Hay lugares que se visitan para conocer una historia y se archivan en el recuerdo. Otros, al conocerla, obligan a pensar la propia. Mondragón es de estos últimos. Todo empezó en 1956, cuando cinco jóvenes formados en la escuela técnica que el sacerdote José María Arizmendiarrieta había fundado en 1943 pusieron en marcha, en un pueblo de Gipuzkoa, una fábrica de estufas y cocinas. La llamaron Ulgor. No tenían grandes capitales. Tenían trabajo, conocimiento y una idea: que las personas podían organizarse para construir una empresa propia. Casi setenta años después, aquella pequeña fábrica forma parte de la Corporación Mondragón. En 2025, sus cooperativas alcanzaron 11.322 millones de euros en ventas, reunieron a más de 71 mil personas y crearon más de 1300 nuevos puestos de trabajo. Los números impresionan, pero lo más interesante aparece cuando se mira qué hay detrás de ellos. Primero la escuela, después la fábrica. Primero las personas, después el capital. La apuesta fue que la mejor inversión era la educación de los propios vecinos y la confianza entre ellos. Porque para Arizmendiarrieta, la cooperativa no es un fin en sí mismo sino un instrumento para transformar la sociedad porque “el mundo no se nos ha dado para contemplarlo, sino para transformarlo”.

Mondragón, cómo la utopía de los trabajadores se vuelve un motor de la economía

Los valores

Mondragón se construyó sobre valores concretos: democracia interna, participación, educación, solidaridad, intercooperación y soberanía del trabajo. Una persona, un voto. Cada cooperativa tiene autonomía, pero ninguna está completamente sola: la fortaleza está precisamente en la red. El conocimiento circula, se comparten herramientas y existen mecanismos para afrontar colectivamente las dificultades. La educación ocupa un lugar central. Desde sus orígenes, Mondragón entendió que no alcanza con crear una empresa cooperativa: también hay que formar a quienes van a gestionarla, a participar de sus decisiones y a asumir responsabilidades. La democracia económica necesita formación.

Los trabajadores en el centro

Conocer Mondragón es entender que poner a los trabajadores en el centro no es una consigna sino una práctica que se renueva todos los días: en cómo se organiza una planta, en cómo se discuten los resultados, en qué se hace con los beneficios, entre otros asuntos. El trabajo deja de ser un lugar donde se cumple una tarea para convertirse en un espacio de pertenencia. Ahí también está el desafío del poder: ejercerlo entre todos, en la gestión cotidiana, y no delegarlo en unos pocos. La solidaridad, en ese marco, no es una virtud opcional sino una forma de organizar la economía: el éxito de cada cooperativa es también responsabilidad de las demás.

Nuestra historia y el futuro

Desde Argentina, donde tantas cooperativas nacieron también de la necesidad de defender una fuente laboral, esa historia adquiere otro significado. Hay algo que une esas experiencias a través del tiempo y las distancias: la certeza de que un puesto de trabajo no es solamente un ingreso. Es un proyecto de vida, un vínculo con otros, una comunidad y, con todo eso, una posibilidad de futuro. Entre Mondragón y Argentina hay un océano, pero también una pregunta compartida: qué hacemos cuando el mercado no alcanza para garantizar el trabajo y la dignidad que viene con él. Mondragón nació de la reconstrucción de una posguerra; muchas cooperativas argentinas nacieron de crisis, de persianas bajas, de fábricas que se vaciaban de un día para el otro. Distintos puntos de partida, la misma decisión de no resignarse. Por eso la experiencia vasca no debería leerse como un modelo para copiar, sino como un espejo que muestra lo que puede pasar cuando aquello que nace de la urgencia se acompaña con educación, con herramientas propias y con la paciencia de construir en red. El cooperativismo no es una fórmula mágica ni un camino fácil: busca transformar la incertidumbre en proyecto compartido. Ahí radica su fuerza más profunda: devuelve a cada trabajador la posibilidad de pensarse como protagonista y no como variable de ajuste.

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Volver a encontrarnos

Vivimos tiempos en los que el individualismo parece haberse convertido en una respuesta casi automática frente a la adversidad. La idea de que cada persona debe arreglarse sola, competir con los demás y salvarse por sus propios medios gana terreno mientras se debilitan los espacios comunes, la solidaridad y la confianza en que organizarse con otros puede cambiar algo. El otro aparece como competencia y amenaza. Por eso caminar por Mondragón conmueve: porque aquí, en estas calles y en estas cooperativas, lo colectivo tiene una dimensión concreta en cada lugar visitado: la fábrica, la escuela y  la universidad. Cada persona sabe que su trabajo depende también del trabajo de otros. Tal vez allí esté la verdadera esperanza: no en recuperar exactamente el mundo que perdimos, sino en volver a inventar espacios donde encontrarnos, trabajar, discutir, disfrutar y cuidarnos. Es, en definitiva, la lección de Arizmendiarrieta: transformar la sociedad empieza por transformar la comunidad de trabajo. Y quizás el futuro empiece, sencillamente, cuando volvamos a entender que lo que podemos hacer juntos siempre será más grande que aquello que nos quieren convencer de que debemos enfrentar solos. Nos lo merecemos.