El actor y director paranaense presenta “Una de Pirandello”, una adaptación arriesgada y personal del clásico del dramaturgo italiano.

“El espectáculo no nace con la premisa de ser un unipersonal”, cuenta Martínez, quien comenzó el proyecto como una puesta convencional, con un elenco. Pero las circunstancias, los tiempos y lo que él llama “una frustración compartida” lo llevaron a tomar otro camino: “Nunca voy a levantar un telón sobre un trabajo que considero que no está culminado”, afirma con convicción.
Así, luego de una pausa amarga y un tiempo de maduración, el actor encontró inspiración en dos obras que lo empujaron a retomar la idea desde otra perspectiva: La dama del perrito, dirigida por Edgardo Dib, y Habitación Macbeth, de Pompeyo Audivert. Ambas propuestas, también unipersonales, le dieron el impulso para tomar la escena solo y reconfigurar el proyecto desde otro lenguaje.
Pirandello fue uno de los grandes renovadores del teatro moderno. Recibió el Premio Nobel de Literatura en 1934 y su obra, especialmente Seis personajes en busca de autor, pone en jaque los límites entre ficción y realidad, autor y personaje, teatro y vida. En la versión de Martínez, esos interrogantes se potencian: la escena es habitada por múltiples voces y cuerpos, pero todos representados por una única presencia, que se desdobla sin artificios.
“El trabajo que resulta es muy respetuoso de la centralidad conceptual de Pirandello. No se ha tocado eso. Simplemente se achicó: eliminamos a los personajes secundarios, los técnicos, los actores que ensayan, y nos quedamos con los seis personajes que buscan autor y el director que espera a sus actores. A partir de ahí comienza todo”, explica Martínez. La reducción de elenco, lejos de simplificar, multiplicó las exigencias interpretativas. “Me gusta ser la madre, el padre, la otra. Me los imagino al resto porque estoy absolutamente solo y tengo que convocar la convención de que existen todas esas personas. Ese es el trabajo más fino”, señala.
Martínez comenzó su carrera teatral en Paraná siendo muy joven, pero su recorrido artístico tomó forma en Buenos Aires, donde vivió y trabajó durante tres décadas. En la capital se formó con grandes maestros y encontró en la comedia musical un espacio donde desarrollar su oficio: “Era el ámbito que más trabajo ofrecía para vivir de esto”.
Luego cursó escenografía en la Escuela Superior de Bellas Artes Ernesto de la Cárcova y, ya en su madurez, regresó a Paraná para enseñar y montar obras de dramaturgia universal. En su repertorio figuran La casa de Bernarda Alba y Doña Rosita la soltera de García Lorca, Madre Coraje de Brecht, M’hijo el dotor de Florencio Sánchez, entre otros clásicos que llevó a escena con una impronta singular.
“Elijo poner en escena textos que no son habituales en nuestra comunidad. Ese es mi motor: hacerme cargo de obras difíciles, complejas, que interpelan”, explica. Así fue como, durante un taller de lectura en su casa, volvió a leer Seis personajes… y algo se encendió. Fue entonces cuando convocó a Edgardo Dib para comenzar un trabajo de adaptación: “Yo no iba a hacerla, solo quería investigar. Pero Dib me dijo: ‘Si no la vas a hacer, olvidate’. Y tenía razón”.
El espectáculo actual es fruto de ese proceso: un recorte preciso del texto original que mantiene intacto el espíritu pirandelliano. “Lo que hice fue quitar, quitar y quitar. No se trata de modificar lo sustancial, sino de adaptar un lenguaje que en su época necesitaba decirlo todo. Hoy, un silencio puede ser más elocuente que un parlamento de media página”, reflexiona.
La propuesta escénica apela a lo que el propio Martínez define como “realismo crítico”: un lenguaje teatral que, siguiendo la tradición de Brecht, no reproduce la realidad sino que la filtra a través de gestos, luces, tensiones poéticas. En esa clave, la obra rompe la cuarta pared, mezcla registros, y expone con crudeza la angustia de unos personajes que no encuentran lugar en el mundo ni en la escena.
Sobre la experiencia de actuar en soledad, Martínez reconoce que fue difícil: “No tengo un director. Me dirijo. Eso es complicado. Pero estoy habituado a hacerlo en otro género, como el café concert, donde trabajé muchos años”. Y confiesa que, a pesar del vértigo, hoy disfruta del trabajo: “Estoy feliz. Me gusta lo que estoy haciendo. Me gusta mostrarlo. Ya lo necesito. Es lo mejor que nos pasa a los actores cuando sentimos que el espectáculo está listo para ser compartido”.
La puesta cuenta, además, con interlocutores clave que acompañaron el proceso: Dib, por supuesto, pero también otros colegas con los que Martínez intercambió ideas, bocetos y ensayos. A la hora de pensar en su futuro, el actor no descarta presentar la obra en Buenos Aires: “Sí, claro que me gustaría. Pero no quiero invitar a 20 amigos y esperar a ver quién viene. Me gustaría que el espectáculo llegue por mérito propio, por una invitación, por un reconocimiento”.
En un contexto de crisis para la cultura, Martínez también aprovecha para reflexionar sobre el rol del Estado y las instituciones: “No soy adicto al subsidio. Pero el Instituto Nacional del Teatro ha sido fundamental. Lo que no me gusta es que funcione como un aparato verticalista. El teatro vive en la escena, no en un formulario. Las instituciones deberían acercarse a quienes hacen teatro, y no al revés”.
Viernes 8 y 15 de agosto en La Hendija, Gualeguaychú 171, Paraná.
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