Un relevamiento a pequeñas productoras en cinco provincias muestra cómo los eventos climáticos extremos impactan en la organización del trabajo productivo y doméstico, en la salud emocional y en las estrategias de adaptación.

La realidad de miles de mujeres en el interior profundo de la Argentina quedó plasmada en el informe “Mujeres campesinas, cuidados y crisis climática”, realizado a fines del año pasado por el Movimiento Nacional Campesino Indígena Somos Tierra (MNCI Somos Tierra), que incluyó encuestas y entrevistas a más de 150 casos en las provincias de Córdoba, Mendoza, Jujuy, Neuquén y Misiones. Sus resultados fueron presentados el 14 de abril en la sede del CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), en el barrio porteño de San Telmo.
La investigación “tuvo por objetivo de hacer un relevamiento socio productivo con perspectiva de género, analizando cómo la crisis climática impacta en la organización del tiempo; la salud física y emocional; las estrategias productivas y comunitarias de adaptación, y la configuración de vulnerabilidades en territorios rurales”, expresó durante la presentación Carolina Llorens, una de las autoras del informe y referente del equipo de feminismo del MNCI Somos Tierra.
El trabajo delineó una radiografía de un sector postergado e invisibilizado.
Crisis climática y ausencia del Estado
La mayoría de las mujeres encuestadas son pequeñas productoras, con menos de 5 hectáreas productivas. Un 40% dijeron trabajar en tierras familiares; y un 25% en tierras de propiedad colectiva y de pueblos originarios. El resto alquila tanto las tierras como las máquinas.
El 66% registra para el grupo familiar, ingresos inferiores a los $ 785.000 mensuales (el límite de la pobreza). El 71% señaló que vende al menos el 50% de lo que produce y el resto lo utiliza para el autoconsumo. Si bien un 80% dijo contar con electricidad, menos del 30% accede a internet y solo el 11% tiene computadora.
El 32% toma decisiones productivas (qué cultivar y cómo hacerlo), pero solo el 25% participa en decisiones comerciales (a qué precio y dónde vender la producción).
El 77% de las mujeres se ha visto afectada por el cambio climático. Un 66% reportó pérdidas significativas, y un 12% pérdidas totales de su producción. Entre los eventos extremos mencionados figuran: sequía, calor extremo, tormentas de viento, granizo, heladas tempranas, incendios, invasión de plagas e inundaciones.
Y un 70% incorporó prácticas adaptativas como la agroecología y el cuidado del agua.
Pobreza de tiempo
Según el relevamiento del MNCI, el 61.7% de las mujeres dedican parte de su día a realizar tres o más tareas al mismo tiempo: producir alimentos, cocinar y cuidar niños.
Las mujeres campesinas destinan 6.8 horas al trabajo productivo (ganadería y agricultura), 4.5 horas a tareas domésticas y 3.2 horas a cuidados no remunerados, disponiendo de apenas 1.6 horas diarias para actividades personales o descanso, el cual suele ser fragmentado. Padecen «pobreza de tiempo» estructural, ya que el tiempo femenino termina siendo la variable de ajuste que suple la ausencia del Estado y la falta de infraestructura básica.
Esta «Triple jornada simultánea» repercute en la salud de las mujeres campesinas. El 85% reportó tener estrés constante, mientras que el 78% experimenta cansancio extremo debido a la falta de descanso. Un 70% padece dolencias físicas y problemas de sueño, y el 60% siente tristeza o desánimo ante las pérdidas productivas y la migración familiar. Aún así, el 48% manifestó no haber realizado chequeos o consultas médicas el último año.
Sueños y demandas
El relevamiento del MNCI también incluyó preguntas sobre las demandas y los sueños de las mujeres y diversidades campesinas e indígenas
Lejos de aspiraciones abstractas, las principales demandas se tradujeron en cuestiones concretas como: el acceso a Salud y Apoyo Psicosocial; Espacios Comunitarios y de Contención; Infraestructura y Servicios Básicos como el agua potable y para el riego; Reconocimiento y mejora económica y “una vida libre de discriminación y violencias”.
“Las mujeres campesinas son las más afectadas por los eventos climáticos que impactan en su seguridad alimentaria e implican una sobrecarga de trabajo. Y a su vez son el pilar que sostiene la resiliencia, a través de prácticas de adaptación como la agroecología, el manejo del agua y el arraigo en los territorios.”, apuntó Llorens, del MNCI.
Por su parte, la socióloga Luci Cavallero, referente del feminismo e Investigadora de la Universidad de Buenos Aires, señaló al finalizar la presentación del informe: “El corrimiento de la frontera extractiva y la explotación laboral en los territorios buscan asegurar una ganancia financiera futura a costa de la calidad de vida de las mujeres y las diversidades; Una vía para enfrentar esto es la organización comunitaria y la valorización de las tareas de cuidado”.
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