Modelo Kravetz: show, vista gorda y demagogia punitiva

Por: Ricardo Ragendorfer

La escandalosa exhibición de un chico en el programa de Lanata dejó expuestas las prácticas y estructuras policiales que operan en Lanús.

En la mañana del 19 de julio el intendente de Lanús, Néstor Grindetti, se dejó ver con su secretario de Seguridad, Diego Kravetz, en la inauguración de un curso avanzado sobre narcotráfico para efectivos de la Policía Local. Ambos sonreían como si ninguna inclemencia del mundo los rozara. Sin embargo, en ese mismo instante trascendían los detalles de la infame extorsión a un niño de once años que luego confesaría crímenes imaginarios en el programa televisivo de Jorge Lanata. El «productor» del asunto no habría sido otro que Kravetz. Y ahora el intendente lo exhibía a su lado en señal de respaldo. Una gran ocasión para explorar el vínculo entre dichos personajes.

¿En qué extraño resorte de la política se cifra la cohesión de esa dupla? Porque Kravetz ya había dado la nota al encabezar el ataque policial del 30 de marzo a niños y adolescentes en el comedor Los Cartoneritos, de Villa Caraza. Una memorable salvajada que puso en aprietos al propio Grindetti. Pero la cabeza del secretario no rodó. A todas luces, un milagro macrista.

Claro que hay una pregunta previa: ¿cómo llegó ese sujeto a gestionar la seguridad de Lanús sin tener ningún antecedente en la materia?

Al respecto cabe recordar que el 4 de noviembre de 2015 Grindetti –ya como intendente electo del municipio– anunció el nombramiento de Kravetz. Días después, el Ministerio de Hacienda porteño –aún en sus manos– hizo dos pagos por un total de casi 2 millones de pesos a la ignota consultora Signica  SRL por presuntos estudios sobre «satisfacción de contribuyentes». ¿Acaso hubo algún nexo entre aquellos desembolsos y la designación de Kravetz? Un pequeño dato lo sugiere: el socio gerente de Signica SRL es precisamente él.

En realidad la campaña de Grindetti había quedado sin fondos en la fase final de su carrera hacia la intendencia de Lanús. Y ahí fue cuando apareció la mano salvadora de Kravetz, quien desde entonces pasó a ser su recaudador de emergencia. Un gesto que a Grindetti no le salió gratis.

De modo que la jura de Kravetz tuvo lugar el 9 de diciembre de ese año en el Concejo Deliberante de Lanús, bajo el tenue vitoreo de un grupo reducido de adláteres. Lo cierto es que ese hombre con mirada huidiza y sonrisa de roedor no es muy apreciado debido a su naturaleza camaleónica. 

El primer paso de su cambiante travesía política fue durante la crisis del 2001 en el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER). De esos días se lo recuerda por una presunta estafa a integrantes de HIJOS, después de que él los convenciera de invertir el dinero de sus indemnizaciones en un proyecto empresarial inexistente.

Luego encandiló a Miguel Bonasso, quien lo sumó como candidato en la lista del Partido de la Revolución Democrática (PRD). Aquello le valió una banca en la Legislatura durante dos períodos. Desde allí intentó convertirse en figura del Frente para la Victoria (FpV). Pero su carácter sinuoso hizo que Néstor Kirchner opinara: «Ojo con Kravetz, que trabaja más para Macri que nosotros.» Pero Macri tampoco confiaba en él. De eso puede dar cuenta la exesposa de Kravetz, la actual ministra de Educación porteña, Soledad Acuña, quien vio desplomarse su ilusión de conducir la cartera de Desarrollo Social justamente por su cónyuge; incluso pese a que él –desde su alianza electoral con Jorge Telerman en 2012– ya jugaba abiertamente a favor del PRO. A continuación tuvo la ocurrencia de montar el Instituto de Políticas de Pacificación, un sello que lo acercó al Frente Renovador. Aquella pertenencia parecía ser definitiva. Gran sorpresa experimentó Sergio Massa tres años después, al enterarse por los diarios que Kravetz asumía como funcionario del PRO en Lanús.

Allí se produjo en él una notable metamorfosis: de oportunista y módico amigo de lo ajeno se convirtió en represor de pibes y jóvenes excluidos. Tal cambio se vio favorecido por la presencia de Daniel Villoldo, el subsecretario de Seguridad que le impuso Grindetti. Un tipo ancho y rozagante que no tardó en ser una pieza clave de su gestión: sabe del oficio policial como ninguno y conoce hasta el último rincón de Lanús. 

El «Gordo» Villoldo es un hombre de cuidado. Su paso por La Bonaerense –era comisario en Esteban Echeverría– había cesado de modo abrupto por orden del entonces ministro León Arslanian. Lo acusaron de  robarse 200 kilos de cocaína. Ahora, arraigado en Lanús, alterna tareas de funcionario público con variados negocios. Entre ellos, un local de mala fama en la esquina de Azamor y Cosquín.

Fue él quien rescató del ostracismo a Marcelo González, el comisario a cargo de la Policía Local. Su prontuario contabiliza una millonaria estafa en la DDI de Lanús con fondos de los servicios adicionales. Y más tarde, en la Comisaría 4ª de Remedios de Escalada, el cobro de 3000 dólares semanales en todos los kioscos de droga desparramados en la jurisdicción.

A partir de 2016 la recaudación de la «gorra» palpitó en Lanús con una intensidad notable. ¿A Kravetz entonces que le queda? Su pasión por sacarse fotos con chaleco antibalas durante los «controles poblacionales» en arrabales pobres es ya proverbial. ¿Acaso ignora la cara oculta de su tropa o participa en sus ganancias? ¿Y Grindetti? Es improbable que no practique la vieja fórmula duhaldista de la gobernabilidad: demagogia punitiva a cambio de vista gorda con los negocios sucios. «

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