La autora advierte cómo las enfermedades crónicas provienen de lo que consumimos, "porque pasamos de comer comida casera que hacían nuestras abuelas a los alimentos procesados". Insta a incluir frutas y verduras en los platos y a que la comida no sea 'me lo saco rápido de encima'.

“Pude estudiar las tendencias nutricionales del mundo, escuchar a científicos, médicos, nutricionistas, campesinos y productores que enseñan el impacto de la alimentación en el organismo, de los productos sin agroquímicos, cómo las enfermedades crónicas provienen de aquello que uno come porque pasamos de comer la comida casera que hacían nuestras abuelas a los alimentos procesados”, advierte Calogero a Tiempo.
“Este no es un libro purista sino abierto a reconciliarse con la comida casera –explica–, a incluir frutas y verduras en los platos y a tomar conciencia de que la comida dejó de ser central en algún momento de nuestras vidas, pasó a ser algo que ‘me saco rápido de encima’ y no es así”.
“Me importa un rábano” es un libro que puede leer cualquier persona pero surgió para hablarle a sus hijos y especialmente a las mujeres. Lo escribió como fruto del pasaje que hizo del mundo corporativo a la transformación personal y la conexión con la tierra. “Quería escribir un libro que se leyera como si le contara mis recetas a una amiga, como cuando llamo y le digo ‘cortá la cebollita y rehogá así’. El tono del libro es casero, en confianza –cuenta–. Pero también tiene que ver con animarse a hacer procesos personales que al principio pueden ser incómodos y que después te dan alegría, satisfacción”.
El libro contiene 50 recetas sencillas cuya lectura trasciende la mera voluntad de variar las comidas. En su prólogo, Calogero afirma que promueve la variedad y la ‘bioindividualidad’, donde la elección de incluir o excluir algún alimento tiene que ver con lo que a uno le hace bien, sin reglas genéricas.
“La bioindividualidad implica conocer que cada cuerpo es único. Hoy está muy de moda excluir tal alimento de la dieta: excluyamos las harinas, excluyamos los lácteos… ‘Me importa un rábano’ propone, justamente, lo contrario: empezar a tomar conciencia de lo que a cada cual le hace bien, lo que puede incluir o no en su dieta, que la alimentación sea inclusiva. Porque, por ejemplo, si incorporás fruta en el desayuno, quizás en vez de comerte cuatro tostadas te comiste dos porque incorporaste un alimento más”, explica.
Bajo el paradigma de una nutrición holística y saludable, Calogero se transformó en una pequeña productora familiar de alimentos agroecológicos. Reparte su vida entre la Capital Federal y San Antonio de Areco. “Hemos descubierto que la naturaleza es absolutamente sabia; los frutos de estación son lo que el cuerpo necesita en ese momento. Los tiempos de la naturaleza son distintos, cuando uno produce alimentos de manera industrializada necesita acelerarlos para obtener una gran cantidad pero cuando uno los produce al ritmo de la naturaleza, los alimentos que te da son espectaculares”, dice.
En este sentido, recomienda comprar a los pequeños productores, ir a la verdulería al menos una vez por semana y llevarse tres frutas o tres verduras distintas para incorporar nuevos sabores. “En cada receta puse el ‘verdurómetro’ que te cuenta la importancia de la variedad, de comer (frutas y verduras) con colores diferentes, te llena de nutrientes. Por ejemplo, el rojo colabora con el funcionamiento del corazón, el naranja con la vista, el amarillo con la circulación, etcétera”, cuenta. Y sigue: “A veces pasa que no salimos de la lechuga y el tomate, es una guía para que tomes conciencia de lo que hay en esa receta, lo que aporta, por ejemplo, agregarle un zapallito al puré de papas”.
Para Calogero, la cocina, como experiencia creativa, es conectar con la sensibilidad propia, con el amor que se pone en el hecho mismo de cocinar pero también con la comida de su propia abuela. “En mi casa siempre se comía mucho tuco, somos familia italiana, por eso en el libro hay dos o tres recetas de tuco de distintos niveles donde se incorporan verduras, entonces a la salsa ponele un zucchini o una zanahoria y cuando mojás el pancito en el tuco, tiene un montón de nutrientes”. Una vuelta de tuerca para empezar a procesar cómo nos alimentamos, y de paso evitar los ultraprocesados.
Han pasado las fiestas, se viene el fin de semana largo del carnaval, después Pascuas. Juntadas familiares. Y siempre el mismo tip: la recomendación de abstenerse de comer o eliminar de la mesa familiar ciertas recetas tradicionales, ricas en carbohidratos.
Al respecto, Calogero propone otra mirada. “Me parece importante hablar de las conductas radicales en cuanto a las comidas. No las promuevo para nada, al contrario. Si estuviste esperando navidad para comer pionono o vitel toné porque te encanta y es un sabor que te transporta a tu infancia, es un plato que no comés en todo el año, entonces que te importe un rábano”, dice Calogero. Y acota: “Pero acompañalo con una ensalada, que el plato tenga colores, asegurate de que tenga otras cosas también y que disfrutes de ese momento, que la pases genial, que tengas un momento de disfrutar de la comida”.
Para 4 porciones
INGREDIENTES
4 Puñados de hojas verdes (lechuga, rúcula, espinaca o
lo que prefieras)
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2 peras
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200 g de queso azul
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Opcional: nueces pecán
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Sal
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Aceite de oliva
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Aceto
PREPARACIÓN
Armás un colchón de hojas verdes.
Cortás las peras en láminas finas y colocás encima.
Desmenuzás el queso azul con las manos por arriba de las hojas verdes y las peras.
Terminás con algunas nueces.
Aderezás con sal, aceite de oliva y un toque de aceto.
Beneficios de la Pera:
Favorece la salud de los riñones e intestinos. Como es en su mayoría agua favorece la hidratación y ayuda a eliminar toxinas del cuerpo.
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