Los datos no son nuevos, son cosa de la Historia y, como tales, públicos. De todas maneras, el resumen divulgado esta semana por WarCosts sirvió para revisar los números aterradores de las guerras como parte esencial del ADN del gran imperio de Occidente. Vaya una única señal: en sus 250 años de independencia, celebrados el 4 de julio pasado, Estados Unidos sólo vivió en paz durante 22 años. El informe abrió un tímido debate, pero el gobierno de Donald Trump no se subió al carro e insistió en la misma línea. Ratificó que matar en Irán sigue siendo su prioridad, que con un gobierno fiel en Colombia tiene todo servido para rearmar su maquinaria guerrera en Sudamérica, que llegó la buena hora para poner en marcha el Escudo de las Américas diseñado junto con 18 gobiernos americanos cómplices.

Para WarCosts (Costos de Guerra), desde su independencia EE UU promovió o inventó más de 36 “conflictos mayores” del tipo guerras mundiales y estuvo en paz sólo durante el 8,8% de su existencia (esos 22 años). Vivió en guerra el 91,1% de su vida independiente, es el país más belicoso de la historia. En todas, incluyendo las dos guerras mundiales, Vietnam, Irak y Afganistán, murieron 1.350.000 norteamericanos. Al denunciar la falta de consenso ante el genocidio de Gaza y la actual invasión a Irán, WarCosts recuerda que sólo cinco de las guerras fueron declaradas por el Congreso. En 1812 contra Gran Bretaña e Irlanda aliados a los nativos locales, luego contra México y España y las dos guerras mundiales. Las otras 31 fueron sin una declaración formal.

Modelo de dominación: en 250 años de independencia, EE UU no vivió en guerra solo en 22

Pocos se sumaron al debate. Los demócratas porque están ocupados en arreglar su interna cuando sólo faltan tres meses para las legislativas de medio término. Los republicanos porque las perspectivas electorales no son promisorias para Trump y es mejor no remover el avispero. Sin embargo, es la extrema derecha republicana la que hace las observaciones más punzantes, cuando se pregunta quién se beneficia políticamente con la invasión a Irán (y responde que Israel) y agrega: el lobby de AIPAC (American-Israel Public Affairs Committee) y los contratistas de defensa: Lockheed Martin, RTX/Raytheon, Boeing, Northrop Grumman y General Dynamics. Además de China y Rusia, que observan sin comprometerse, las transnacionales de la energía y los especuladores del petróleo.

Aunque en su afán por hacer méritos, los ministros de Trump no vacilan en enchastrarse en el llano, el presidente prefiere aprovechar la complicidad de sus aliados regionales para justificar intervenciones en otros países con el pretexto de incrementar la eficacia operativa contra “amenazas que afectan a la seguridad regional y de EE UU”. En la primera semana del mes la Casa Blanca, el cada vez más confrontativo Marco Rubio, que sin embargo tiene a su cargo la diplomacia y el uso de los buenos modales, lanzó su Grupo de Trabajo del Hemisferio Occidental con los 18 países fieles de la Coalición contra los Carteles.

Es bueno recordar que en el marco de su nueva estrategia, siempre pensada en términos de guerra, Trump tiene la incondicionalidad de los países que suscribieron el último marzo (en Miami) la alianza del Escudo de las Américas, y a la que la semana pasada, apenas asumido, en una apresurada muestra de fiel alineamiento, se sumó el colombiano Abelardo de la Espriella. La lista está integrada por los gobiernos de Argentina, Bahamas, Belice, Bolivia, Chile, Colombia, Costa Rica, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, Guyana, Honduras, Jamaica, Panamá, Paraguay, Perú y Trinidad y Tobago. El general Francis Donovan, jefe del Comando Sur, fue explícito al explicar la función que tendrá el Escudo: reemplazar a EE UU en el hundimiento de lanchas pesqueras acusadas del imaginario transporte de drogas en el Caribe y el Pacífico.  

