Mujeres que crían solas ¿qué puede un cuerpo que cuida?

Por: Micaela Rodríguez

Cuota alimentaria en deuda y días largos a cargo de las crianzas de sus hijos e hijas, las jefas de hogares tejen redes de contención y encuentro en Moreno.

A mediados de 2025, en un pequeño local ubicado en una esquina del barrio Güemes, localidad de Francisco Álvarez, Moreno, un grupo de mujeres va llegando tímidamente a una reunión.

Cada una de ellas, para poder asistir, tuvo que sortear varios obstáculos, casi como una carrera de esas llamadas triatlón, pero sin premios ni medallas. El deseo de juntarse con otras, algunas desconocidas, otras amigas o vecinas, que están en su misma situación, las impulsó a vencer esos obstáculos.

Pero, como es costumbre, nada fue fácil. Algunas quizá chequearon el poco saldo que quedaba en la SUBE y evaluaron si era conveniente o no gastarlo en ir a ese encuentro. Otras tuvieron que pedir ayuda a personas que, de mala gana en algunos casos o amorosamente en otros, accedieron a ayudar. Otras vencieron la ansiedad que genera a veces manejar distancias largas con un auto medio viejo que está pidiendo pista y al que le falta mantenimiento. Otras pensaron que les daría vergüenza si les tocaba hablar.

Foto: Gentileza

Finalmente, todas fueron. Saltaron todas las vallas. Llegaron a la meta, lo que no es poco.

Aquello en común que las reúne es ser mujeres que crían a sus hijos en soledad. Ser cabeza de hogares monomarentales. Cada una carga con una historia a cuestas, problemas, culpas, vergüenzas, dudas y orgullos.

Las esperaba Clara con medialunas y mate, mientras un grupo de compañeras en la cocina amasaba unas tortas fritas con esas manos que todo lo pueden y lo transforman, prácticamente como un pasaje bíblico cotidiano, sin peces, pero con muchos panes, mates y amor que siempre se reproduce y alcanza para todas.

Clara De Paula es una militante de la agrupación Reconquista, madre de dos niños y subsecretaria de Acceso a la Justicia del Municipio de Moreno, lugar donde se impulsó hace un tiempo una política pública novedosa, inédita en el país, concreta y absolutamente necesaria. Y eso no es poco, en tiempos donde a veces sobran palabras, ideas, roscas, pero falta concreción de cuestiones que interpelan al pueblo de a pie.

Clara, junto con militantes del Movimiento Evita, la agrupación Reconquista, y otras 25 organizaciones comunitarias, realizó el primer relevamiento de hogares monomarentales. Una especie de censo que busca determinar específicamente cuántas mujeres en el territorio de Moreno están criando solas a sus hijos.

Los resultados fueron contundentes: de 200 hogares relevados, el 72 % no recibe cuota de alimentos, mientras que el 11 % manifiesta no recibirla en tiempo y forma. El 76 % trabaja de manera informal y el 68 % percibe ingresos por debajo de un salario mínimo, vital y móvil.

Estos datos se suman a los que arrojó un informe sobre brechas de género en los municipios de la provincia elaborado por la UGE (Unidad de Género y Economía de la Provincia de Buenos Aires), que observa que en Moreno la tasa de empleo para las mujeres es del 48,5 %, mientras que para los varones es del 70 %. La desocupación de las mujeres es del 13,3 % y la de los varones del 7,2 %.

Lo que sucede en Moreno es parte de una problemática estructural, una pandemia silenciosa y sin prensa que ocurre a nivel nacional y mundial. Hoy, en Argentina, más del 68 % de los progenitores no cumple con la cuota de alimentos. En la provincia de Buenos Aires, uno de cada diez hogares tiene una sola jefatura; si se hace foco en ese 10 %, el 84,3 % corresponde a mujeres.

El abandono paterno y la falta de cumplimiento de las obligaciones por parte de los varones padres es alarmante en términos históricos.

Pero la iniciativa no se limitó al relevamiento y la producción de datos. Durante todo 2025 se impulsó una serie de ordenanzas municipales destinadas a acompañar, reconocer y garantizar los derechos de los hogares monomarentales, de las mujeres que los sostienen y de sus hijos e hijas.

En ese marco se creó, mediante la Ordenanza N.º 7374/25, el primer Registro de Hogares Monomarentales, que establece el programa de “Acceso Prioritario a Derechos de los Hogares Monomarentales”.

Las mujeres que integran estos hogares pueden inscribirse en las Casas de Justicia dependientes de la Secretaría de Gobierno y Justicia, así como en la Secretaría de Mujeres, Géneros y Diversidades. Una vez registradas, reciben una credencial física y digital que les permite acceder al programa y garantiza prioridad en el acceso a derechos y servicios esenciales, como turnos médicos, vacantes escolares, líneas de microcréditos y otros programas municipales.

Actualmente, ya son más de 400 las mujeres que se inscribieron en el registro.

En esta misma línea, a través de la Ordenanza 7375/25, Moreno se adhiere a la Ley Provincial 15.520 del Registro de Deudores Morosos, sumando a los requisitos ya establecidos por la provincia la imposibilidad de renovar el registro de conducir y otras restricciones simbólicas, culturales y deportivas.

