El secretario de Guerra Pete Hegseth salió en un reciente video oficial que promociona la inclusión del análisis de testosterona en sangre para las tropas de Estados Unidos. Nos dice que los mejores guerreros del mundo merecen la mejor atención medica del planeta. En campos de batalla cada vez más desafiantes, continúa Hegseth, la capacidad psicológica y mental debe funcionar a pleno, por eso supone que mantener a un determinado nivel (que no define) a la testosterona, que los convertirá en los soldados más letales que hayan existido. Optimizar. Y además mejorará la calidad de vida así como la longevidad. Es una pieza de comunicación que parece más una propaganda para anábolicos, o para empresas que se ocupan de tales “terapias”. No es nuevo, Hegseth ya se había dedicado a esos lucrativos menesteres antes de ejercer las actuales funciones.

La medición de una hormona que exige Hegseth es poco relevante en cuanto a las posibilidades en batalla. Es más, para la Harvard Medical School, la testosterona es una hormona presente tanto en hombres como en mujeres, que regula producción de esperma y ovarios, influye en el deseo y la formación de los huesos, además de otras funciones específicas al desarrollo masculino durante la adolescencia. No está indicada en particular para aumentar la agresividad, ni el estado del arte indique una correlación entre la testosterona y el comportamiento en combate.

Tampoco es nueva la idea de utilizar diferentes drogas para aumentar el desempeño de los militares en combate. Con determinadas fermentaciones o mediante el consumo de hongos alucinógenos, los vikingos podían alcanzar el estado berserk, fantásticos guerreros inmunes al dolor. Los griegos y los romanos preferían el vino, otros el aguardiente, el asunto siempre consistía en bajar las inhibiciones a la hora de matar, un asunto sanguinario. En otras civilizaciones la ceremonia de la guerra era acompañada por determinados consumos tribales. Sí, el café y licores fuertes y baratos fueron parte de las raciones de guerra durante la Primera Guerra Mundial, como el tabaco. Pero con la revolución química de los siglos XIX y XX surgieron nuevas posibilidades.

Peter Andreas es un especialista de la relación neutra guerra y drogas, de la Universidad de Brown en Providence. Andreas distingue la guerra por las drogas, que consiste en controlar de manera directa, como en la guerra del Opio, o de manera indirecta, como los occidentales que hace la vista gorda a tráficos que les son lucrativos. Ahí enfrentan a los Cárteles por el control del suministro. También está la guerra a través de la droga, que significa identificar grupos insurgentes con el comercio de cocaína, como contra los insurgentes colombianos que serán declarados “narco-guerrilleros”, o el de opio contra las tribus afganas, que serán calificadas como “narco-terroristas”. Después está la guerra contra las drogas, anunciada por el Presidente Nixon en 1971. Así, el enemigo designado está tanto dentro de Estados Unidos como en países extranjeros. De allí la intervención en Panamá en 1989, presentada como una redada antidrogas, o el secuestro de Nicolas Maduro en Venezuela. Son operaciones de policía interna. ¿Y qué en cuanto a hacer la guerra drogado, o drogado para hacer la guerra? Porque eso existe, nos dice, y en gran escala.

Las anfetaminas fueron usadas a gran escala por la infantería alemana que invadió Francia en 1940, lo que les permitía caminar y pelear sin dormir durante tres días. También los pilotos aliados la usaron durante la “batalla de Inglaterra” y en otros teatros de operaciones. Japón logró sintetizar la metanfetamina, que era distribuida a pilotos, soldados y trabajadores de la industria del armamento. Ese consumo perdura, basta pensar en los soldados occidentales que en Afganistán e Irak apelaban a las go pills. No olvidemos la cocaína y al cannabis, aunque menos populares que los opioides, como la morfina que disipa el dolor extremo. Para aquellos combatientes que sufren de estrés postraumático por las acciones cometidas, en general contra civiles, hay drogas recreativas como el LSD o el extásis que ayudan al reposo del guerrero. Siempre contra civiles. Optimizar.

De allí que el spot de Hegseth habla de lo intrascendente, con clara intención discriminatoria en el “índice de testosterona” que debería tener la raza elegida, todo sea para equiparar una cuestión biológica con supuesta aptitud social. ¿Será como el “índice de arianidad” de la Alemania nazi? Bueno, también carecía de validez científica, y sin embargo por desgracia funcionó. Por cierto, el secretario de Guerra escamotea las articulaciones entre estupefacientes y masacres que inciden hoy en los conflictos. Y también en las represiones  internas, ya sea contra inmigrantes en Estados Unidos o contra manifestantes en Argentina. ¿Acaso es preparar la tropa para la guerra civil? Todo vale para anular el lóbulo frontal del cerebro, allí donde dicen que se toman las decisiones. «