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En este contexto, impensado si no se hubiese dado el proceso de derechización que lastima a la región, Trump volvió a poner al gobierno de Colombia entre sus fieles servidores, en el mismo rol jugado por los presidentes que antecedieron a Gustavo Petro, el único insumiso en la historia colombiana reciente. Antes de Petro, y con el pretexto de luchar contra el narcotráfico, Estados Unidos sembró el territorio colombiano con sus bases militares y lo convirtió en el segundo receptor mundial de asistencia económica y militar, superado sólo por Israel. Ahora, groseramente, sólo 48 horas después de la asunción de De la Espriella, Trump anunció que en principio destinará un paquete de 1000 millones de dólares que deberán servir para el establecimiento y desarrollo de programas de seguridad.

El canciller Marco Rubio, otra vez en su faceta guerrera, anticipó que él mismo seguirá el “buen uso” de los recursos. “Se pondrá especial atención a la lucha contra el narcotráfico y las organizaciones criminales, la seguridad fronteriza y el fortalecimiento de sus fuerzas armadas”, dijo, y prometió “facilitar tecnología y aumentar la coordinación entre los ejércitos”. El plan contempla medidas contra la estructura financiera de las organizaciones, el congelamiento de activos y la persecución judicial de quienes contribuyen a su financiación. Nada dijo Rubio sobre la necesaria participación del sistema bancario en el lavado y puesta en circulación, blanqueado, del formidable producido del tráfico de drogas. Esa es otra guerra, y para ella Estados Unidos ha demostrado que no está preparado. «

Volver a las cavernas: la campaña para abolir el voto femenino

Lo que no fue una prioridad para Donald Trump se convirtió de golpe en el leitmotiv del quehacer de sus ministros, como si fueran los topos encargados de la desregulación y la transformación del Estado de un gobierno de un país americano obstinado en degradar su democracia. Y el jefe, encantado. Así, de la mano de los pastores más cavernícolas de la vasta oferta evangélica de Estados Unidos, el ministro de Guerra, antes de Defensa, Pete Hegseth, el del Pentágono, se erigió por propia decisión en uno de los apóstoles de la destrucción de la democracia y se puso al hombro la campaña contra el voto femenino. Es decir que caminó más de un siglo hacia atrás para ser uno de los abanderados del MAGA (Make America Great Again – Hagamos que EE UU vuelva
a ser grande).

En ese enfermizo retroceso hacia los tiempos de las cavernas, la Casa Blanca asiste complaciente a una campaña con la que la nueva generación de los Picapiedra avanza hacia la restauración del household voting (un voto por hogar, ejercido por el hombre). O sea, la nada sutil abolición del derecho femenino al sufragio. Lo hacen bajo el lema “Repeal the 19th” (Revocar la 19), a más de un siglo –mañana se cumplirán 106 años– de la sanción de la cláusula constitucional que estableció la igualdad electoral entre los sexos. El discurso de la campaña de los pastores y el trumpismo se apoya en lo que llaman “patriarcado bíblico”, una lectura literal del Nuevo Testamento que sitúa al padre como autoridad indiscutida. Lo impulsan quienes defienden el rol bíblico de la mujer contra la ideología de género.

Los impulsores de la abolición del voto femenino se han enfrascado en una competencia para demostrar quién está más a la extrema derecha de quién, aunque en la esencia todos confluyen. Es el caso del pastor Joel Webbon y el ministro Hegseth. Mientras el primero excede el postulado de la campaña para destilar todo su odio contra las mujeres –“Son atroces, intelectualmente no tienen inteligencia, son superficiales, engañosas, malvadas, viles, votan por los travestis, son progresistas radicales, tendrían que quedarse calladas”–, el ministro de Guerra lo reproduce en su cuenta de X, agrega que “el mundo está hecho para gloria del Señor” e invita a Webbon y a otros pastores para que, una vez al mes, “bajen al Pentágono para esclarecer a nuestros jefes militares con su sabiduría cristiana”.

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