La producción de Ridley Scott llega este jueves a los cines. Fortalezas y pasos en falso de una de las películas más esperadas del año.

Pero también está el “interior” de “Napoleón”, en donde sí los palacios y residencias son los escenarios de los tironeos del poder, pero sobre todo en donde se juega el eje central de la película, que es el amor desbordado del personaje por Josefina (Vanessa Kirby).
La relación, improbable por diferencias de clase y educación, se da, progresa y se consolida, aunque en el medio se suceden las infidelidades mutuas, la búsqueda obsesiva de un heredero y las presiones externas que debieron soportar.
Sin embargo, el amor entre ambos sobrevive y el filme del realizador británico parece abonar la hipótesis de que la desmedida ambición de Napoleón Bonaparte encontró en Josefina el sustento para crecer y, si se quiere ir un paso más allá, la razón de ser de todas sus conquistas.
Pero si el eje es el amor entre dos protagonistas destinados a no estar juntos, el gran acierto del relato es el coming-of-age de Napoleón Bonaparte, que muestra en detalle cómo aprendió a ser un brillante estratega militar, también a ser político, gobernar y, claro, cómo debió aprender a amar y luego sostener su pasión por Josefina.
Entretenida, con un buen trabajo de Joaquin Phoenix acompañada por una descollante Vanessa Kirby, “Napoleón” es una película entretenida, cine industrial de calidad que a pesar de algunas irregularidades –la vida de Napoleón hablada en inglés es un despropósito-, cumple con el objetivo de ofrecer un espectáculo de fácil consumo y disfrutable.
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