Monster Jam, el circo romano del capitalismo fierrero

Por: Nicolás G. Recoaro

El gran show de las camionetas tuneadas como monstruos se presentó en la Argentina con sobredosis de adrenalina y merchandising. Más de 40 mil espectadores deliraron con una celebración guionada de la destrucción.

El tamaño sí importa. Sobre todo en esta clase de espectáculos Made in USA. «¡Pero qué gomas!», piropea a las camionetas Jorge Antúnez, uno de los tantos fanáticos que pugna por ingresar a la exclusiva Pit Party, en la previa del show de Monster Jam. Antúnez no da respiro a la cámara de su corpulento Smartphone. Retrata las patonas de caucho de los mastodontes, que alcanzan los dos metros de altura. También las carrocerías relucientes, tatuadas con diseños y colores estrafalarios. «Espero que estos bichos estén a la altura, que la rompan toda. Pero casi que no tengo dudas, porque los yanquis son especialistas en vendernos espejitos de colores», dice el joven antes de hundirse en la marea de curiosos que inunda la playa de estacionamiento del Estadio Único de La Plata. 

En los stands, las familias hacen fila para comprar merchandising y sacarse la selfie de rigor con alguno de los ocho pilotos y carruajes que visitan por primera vez la Argentina. El más solicitado es el veterano Charlie Pauken, chofer de Grave Digger. Su palidez vampírica y su señorial carmela hacen juego con la carrocería del bólido sepulturero. «No tenía ni la más remota idea de que éramos tan populares en Sudamérica», confiesa alucinado Pauken y no deja de sonreír para los flashes. La multitudinaria convocatoria –casi 45 mil tickets por los dos shows en el país– no desmiente al piloto nacido y criado en Maumee, un diminuto pueblito rural de Ohio. «Con casi 30 años de experiencia, puedo decirle que en pocos lugares vimos este fanatismo. ¡Los argentinos son el mejor público del mundo!», exagera para la tribuna. 

Poco antes de las 13:30, en los parlantes estallan los riffs de Eddie Van Halen y otros inoxidables clásicos del metal ochentoso. Luis Joel Santiago, el maestro de ceremonias, anuncia que las camionetas deben ir a boxes antes de hacer su aparición en la arena bonaerense. Varios fanáticos entran en estado de pánico y locura. Temen dejar incompleto el álbum de fotos con todas las figuritas del evento: Pirate’s Cruse, Monster Mutt, Zombie y el psicodélico Scooby Doo. «Seguro, es un espectáculo que remite directamente a la cultura americana –asevera Santiago, mueve la pelvis de showman con buen ritmo y agrega–. Pero también es global, un éxito en cada rincón del planeta. ¿A quién no le gustan los carros?» Desde hace un año, el locutor boricua es la monster voice de los eventos para el incipiente mercado latino. «Es para toda la familia –arriesga–. Los niños se vuelven locos, pero también sus padres. Creo que tiene algo que nos lleva a la infancia, a los juguetes.» Ni lerda ni perezosa, desde hace años la industria del juguete ha puesto sus fichas en el nicho. Hot Wheels bosqueja las carrocerías y es main sponsor del evento. «Es como ver a los Transformers», cierra el caribeño Santiago, justo cuando los motores de 2000 caballos de fuerza empiezan a tronar.

Pochoclo para todos

El estadio se asemeja a un gran circo romano del capitalismo. Rampas y añejas carrocerías pueblan el campo de juego. En las pantallas se proyectan publicidades y videos con el currículum de los gladiadores. La música pop pochoclera es la banda de sonido obligatoria. En las tribunas, los fanáticos matan la ansiedad deglutiendo baldes de pop corn. Se consiguen por redondos 100 pesos. 