Durante 2026 se promulgó también la Ordenanza Municipal N.º 7448/26, a través de la cual Moreno se convierte en el primer municipio de la provincia de Buenos Aires que se adhiere a la Ley Provincial N.º 15.513. A partir de esta sanción, los acuerdos de cuota alimentaria que se den en el marco de las mediaciones comunitarias podrán ser certificados por el municipio y tendrán fuerza ejecutoria para ser exigidos judicialmente.

Estas ordenanzas y programas forman parte de las políticas públicas que impulsa la actual intendenta de Moreno, Mariel Fernández. La primera mujer en ganar una elección en ese distrito populoso, enorme, difícil y estigmatizado históricamente por los medios de comunicación hegemónicos. Fue reelecta en 2023 con el 57,19 % de los votos. La primera que, con el eje central puesto en la comunidad y la política del cuidado, lo está transformando.

Foto: Gentileza

Volviendo al encuentro y a la magia que ocurre cuando las mujeres deciden juntarse, la charla empezó tímidamente para luego transformarse en una especie de maremoto imparable de palabras, descargos, detalles, risas y algunas lágrimas. Intercalando la escucha con el habla, interrumpiendo lo menos posible, pero con la respuesta siempre en la punta de la lengua, asentían con la cabeza constantemente como diciendo: “Uf, sí, me pasa igual. Te entiendo”.

Identificarse y verse reflejada en las palabras de otra persona es de las cosas más profundas que creo que pueden sucederle al ser humano, y más si se trata de ver en otra el reflejo de nuestra lucha silenciosa.

El silencio desaparece de la escena; entonces la carga se aliviana. Así como dejaron las carteras, bolsos o mochilas en el piso al llegar, estas mujeres valientes fueron dejando la pesada carga del miedo, la culpa y la vergüenza a un costado. Se empezaron a sentir livianas y unidas, al menos por un rato.

El mate con coco seguía girando y las historias empezaban a exponerse. Historias, como dice la canción uruguaya, “que incendiaban el aire”. Historias cargadas de injusticias, abandonos, complicidades y silencios; de violencias que atraviesan el cuerpo y quedan clavadas en la mente y el alma; rechazos, oportunidades perdidas, amigas que obligan amorosamente a salir, a volver al ruedo siempre; familias que acompañan, otras que empujan y castigan.

Increíblemente, vergüenzas. Muchas vergüenzas. Porque las mujeres encima sentimos vergüenza de lo que otros hacen, aunque seamos nosotras las que nos quedamos surfeando la ola.

Mientras una de las mujeres que antes había hecho magia en la cocina contaba, como si nada, naturalmente, que crió nueve hijos sola, atravesando violencias, abandonos, falta de dinero y haciendo malabares para trabajar y llevar el plato de comida, yo la miraba y pensaba: “¿Será ella consciente de la potencia de su existencia?”.

Y aunque esté de moda y suene cliché, me acordé de Baruch Spinoza, el filósofo exponente del racionalismo, y de aquella frase que no dijo literalmente pero que desarrolló filosóficamente y se le atribuye: “¿Qué puede un cuerpo?”.

Los cuerpos y las mentes de las mujeres que crían solas pueden más que un ejército entero. Y si Spinoza rechazaba la idea de la dualidad cartesiana sobre la separación mente-cuerpo, cuando se entere del concepto de carga mental le explota el cerebro.

El maternar sin ayuda expone al cuerpo a generar una potencia inimaginable para muchos. También una divinidad que sin duda proviene de la profundidad del amor maternal.

Puede todo el cuerpo de una mujer que puede sola, pero puede porque no puede permitirse no poder, aunque hay días en que no pueda más. Son como máquinas que están obligadas a funcionar incluso averiadas, autos que siguen andando sin nafta, sin aceite y sin agua. Pero siguen. Arriba va gente. No pueden frenar.

Pero el costo es alto. Y no hay seguro que cubra nada. Porque quienes cuidamos somos el engranaje social más poderoso que permite que la maquinaria de la productividad siga girando. Si frenamos, se cae todo. Y eso nos da potencia. Eso es, a su vez, lo que hace que pocos hablen del tema. Porque pocos están dispuestos a dejar sus intereses y privilegios de lado.

Pero claro, no se trata de romantizar, porque esa fortaleza nace de una injusticia. Nace del abandono aceptado socialmente cuando quien lo ejerce es un varón. Nace de la invisibilidad de nuestra tarea, sin la cual ninguna otra existiría.

El domingo, que en Argentina se celebró el Día del Padre, ojalá haya sido una buena oportunidad para que en las mesas se pueda dialogar y poner en agenda qué está ocurriendo con los alarmantes números que indican que el abandono paterno y los incumplimientos crecen.

No ser cómplices, interpelar a quienes no cumplen y abrazar a quienes sí, entendiendo que lo que está en juego es el futuro de una sociedad que merece crecer con la igualdad y el cuidado como eje central.

Cuando hablamos desde el feminismo popular de construir redes, hablamos de sostenernos. Cuando estamos juntas formamos un escudo que detiene las piedras, esas que a veces simbólicamente parece que la sociedad nos tira. Aunque en este caso los pecados sean ajenos.

La lucha es nuestra, y es preciso que comience. En Moreno, al menos, se ha plantado una semilla.

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