La más recóndita memoria de los hombres es una novela luminosa del autor senegalés galardonado con el Premio Goncourt. Un libro perdido, un escritor maldito, una historia (im)posible del colonialismo francés, una reflexión sobre la literatura, un viaje iniciático de París a Dakar, con paradas en Buenos Aires, Ámsterdam y más allá.

Una novela perdida –El laberinto de lo inhumano– que vio la luz en 1938, un escritor maldito acusado de plagio, un viaje iniciático para encontrarlo, un misterio que sigue las huellas de T. C. Elimane, el “Rimbaud negro”. El muchacho que impulsa la pesquisa se llama Diégane Faye, un escritor senegalés medio pelo becado en Francia. Paisano alter ego de Sarr (Dakar, 1990), que con esta novela obtuvo, a sus jóvenes 31 años, el prestigioso Premio Goncourt, ese que entrega modestos 10 euros y generosa fama para el ganador.
Diarios, crónicas, ensayo, tratado sobre la literatura, bitácora de viaje… “Novela total” dicen los críticos. ¿Qué cuernos será una novela total? ¿Querrán decir global? De eso no hay dudas. La deriva tras los pasos de Elimane va del presente de los suburbios de París hasta el pasado de los suburbios de los suburbios de Dakar, con paradas en Ámsterdam, Buenos Aires y más allá. Sí, los hilos de Elimane llegan hasta la ciudad de la furia, se enredan en tertulias con Sábato, Gombrowicz y les niñes bien de la revista Sur.
También se enmarañan en mil y una historias del África colonizada por el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Un patchwork construido con retazos de más de un siglo de historia negra. Muertes, migraciones, sacrificios, resistencias. La pluma de Sarr es exuberante, barroca, en cada línea da cuenta del amor por la literatura, por su gente, por África.
¿Cuántos Skakespeare paridos en el continente negro asesinó el colonialismo? ¿Quién era Elimane en realidad? El senegalés ensaya una respuesta antes de llegar a puerto: “Es la suerte que nos espera si seguimos corriendo detrás de Europa, detrás de la inmensa literatura occidental: seremos todos, cada uno a nuestra manera, Elimanes. Tal vez lo seamos ya y, si es el caso, dejemos de serlo antes del aniquilamiento. Tenemos que largarnos de ahí. Tenemos que salir pitando de ahí. La asfixia se acerca. Nos gasearán sin piedad, y nuestra muerte será más trágica cuanto que nadie nos habrá llevado allí a la fuerza: nos habremos metido nosotros a la carrera, con la esperanza de ser célebres. Nos transformarán en jabón negro. Luego, nuestros verdugos se lavarán las manos con ese jabón y se blanquearán todavía más.” Cuánta razón.
De un escritor y de su obra, como mínimo, podemos saber lo siguiente: uno y otra caminan juntos por el laberinto más perfecto imaginable, un largo camino circular donde el destino se confunde con el origen: la soledad.
Dejo Ámsterdam. A pesar de lo que he averiguado, aún no sé si conozco mejor a Elimane o si su misterio se ha vuelto más intenso. Podría traer aquí a colación la paradoja de toda tentativa de conocimiento: cuanto más destapamos un fragmento del mundo, más conscientes somos de la inmensidad de lo desconocido y de nuestra ignorancia; pero esta ecuación solo traduciría incompletamente cómo me siento ante este hombre. Su caso exige una fórmula más radical, es decir: más pesimista en lo que a la posibilidad misma de conocer un alma humana se refiere. La suya se parece a una estrella eclipsada; magnetiza y engulle todo lo que se le acerca. Analizamos durante un tiempo su vida y, mientras nos levantamos, serios, resignados y viejos, tal vez incluso desesperados, murmuramos: sobre el alma humana no se puede saber nada, no hay nada que saber.
Elimane se hundió en su Noche. La sencillez de su adiós al sol me fascina. La asunción de su sombra me fascina. El misterio de su destino me obsesiona. No sé por qué se calló cuando tenía aún tanto que decir. Sufro, principalmente, por no poder imitarlo. Toparse con un silencioso, un silencioso auténtico, pone siempre en entredicho el sentido –la necesidad– de la propia palabra, de la que a menudo nos preguntamos si no es más que un fastidioso balbuceo, barro idiomático.
Me voy a callar la boca y a dejarlo aquí, Diario. Los relatos de la Araña Madre me han extenuado. Ámsterdam me ha dejado seco. El camino de soledad me espera.
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Hablando de colonialismo, el redactor titula "el Rimbaud negro".