Habla sobre lo qué significó la dictadura, la generación de sus padres y los desafíos de reivindicar la Memoria, la Verdad y la Justicia.

–A 50 años del 24 de marzo de 1976, ¿cómo creés que debe pensarse hoy aquella derrota histórica? ¿Fue sólo la clausura violenta de una experiencia política o también el inicio de un proyecto económico y cultural que todavía estructura la Argentina actual?
-Yo creo que el 24 de marzo del 1976 representa la reacción del capital o de la derecha, como la queramos identificar, a todo movimiento de acumulación popular. Es algo que se fue organizando a nivel continental, planificado desde Estados Unidos con la CIA y a través de la Escuela de las Américas, que incluyó el golpe en Chile, que incluyó el resto de los golpes de Estado en el continente. No fue algo que sólo tuvo que ver con nuestra correlación de fuerzas como campo popular. Recordemos que existía la Guerra Fría, el modelo que hacía referencia al socialismo claramente se había ganado lugares en América como lo demostró la Revolución Cubana, se habían creado muchos movimientos revolucionarios de ideología socialista, y sobre eso se reaccionó. Era un momento histórico particular y esos regímenes totalitarios tan terribles vinieron a romper la construcción social colectiva, a romper la misma red de solidaridad, de colaboración entre muchos trabajadores, formas de organización muy grandes que inclusive en 40 años de democracia no se lograron reconstruir del todo. Recordemos que también en estos años de democracia hubo momentos que también fueron marcados por regímenes liberales. Hoy se esconden detrás de la palabra libertad, pero siguen siendo eso, modelos que son claramente de acumulación en pocas manos, que haya ricos cada vez más ricos y pobres cada vez más pobres, que era justamente lo contrario de lo que querían y buscaban esas generaciones de los ‘70. Pasó en los ‘90 con Menem, con Fardando de la Rúa y la terrible experiencia y colapso social del 2001, volvió a pasar con la presidencia de Mauricio Macri hace no mucho y ahora estamos otra vez en ese proceso. Claramente fueron continuadores de ese régimen que arrancó en el ’76.
-La generación de tus padres eligió la vía armada revolucionaria en un contexto de radicalización continental. Con el paso del tiempo, ¿qué debates creés que siguen abiertos sobre aquella estrategia política? ¿Qué aprendizajes pueden recuperar hoy las nuevas generaciones militantes?
–Hay que contextualizar esas decisiones y elecciones en un contexto de real posibilidad de cambio. Existían ejemplos como la Revolución Cubana, como la resistencia vietnamita, que mostraban la posibilidad de salir de la órbita del mundo capitalista occidental. Había distintos caminos: procesos democráticos como el chileno o vías revolucionarias. En la Argentina, con una cultura democrática frágil, proscripciones y golpes de Estado reiterados desde 1930, muchos entendían que la transformación no llegaría por canales institucionales. En ese marco, la opción revolucionaria tenía sentido. Hoy no se trata de juzgar, sino de comprender que no estaban dadas las correlaciones de fuerza. También operó una reacción organizada, la Escuela de las Américas, el Plan Cóndor y métodos de terror destinados a quebrar la esperanza y alejar a toda una generación de la práctica política. El terrorismo de Estado buscó sembrar miedo y desarticular esa energía colectiva. Aun así, fue una generación que imaginó un cambio social con una intensidad difícil de encontrar después. Eran jóvenes, en su mayoría trabajadores y estudiantes, que proyectaban un futuro distinto para sí y para sus hijos. Su legado principal es la organización y la coherencia entre pensamiento y acción, decir lo que se piensa y actuar en consecuencia. En un presente donde la representación política aparece vaciada, recuperar esa ética resulta fundamental.
-En un contexto donde reaparecen discursos negacionistas o relativizadores del terrorismo de Estado, ¿qué significa hoy defender la memoria?
-Frente al negacionismo, la responsabilidad de los funcionarios es sostener la verdad histórica que llevó años construir en la Justicia. Hubo juicios, pruebas y sentencias que acreditaron crímenes de lesa humanidad y genocidio, con responsabilidad directa del Estado. Esa base no puede ser relativizada por ningún funcionario. Resulta de una gravedad institucional inadmisible que desde un cargo público se niegue el número de los 30 mil cuando existe un proceso colectivo de reconstrucción y memoria. Todavía queda mucho por hacer, completar información, investigar, aportar verdad y garantizar la no repetición. Esa es hoy la piedra angular de cualquier militancia en derechos humanos. Desde Abuelas de Plaza de Mayo seguimos buscando a nuestros hermanos y defendiendo herramientas fundamentales como el Banco Nacional de Datos Genéticos y la CONADI, conquistadas tras décadas de lucha. Hoy están en riesgo ante gobiernos que pretenden clausurar la búsqueda y clausurar la memoria.
-¿La consigna “Memoria, Verdad y Justicia” sigue siendo suficiente o necesita resignificarse frente a los desafíos actuales?
-Aún no sabemos dónde están todos los desaparecidos. Esa información existe mientras vivan sus responsables y debemos exigir que se conozca. El desafío es transmitir a las nuevas generaciones que estas atrocidades pueden repetirse. “Memoria, Verdad y Justicia” son suficientes en la medida que las vayamos fortaleciendo. Quizás haya que resignificar otros valores para lograrlo. El individualismo está haciendo estragos y sólo una construcción colectiva puede ponerle freno. «
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