En su primera novela, el argentino Marcelo Filzmoser disecciona una pérdida en la que el protagonista se convierte en una hoja en blanco donde cualquier historia puede ser escrita.

Desde los diferentes modos en que la realidad se construye según la lengua que se utilice para codificarla, hasta los cambios que se producen en la conducta al modificar el marco de referencia en el que una acción se realiza. De ese orden parecen ser los procesos que atraviesa el protagonista de Mudanzas, primera novela del escritor argentino Marcelo Filzmoser, que puede ser descrita como la bitácora de una separación.
Publicada por Beatriz Viterbo Editora, Mudanzas está organizada a partir de 36 capítulos muy breves en los que el protagonista expone las situaciones, vivencias, memorias y sentimientos que atraviesa, en un proceso que marca no uno, sino muchos finales. Narrada en primera persona y moviéndose sobre un presente en tránsito que no pocas veces acaba fundiéndose con la evocación del pasado, la novela registra la evolución de esos cambios que son más profundos y van más allá del final de una historia de amor.
Filzmoser desarrolla escenas muy vívidas signadas por el dolor, en donde lo que más lastima son los recuerdos compartidos. En especial aquellos que encapsulan los momentos más infelices y que ante la inminencia del final reviven con potencia inesperada. El protagonista se aferra a ellos, como si temiera que el olvido de ese sufrimiento equivaliera a una especie de Alzheimer emocional que, eventualmente, le arrebataría el derecho de seguir siendo él mismo.
La novela construye esa separación como un proceso de extrañamiento progresivo, en donde lo que se pierde es algo que en realidad dejó de existir hace rato. Las personas se enamoran de su alma gemela, pero se separan de un extraño, parece decir Filzmoser. Una desintegración que inevitablemente funciona en dos direcciones. No es el otro el único que se transforma en un extraño, sino que es uno el que se va desintegrando, el que se vuelve ajeno incluso para uno mismo.
Es que el protagonista no se separa de una esposa y nada más, ni se siente responsable solo del fracaso de su familia. También debe duelar la pérdida de una casa que antes perteneció a sus padres, a sus abuelos y bisabuelos. Es su propia historia, su mundo completo el que comienza a dejar atrás. El título de la novela parece refererir todos esos cambios que se superponen hasta convertir su vida en otra muy distinta, en la que le costará reconocerse. De repente las reglas son otras.
Al promediar el relato, Filzmoser establece una frontera narrativa que señaliza ese cambio de lógica. En el capítulo número 20, el protagonista se incomoda al ver reflejada en un espejo a quien fue su mujer, incapaz de reconocer en ella todo lo que hasta ahora era familiar, como si la lengua en común que antes los unía hubiera terminado de volver al vínculo incomprensible y siniestro.
Cuando su metamorfosis haya concluido, el personaje será como una hoja en blanco en la que cualquier historia podrá ser escrita. Ya no habrá nada que lo ate al pasado y hasta será posible volver a construir el deseo desde una perspectiva nueva e inexplorada. El final, sin embargo, marcará la persistencia de cierta dificultad del protagonista para aferrarse a la felicidad, como si no se creyera digno de ella. Un rasgo que tiñe a Mudanzas con el color de la melancolía.
Al costado teníamos el espejo del hall que cubría casi toda la pared. En una de las esquinas había empezado a mancharse, a formar esos nubarrones metálicos que delatan la duplicación.
-Me voy. Ayer saqué el pasaje. Te lo iba a decir ahora.
No sé si te diste cuenta de lo que estaba diciendo ahí. Con vos reflejándote en el espejo. […]
-Te va a venir bien un descanso.
Escuché tu voz sin mirarte. En esos sonidos estaba la vejez disimulada a los ojos y a los espejos. Nuestra imagen duplicada en un costado, como una tentación insoportable. Una patada era suficiente para hacerla saltar por el aire y terminar con el reflejo. Con todos los reflejos. Así también se callarían las voces que en estos meses había empezado a olvidar y que el tono de la tuya acababa de recordarme. Sonidos resecos. Venían de lejos, por momentos sonaban como tu mamá, por momentos como la mía. Voces de padres que volvían tarde, embrutecidos por la monotonía y el trabajo.
Llamé a los chicos que corrían por la vereda.
-Espero que sí-, dije, antes de pasar entre vos y el espejo, para salir a la calle y saludarlos.
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