Bajo una retórica excluyente que tilda de "atraso" a los países vecinos con signos políticos distintos, la Casa Rosada busca erigirse como el epicentro de la nueva derecha continental.

Este proyecto, que busca emular de forma anacrónica a la Liga de las Naciones de 1920, no es solo diplomático; es una declaración de guerra cultural. Milei no ha dudado en atacar a sus vecinos, como se vio en su polémico posteo donde calificó a Brasil, Colombia y Venezuela como «asentamientos», reservando el mote de «progreso» solo para sus aliados. En la reciente Cumbre del Mercosur en Foz de Iguazú, el mandatario ratificó esta postura divisiva ante la mirada de Lula da Silva, insistiendo en que «la izquierda retrocede» y celebrando el triunfo de Kast en Chile como un cambio de rumbo necesario.
La consolidación de este bloque, que incluye a Rodrigo Paz (Bolivia) y Santiago Peña (Paraguay), se apoya en una agenda que prioriza la propiedad privada por sobre la integración regional institucional. Mientras tanto, el alineamiento con figuras internacionales como Meloni, Orbán y Netanyahu termina de configurar una red que busca neutralizar cualquier política social bajo la etiqueta de «populismo», profundizando las grietas en una Sudamérica cada vez más fragmentada por el dogmatismo libertario y su alineamiento estratégico con Washington.
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