“Fin al tráfico de drogas en México”. Este fue el título que el diario La Prensa eligió el 3 de abril de 1957 para celebrar la detención de María Dolores Estévez Zuleta, mejor conocida como «Lola la Chata», la primera jefa narca de este país. Los medios, ávidos entonces y ahora de apodos espectaculares, la bautizaron como “la emperatriz de las drogas”.
Nacida en 1906 en La Merced, un antiguo y popular barrio del Centro de la Ciudad de México, Lola se familiarizó con las drogas desde niña porque su mamá vendía marihuana y morfina, y ella le ayudaba a repartir la mercancía. De adolescente, Lola se casó y se fue a vivir con su esposo a Ciudad Juárez, una ciudad codiciada por los traficantes debido a su privilegiada frontera con Estados Unidos. Ahí aprendió a manejar el negocio a gran escala. Años más tarde, volvió a La Merced y en poco tiempo controló la distribución de drogas y acumuló una fortuna impensada.
Las mexicanas todavía no tenían derecho al voto, pero ya había una mujer que rompía los estereotipos del hampa y lideraba el incipiente mercado narco.
A fines de los años ‘30, México y Estados Unidos la identificaron, de manera inédita para la época, como una narcotraficante tan peligrosa como cualquier hombre. Fue detenida en varias ocasiones, pero su dinero le permitía sobornar a guardias, policías, jueces y políticos y seguir manejando su negocio aun presa.
En 1957 murió por problemas del corazón. Tenía 53 años.
Contrario a lo que vaticinó la prensa, el narcotráfico en México no terminó con la captura ni con la muerte de la jefa. Más bien, creció a escalas inimaginables.
Lejos del mito de Lola la Chata, la mayoría de las mujeres vinculadas con los cárteles cumplen roles tradicionales de género en ambientes plagados de violencias.
Puertas adentro, son madres protectoras, hermanas leales, esposas abnegadas, amantes dispuestas.
Afuera, cultivan los campos de hoja de coca, amapola o marihuana; empaquetan las drogas, trabajan como cocineras, sirvientas, vigilantes. Son prostituidas. Trasladan las sustancias en maletas o adentro de sus cuerpos. Pocas veces suben de escala en las organizaciones. En su mayoría forman parte de las llamadas “obreras” del narco. Padecen condiciones de semiesclavitud que incluyen torturas y abusos sexuales. Y tienen más probabilidades de ser detenidas y condenadas que sus jefes varones.
Detrás de las estadísticas existen historias como las de Sandra, Ana, Juana, Michelle, Alma, Cecilia, María, Krisztina, Bertha y Jacqueline, a quienes Jorge Damián Méndez Lozano nos presenta en el libro Mujeres Z. Testimonios de violencia en la guerra contra el narco en México, que Yuri Editorial acaba de publicar en Argentina.
Son historias de mujeres acusadas de haber trabajado con Los Zetas, un cártel fundado por exmiembros del Ejército mexicano que cometió crímenes atroces.
Los relatos demuestran que, más que victimarias, estas mujeres fueron víctimas antes y después de ser detenidas. La mayoría nació en ciudades en las que trabajar para Los Zetas parecía ser sólo una cuestión de tiempo. Transitaron de las violencias en sus casas a la del cártel y a la de militares y policías. Ellas mismas resumen: “Ahora sé que los héroes de la patria son unos delincuentes con licencia: violan, asesinan y hasta roban”; “Una nunca sabe de quién huir, si de la delincuencia o de los militares”.
En el libro descubrimos que Ana prefiere películas de comedia y acción y documentales de tigres y jirafas, y que hubiera querido ser atleta olímpica o patinadora sobre hielo “de esas que salen en la televisión”.
Que a Juana le molestan la hipocresía, el encierro y el sabor de los limones.
Que Michelle es “popera” y le gusta Katy Perry.
Que, aparte de la libertad y la música, lo que más extraña la húngara Krisztina es comer mole poblano, sopa azteca y el picante.
También cuentan sus cavilaciones sobre el encierro. “Hasta mi sombra se ha enfermado”, dice Sandra. Alma está convencida de que “la mala suerte es como un chicle sin sabor: tarde que temprano llega después de varias masticadas”. María asegura que ha superado el dolor y ya puede describir la tortura que sufrió cuando la detuvieron (“a veces, hasta me puedo reír”).
“Mi mamá escribe cartas y me las manda con perfume, sin que yo se lo pida, ella intuye que extraño esos aromas”, dice Michelle.
Bertha encuentra una prueba de su propia existencia: “Sé que no estoy muerta porque engordé siete kilos ahora que estoy recluida”. Jacqueline describe la convivencia carcelaria: “A veces peleamos por el maquillaje porque casi no hay, o los ánimos se calientan, aunque a veces todas estamos tan deprimidas que solamente lloramos”.
Cecilia, un caso excepcional, recuerda que tuvo una infancia normal, feliz, sin golpes ni maltratos: “Entré a los Zetas por mensa, no tenía la necesidad”.
La crudeza de las historias se equilibra por el talento de un autor que no se deja seducir por el morbo y que hilvana un registro coral que retrata a estas mujeres en su humanidad, un valor tan necesario y tan ausente cuando se abordan las distintas facetas de eso que llamamos “el narco”.
Bienvenido sea. «