¿Quién mató a Cabezas y por qué?

Por: Daniel Ponzo

A Cabezas no lo mataron unos policías de segundo orden ni unos ladrones de casas de cuarta. Y lo más obvio de todo, Yabrán no mandó a asesinarlo.

El crimen del fotógrafo José Luis Cabezas fue un magnicidio. A 29 años, una serie de fotografías revelan posibles motivaciones y una organización no advertida entonces. Un magnicidio, como tantos otros a lo largo de la historia del mundo, muchos a manos de los mismos autores internacionales, centralmente agencias de inteligencia, son crímenes realizados por especialistas, con la idea de crear una conmoción interna y desestabilizar a un gobierno. Se han dado en la Argentina no sólo en el caso de Cabezas, sino también, más recientemente, en el suicidio inducido del fiscal Alberto Nisman o, a modo de intento, en el atentado contra la ex presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Mandatarios, periodistas, fiscales, jueces y hasta candidatos han sido víctimas inavisadas de ese tipo de crimen que inevitablemente conlleva un interés político económico entre estados nacionales y sectores privados.

Por eso un magnicidio no lo ejecuta cualquiera. Se planea detalladamente y se lleva adelante con cuidado para evitar que un error pueda revelar su verdadera motivación. Y para ello se necesita mano de obra muy experimentada y minuciosa y un trabajo de inteligencia previo muy preciso, como para que no se escape detalle alguno. 

Sin embargo, para la Justicia, para el juez José Luis Macchi en particular, Cabezas “fue asesinado por su trabajo como fotógrafo” y por orden del empresario postal muy cercano al ex presidente Carlos Menem, Alfredo Yabrán. Los autores fueron cuatro ladrones de casas, cuatro policías de poca monta y un ex sargento del Ejército, represor de la dictadura militar devenido en guardaespaldas e instigador. 

El asesinato Cabezas se constituyó así en un símbolo del rechazo a la impunidad gracias a ese relato escaso, pero creíble, que ubicaba a un poderoso empresario como el artífice de la muerte de un heroico reportero gráfico que osaba desafiarlo. Y estaba bien que así fuera, desde lo conceptual, aunque no resultara cierto. El relato simple suele imponerse a la realidad por una sencilla razón: es más atractivo. Y más fácil de retener. 

A eso apostaron los verdaderos ideólogos. No obstante, la hipótesis de que hubiera sido perpetrado por agentes de inteligencia o “mano de obra desocupada” de la dictadura militar, o ambos, fue una de las tantas evaluadas, pero no la más importante a decir de la propia fiscalía. 

Es que lo que no valoró debidamente el juez ni el periodismo, fue otra cosa: un crimen clave para ocultar y frenar un entramado político económico que estaba a punto de caer desprolijamente y llevarse con él los beneficios obtenidos. Es que Menem y su ex compañero, en ese momento competidor por la presidencia, el gobernador bonaerense Eduardo Duhalde, se encontraban enfrentados duramente, y tras haber liquidado las riquezas del país peleaban ahora para quedarse con los futuros negociados. 

Pero sus mandantes ya los daban por terminados a ambos. Los atentados de la Amia y la embajada de Israel y los vínculos con el narcotráfico y la venta de armas, urgieron el recambio para que quedaran en firme las privatizaciones, las entregas de recursos y en especial la deuda externa que ya planeaban reconfigurar. Había que sacarlos del medio de alguna manera rápida y concreta, y si se podía única. El crimen de Cabezas era el vehículo ideal, porque involucraba a Menem al comprometer a su amigo Yabrán como instigador y jefe de los asesinos y porque vinculaba a Duhalde por la participación de la “maldita policía” bonaerense, como se la conocía, y por el detalle no menor de que el crimen se había ejecutado en sus narices, la misma mañana que el gobernador pasaba por el lugar.

En síntesis, a Cabezas no lo mataron unos policías de segundo orden ni unos ladrones de casas de cuarta. Y lo más obvio de todo, Yabrán no mandó a asesinarlo y mucho menos usó a esa claque teniendo a disposición un ejército de cientos de represores y exonerados de la policía trabajando en sus empresas. Sencillamente no mató ni mandó a matar para pasar inadvertido. Demasiado obvio. 

