchera. En Plaza de Mayo, la respuesta plebeya se planta en el centro político del dolor: la Mesa Ecuménica por la Democracia, la Vida y el Bien Común, junto al Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, inició el martes una semana de ayuno y huelga de hambre frente a la Casa Rosada. Ocho jornadas a pan y agua para cortarle el aliento a la crueldad.
Miguel “Pancho” Velo es un sacerdote que trabaja en los suburbios del suburbio de Merlo. Integra el Grupo de Curas en Opción por los Pobres: “En los barrios hay hambre de comida, de horizonte de sentido, de cariño, de recursos, de libertad. Simbólicamente este es un gesto de hermandad con la gente que compartimos el día a día”. El cura, de boina calzada con la dignidad del poeta-sacerdote Ernesto Cardenal, denuncia la matemática de la desigualdad: “Jesús se puso siempre del lado de los oprimidos, por eso lo mataron. Y ponerse de ese lado siempre es una voz profética, alguien que grite por qué hay humanidades heridas, con hambre, y opresores de panzas llenas que tienen palacios y compran hectáreas, mientras otros no tienen un pedacito de tierra para plantar su comida”.
La charla continúa con la memoria larga de las huelgas de hambre en nuestra América Latina, desde las mujeres mineras bolivianas en los años de Banzer hasta los pueblos originarios en el sur: “Es hacer pasar por el cuerpo lo que vive el pueblo más humilde. ¿Cómo entender lo que sufren si nunca pasaste por eso?”.
-El gobierno muestra planillas de Excel y habla de que el derrame ya empezó.
-Ficciones. Es un gobierno de burócratas que mira la realidad desde una mesa atrás de rejas. No pueden escuchar los gritos, no ven el padecimiento, no escuchan a las mamás del Garrahan que tienen a los pibes sin medicamentos. Todas las políticas de Milei tienen un costo en la salud mental, en las ganas de vivir. Es un genocidio silencioso que hay que decirlo fuerte: mata. Mata de hambre. Mata a las familias.
Pancho clava la mirada en el frente simétrico de la Casa Rosada. Allí vigilan la plaza desde un despacho climatizado: “Yo creo que ellos ya no sienten. Incluso deben creer que sus políticas son buenas. No saben del dolor que provocan, la carne herida del pueblo que está aquí con nosotros”.
Luis María Alma Bornes pone su grano de arena en el Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH). Es de estirpe menonita. Preside el organismo que teje un mapa territorial de Ushuaia a La Quiaca, y con su comunidad hace base en Floresta mediante apoyo escolar, ferias solidarias y merenderos. “La mano viene horrible. El Plan de Emergencia Alimentaria que nació en la pandemia ayudó mucho a capear esa tormenta; de a poco salimos y la gente estaba recuperando el trabajo. Pero desde finales de 2023 se vino todo a pique de nuevo. El que tiene laburo pero no llega, el que quedó en la lona. Cada vez que hacemos la entrega del bolsón de alimentos aparece más gente”.
El ayuno ocurre a cielo abierto, bajo la estricta intemperie. El gobierno porteño aplicó su burocracia de alambre: no los dejó instalar ni un miserable gazebo para protegerse de las frías noches de junio. Los ocho hombres y mujeres que sostienen la huelga pasan las madrugadas sobre las baldosas del frígido atrio de la Catedral Metropolitana, compartiendo el suelo con las familias sin techo fijas del paisaje céntrico.
A pasitos de la Pirámide de Mayo, Luis María explica que la huelga de hambre es un sacrificio corporal que busca quebrar la indiferencia: “El pueblo humilde no puede elegir hacer huelga de hambre, la padece todos los días. Este es un gesto disruptivo para que empiecen a tomar conciencia de que con este modelo de crueldad no hay destino para la Argentina”.
Cuando marchan al Ministerio de Capital Humano o al Congreso enjaulado, la respuesta oficial es el silencio o los bastones largos de la Gendarmería: “Siento impotencia, bronca, pero también nos sirve para reafirmar nuestras convicciones. Somos cristianos y tenemos la esperanza de que todo este mal va a terminar”.
“Solo le pido a Dios / Que el dolor no me sea indiferente / Que la reseca muerte no me encuentre / Vacía y sola sin haber hecho lo suficiente”. Desde un parlante portátil sale la voz de León Gieco y los versos flotan en el aire espeso de la plaza. Una Biblia ajada, la cruz de madera con el Cristo obrero y una virgencita de Luján descansan en el improvisado altar. Esteban “El Gringo” Castro comandó durante 15 años el sindicato de los excluidos, la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). Es un referente de los movimientos populares con los pies metidos en el barro: “Estamos durmiendo frente a la Catedral. Mucha gente que está en la calle viene a tirar el colchón con nosotros. La idea es seguir el ejemplo de Jesús: ayunamos, hacemos oración y luego se piensa. Yo me puedo dar el lujo político de ayunar, pero el pueblo está obligado al ayuno, a comer una vez por día con suerte”.