«Es increíble poder tenerlos en vivo. Ver cómo saltan, pero también cómo se destrozan», cuenta Emanuel Fernández, un teenager llegado desde Barrio Norte. Agrega que le encanta la «personalidad» de las camionetas. Su favorito es el pinchudo Max-D, «porque es un kamikaze». Para el joven, Monster Jam es un show que humaniza a las máquinas. Lo escolta su papá, otro fanático de los fierros: «Soy consciente de que esta es una gran feria del consumo, típico yanqui, pero no hay nada nuevo bajo el sol. Cuando era chico, con mis amigos nos fascinábamos viendo en la tele los saltos asesinos de Evel Knievel, un motociclista que volaba arriba de 20 autos. Hubiéramos pagado cualquier cosa por verlo en carne y hueso.» No muy lejos, el youtuber Nordeltus hace su gracia y entrevista a los protagonistas, canchero. «Vengo para hacer notas y después las subo a mi canal. Es un evento masivo, gigante. Van a hacer cosas de locos», se despide, algo emocionado, el pibe de barrio cerrado y anteojos oscuros.
En los puestos de merchandising, las colas son exorbitantes. Al igual que los precios: camperas a $ 1000, remeras a $ 300, banderines y gorras a $ 100 y tapones para proteger los oídos por apenas $ 50. «La gente viene en manada y se desespera», cuenta Agustina, una de las atareadas vendedoras. Ofrece una camiseta del popular Toro Loco y agrega: «Hay padres que vienen excitados y llegan a gastarse hasta 3000 pesos. La organización tiene todo fríamente calculado.» 

A las 15, el ensordecedor ruido de los motores anticipa el puntapié inicial del show. Las tribunas deliran. Los vehículos salen al ruedo. La lluvia de pirotecnia y chispazos completa la entrada triunfal. Una postal que haría emocionar al poeta futurista Filippo Marinetti.

Los jinetes del Apocalipsis 

En la arena, las ocho camionetas encaran las rampas y pegan saltos inverosímiles, dignos de un atleta olímpico. El mecánico Ariel Bolero sigue atento la performance desde boxes. Es santafesino. Construyó las carrocerías de estos bichos de casi cinco toneladas de peso. Luego de la primera escaramuza platense, trabajó hasta las 4 de la mañana. «En el show son muy comunes los vuelcos. Hay que estar listo para que el conductor pueda volver en pocos minutos a la competencia. Lo central es la seguridad, pero el show debe continuar», garantiza Bolero, justo cuando en el fragor de la carrera, el desaforado Max-D queda panza arriba, después de ensayar una coleada asesina.

Tras la prueba de velocidad, llega el momento de los «caballitos». Las furgonetas deben hacer equilibrio y pararse en dos ruedas. El primero en probar suerte es Zombie, ornamentado con dos brazos adosados a la carrocería. El clásico «Thriller» de Michael Jackson acompaña su deriva. Luego de escalar la rampa, consigue hacer wheelie por unos segundos, pero tambalea, pierde el equilibro y termina liquidado junto a un montículo de tierra. El público responde su esfuerzo con gritos rápidos y furiosos. La prueba termina consagrando al Toro Loco, conducido por el costarricense Mark List. «Les dije que tenía un truco especial para los caballitos. Pero no se vayan, que me queda algo guardado en la manga para la final. ¡Arriba los latinos y viva Argentina!», agita el tico y hace cuernitos desde las pantallas. Las populares detonan con ilusorias loas latinoamericanistas.

Más tarde llegan los trompos, donde humilla Scooby Doo. Su conductora, la blonda Bailey Shea, dibuja donuts perfectas sobre el barro, con el filo de los neumáticos. También hay espacio para las acrobacias aéreas. Un ballet de seis motoqueros se anima a los saltos ornamentales. Con sus cross rozan el techo del estadio.

El free style es la cereza de un postre demasiado pesado. En tres minutos, los gladiadores tienen carta libre para mostrar sus mejores armas. A esta altura, el estadio está al rojo vivo. La final es cerrada, sobre todo por la bravura de las bestias. Pero el Toro Loco está desatado: embiste carrocerías, no deja rampa en pie y, finalmente, se lleva los laureles. Cuando coronan al monstruo, el locutor les recuerda a los enardecidos fanáticos: «Antes de volver a casa, no olviden pasar por las tiendas. Recuerden llevar nuestra mercancía.» «

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