Entonces ¿quién mató a Cabezas y por qué? Las hipótesis más osadas ubican en el centro del hecho a los verdaderos tres jefes de seguridad de Yabrán, así identificados con fotos por la revista Noticias sólo un mes antes del hecho. Se trata de los represores de la dictadura militar, el marino Adolfo Donda Tigel y los penitenciarios Roberto Naya y Víctor Hugo Dante Dinamarca. Llamativamente, y apenas al día siguiente del crimen, el diario Clarín (de particular vínculo con la embajada de Estados Unidos) difundió tres identikits de notable parecido con las fotos de los documentos de identidad de esos presuntos autores bajo el título “Tres de los asesinos habrían estado en la fiesta en Pinamar”.

El truco de ocultar sus facciones con pelucas y sombreros fue suficiente para disimular el parecido hasta hoy. El caso es que semejante parecido podría inculparlos, pero no por completo. Cualquiera podría argumentar que los identikits o dictado de rostro en realidad se hicieron con las fotos de los documentos y no a la inversa, lo cual los invalidaría. Pero cualquiera también podría sostener que se sabía que eran ellos y solo se blanqueó ese hecho con la ayuda de los DNI. 

Respecto de porqué lo habrían matado los tres jefes de seguridad de Yabrán la respuesta es más compleja. 

Es probable que alguien con suficiente poder, local o internacional, haya sido capaz de presionarlos para que traicionaran a su jefe, ya que de lo contrario habría que enfrentarlos. Tal vez por eso la publicación de sus fotos en el número 1043 de la revista Noticias del 21 de diciembre de 1996, apenas un mes antes del crimen de Cabezas ocurrido el 25 de enero de 1997, no haya sido casual, aun cuando haya mostrado una imagen borrosa de Dinamarca, difícil de identificar (*). 

En esa lógica puede entenderse que con Yabrán comprometido con ese crimen, Menem y Duhalde sufrirían el principio de un final anunciado. Finalmente, si el imperio del empresario caía, los represores se beneficiarían con parte del botín resultante, especialmente las empresas de seguridad. Y allí surge un entramado muy interesante. Un año después de ocurrido el crimen de Cabezas los tres represores de la Esma se reencontraron en Servicios Quality Control SA, una empresa de Yabrán plena de ex militares, marinos y policías (como Orlando Generoso) y encargada de la seguridad en Ezeiza y Aeroparque. 

Casi dos años después del crimen, exactamente el 14 de diciembre de 1999, el mismo día que empezaba el juicio por Cabezas, Naya murió en un extraño suceso muy parecido a una advertencia para el resto de los implicados. En la localidad bonaerense de San Martín, cuando salía en su auto de un banco donde había ido a retirar algunos valores, otro vehículo frenó repentinamente y lo obligó a embestirlo. El conductor bajó con un arma, se acercó a la ventanilla y le disparó en el pecho, pero Naya estaba advertido y respondió con un impacto casi idéntico. Ambos murieron. El atacante estaba con un cómplice que insólitamente se acercó y lo remató con un tiro en la sien.

Donda Tigel, torturador confeso de su propio hermano y de su cuñada y cómplice de la apropiación de su sobrina Victoria Donda, fue procesado en 2003 tras la derogación de las leyes de obediencia debida y punto final y condenado a perpetua por secuestros, vejámenes y crímenes de lesa humanidad. Hoy está detenido en el penal de Campo de Mayo. Fue uno de los visitados en 2025 por los legisladores en la cárcel de Ezeiza cuando reclamaba prisión domiciliaria.

Dinamarca fue denunciado como torturador en la Esma y en el centro clandestino de detención El Vesubio, según la Conadep, pero pidió un habeas data, su testigo se desdijo (se desconoce porqué…) y logró eludir cualquier condena. Hoy hay quienes lo dan por muerto, pero hay registros fiscales, judiciales y testimoniales que dicen lo contrario. Como Naya y Donda Tigel, y muchos otros represores tuvo variadas participaciones en múltiples empresas de Yabrán. Luego montó sus propias firmas vinculadas con la construcción y especialmente con el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. 

(*) Recién hoy se conoce una foto de Dinamarca, al que muchos habían dado por fallecido, sin certeza alguna.

Otro identikit

Según testigos, otros represores como Carlos El Indio Castillo ayudaron en las tareas de inteligencia del crimen de Cabezas. De hecho la policía difundió otro identikit, también de notable parecido con la foto de su documento. El propio Cabezas había denunciado, según la policía de Pinamar, que un individuo lo había estado siguiendo en una camioneta 4×4 similar a la que usaba el Indio.

 

Las fotos. En marzo de 1997, dos meses después del crimen, Noticias volvió a la carga con las fotos de Dinamarca, Naya y Donda Tigel.

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