Guantes de lana, pulóver grueso y un poncho tejido sobre los hombros, del cuello le cuelga una cruz de madera maciza: “Es la del Perdón. Me la regalaron hace poco. No sé si este gobierno tiene perdón. Dios perdona a todos, pero nosotros no somos Dios. Creo que tenemos que profundizar la misericordia entre los que pensamos lo mismo de los libertarios pero estamos distanciados. El pueblo no separa la fe de la lucha, porque no separa la fe de la vida”. Cerca del altar, una imagen de cartón a tamaño casi natural del Papa Francisco lleva un cartel: “Hagan lío”. Dice que el presidente jamás va a pisar el territorio: “Están en otro planeta, creen que con la Inteligencia Artificial o los números inventados de balances arreglan todo”.
Luis Rey es un militante cristiano de base, un sobreviviente del organismo de Derechos Humanos Familiares y Compañeros de los 12 de la Santa Cruz que batalló contra el terrorismo de Estado. De barba blanca rala y campera auxiliadora, reflexiona bajo la luz cenicienta de la tarde: “Estamos haciendo un gesto en esta plaza que está en el corazón frío del poder. El padre Mugica lo dejó escrito: ‘Perdoname, Señor, yo puedo hacer huelga de hambre y ellos no, porque nadie hace huelga con su hambre’. Peleamos para que ellos también tengan pan y un hogar”.
Al juzgar las declaraciones juradas de Adorni o la voracidad de ministros que engordan sus cuentas en dólares, Luis describe la obscenidad: “Nos sentimos violentados. Los cristianos en la misa tenemos el momento de ofrecer el pan, el ofertorio. Hoy ese ofertorio cotidiano está siendo masacrado en tantas mesas de hermanas y hermanos. Los pibes en los barrios están con hambre; seguro la están pasando mejor los perros clonados de Milei. Ellos quieren la Argentina de hace 150 años para atrás, la postal oligárquica de las 200 familias”. Su abuela, que era conservadora, le decía de pibe que en la época de Figueroa Alcorta se comía por un peso: «Antes de morir me confesó el reverso de la nostalgia: casi nadie tenía ese peso. Ahora estamos igual». En el cuello de Rey cuelgan dos cruces que chocan entre sí. Una lleva pintados los colores de la bandera de Palestina. Cuenta que van a estar con el ayuno hasta el martes: «Y ese día no es un final, es un principio. ¿Viste la última cena? En realidad fue la primera entre muchas que tuvo Jesús, un punto de partida para reconquistar los derechos del pueblo». La tarde cae gris sobre Plaza de Mayo y las cruces de madera repican contra el pecho de los que resisten a pan y agua. Entonces empiezan las oraciones. En el nombre de los jubilados, los pibes de los comedores y todos los nadies de la plaza. Amén.
El Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, junto a la Mesa Ecuménica por la Democracia, la Vida y el Bien Común, se sumó a la protesta en Plaza de Mayo, que finalizará el próximo martes, en contra del gobierno de Javier Milei, bajo la consigna “Ayuno y oración para despertar las conciencias».
«El pueblo está en un estado de indefensión total, la única forma de revertir esto es unirnos, no para la violencia, sino para la rebelión de conciencias, para que comencemos a pensar y actuar. Esto va a cambiar cuando el pueblo se ponga de pie y diga basta», sostuvo Pérez Esquivel al tomar el micrófono en la plaza frente a Casa Rosada el martes pasado.
Y agregó: «Estos días de ayuno y oración son para despertar esta conciencia, les pido que sean multiplicadores a otros sectores, porque tiene que ir creciendo la presencia del pueblo en cada lugar». De la protesta participó también, guitarra en mano, el músico Carlos «Peteco» Carabajal, quien entonó unas canciones ante los presentes.
Durante toda la semana de ayuno se realizarán distintos encuentros con diversos sectores sociales. Hay una agenda de actividades culturales y espacios abiertos de participación comunitaria para «construir paz con justicia social y justicia ambiental» en un contexto crítico de hambre y familias endeudadas.
El gobierno de Javier Milei afirma que logró sacar a 15 millones de argentinos de la pobreza. Se muestra orgulloso hablando de una baja en la tasa de pobreza del 41,7% en el inicio de su mandato a un 28% actual según el Indec. Especialistas, organizaciones y referentes territoriales cuestionan estas cifras. Sostienen que al concentrarse únicamente en los ingresos necesarios para cubrir la canasta básica y en las zonas urbanas, la medición oficial no es un reflejo fiel de la realidad a la que los hogares más desfavorecidos de la Argentina profunda se enfrentan todos los días. Y que no toma en cuenta la feroz devaluación de LLA al inicio del mandato.
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