Murió Andrés Rivera, el escritor que le dio voz al pasado histórico

Por: Mónica López Ocón

Tenía 88 años. Escribió más de treinta libros y es una figura capital de la literatura argentina.

Murió hoy, a los 88 años, en la provincia de Córdoba Andrés Rivera, un nombre insoslayable de la literatura argentina. Su deceso se produjo a pocas horas de la pérdida de otro grande, Alberto Laiseca. 

La prosa de Rivera, cuyo verdadero nombre era Marcos Ribak abordó desde la ficción personajes fundamentales de la historia argentina, desde Juan Manuel de Rosas a Juan José Castelli y “El Manco” Paz. A todos les prestó su propia voz para que le hablaran al presente desde el fondo de la historia.

Su prosa era seca, precisa y despojada lograba conmover con la mayor economía de recursos. Sus libros eran breves porque su escritura trabajaba sobre la condensación. Si el mundo de su ficción era la Argentina, la forma que fue adquiriendo su escritura tenía un nombre francés, nouvelle, género que a falta de precisiones más específicas, es definido por su tamaño como una novela corta.

Su gesto adusto producía cierto temor a la hora de entrevistarlo. Sin embargo, a poco de empezar a hablar, su adustez espanta-periodistas se aflojaba y daba lugar a la amabilidad.  

Nació el 12 de diciembre de 1928 en el Hospital Durán, en el barrio de Caballito. Además de ser escritor fue obrero, sindicalista y militante del Partido Comunista. Publicó más de 30 libros, el último en 2011, momento en que consideró que su producción era ya demasiada. 

En un excelente perfil que hace del escritor Miguel Russo en la revista Anfibia, el siguiente párrafo resume su actitud ante la vida: “A los seis, el pequeño Marcos era un pibe enfermizo. Comía poco, pero no por falta de alimentos, sino porque la sopa lo tenía harto. Su madre, preocupada, averiguó que en Necochea, el doctor Alejandro Raimondi había montado una colonia de vacaciones para chicos débiles. Y allá lo mandó Zulema, a la primera visión del mar. Y otras no tan agradables: ‘Pasé 20 días allá y cuando volví mi mamá no me reconocía: había aumentado seis o siete kilos. Los dos primeros años de colonia fueron bien. Al tercer verano, aparecieron las monjas. Las celadoras eran mujeres rudas, podían pegar soberanos cachetazos disciplinarios, pero sabían manejarse con los chicos. Con las monjas fue otra cosa. Cada noche, hacían rezar el Padrenuestro. Ahí lo aprendí, y a pesar de que hoy lo recuerdo de memoria, por entonces no podía repetirlo. Una de las monjas, que lo notó, me preguntó el motivo. Mentí al principio, pero después dije la verdad: ‘Soy hijo de judíos’. La convivencia se dificultó. Los otros chicos eran huérfanos o hijos de policías muertos en tiroteos: muy sensibles a la prédica católica. Yo era el asesino de Cristo. De modo que dejé de ir. Eso me puso en alerta: me dio el primer dato sobre lo que quiere decir el antisemitismo’.»

 Repitió en varias oportunidades que estaba convencido de que ningún libro, por bueno que fuera, podría cambiar el mundo, pero que él tenía que escribir. Había nacido en un hogar obrero. Su padre era dirigente sindical,  por lo que necesitaba leer para informarse de lo que sucedía en el país y en el mundo. Por esa época –cuenta en una entrevista pública- se reunían en mi casa otros hombres como mi padre Bajaban de los andamios, salían de los talleres metalúrgicos, emergían de los talleres de sastres y allí estaban. Tenían pocos escritores para citar, pero los citaban. Necesitaban ese mundo abstracto de la letra para afirmarse. No hubo alternativa para mí. En un momento abrí un cuaderno y empecé a escribir.”  

Quizás porque consideró que su escritura era en cierto sentido una misión, escribió hasta edad avanzada. Sus últimos tres libros fueron Estaqueados, Guardia blanca y Kadish. En 1992 recibió en Premio Nacional de Literatura por La revolución es un sueño eterno.

Los datos, por supuesto, no agotan lo que fue. Se sabe que incluso una biografía, por completa que sea, es siempre una versión desteñida de una vida. Es posible que, además de sentir la escritura como una misión, Rivera la entendiera también como una forma de magia. Por eso, quizá no sea una casualidad que su hijo, Jorge Ribak, luego de haberse recibido de abogado, sea mago de profesión y haya ganado premios internacionales en esa actividad. Rivera se sentía muy orgulloso de él. ¿Qué otra cosa se parece más a la magia que la literatura que hace posible construir mundos hechos de palabras?

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