Entre pinturas, esculturas, fotografías y documentos que transitan poco más de un siglo, una nueva muestra recorre fragmentos biográficos del historiador del arte y curador Marcelo E. Pacheco en Reunión en Neocriollo, una muestra creada con obras de su colección privada recién inaugurada en el espacio de la Colección Amalita de Puerto Madero bajo la mirada curatorial de Santiago Villanueva y la concepción espacial de la artista Mónica Giron.
Ubicada en una sala del primer subsuelo del museo la muestra bajo el nombre Reunión en Neocriollo. Colección Marcelo E. Pacheco, que podrá visitarse hasta finales de septiembre, se juega entre ideas y maneras de pensar el arte que se escapan de los encorsetamientos históricos para abalanzarse en pos de otros recorridos posibles más autóctonos.
El recorrido propuesto tracciona desde un Alfredo Guttero y su Fulgor de Buenos Aires de 1904 inaugurando una cronología que se detiene recién en 2014, con Neocriollo 3/6 de Giron (2007-2014), pero que contempla una variedad de obras que sólo las herencias familiares, y el coleccionismo propio sea por compra, intercambio o regalo otorgan.
Allí están artistas como Adolfo Bellocq, Emilio Pettoruti y Oscar Bony con reminiscencias a Lucio Fontana, una infaltable Raquel Forner, el arte conceptual de Víctor Grippo o la única pintura prestada de la muestra, “Miss” de Miguel Carlos Victorica: el retrato de una gata que acompañó la infancia de Pacheco. Y entre medio obras de Pedro Figari, Jorge Larco, Cristina Schiavi, Alberto Greco, Ricardo Garabito, Emilio Renart, Rosana Fuertes, Benito Laren, y Luis Fernando Benedit, para citar algunos nombres.
Entre las obras se destacan el biombo de Alfredo Guido, la pintura La confesión de Pettoruti (1994) de Bony ubicada junto a Las bailarinas (1919) de Pettoruti, la serie de fotoperformance de Bony con Pablo Suárez (1964), y la irónica Cajita de crítico sagaz (1978) de Víctor Grippo, además del dibujo que retrata a Pacheco realizado por Benedit -en una de las reuniones compartidas en la Fundación Espigas- y que introduce el texto de la exposición, y al gestor, como lo definen desde la Colección Amalita.
En el itinerario de medio siglo “van a ver un montón de reflejos, idas y vueltas, intercambios, conceptos, ideas que fue volcando (Pacheco) en sus proyectos curatoriales y en sus textos”, resume Villanueva y afirma que la exposición fue pensada “como un espacio de escritura más”. Esto es algo que va en sintonía con el pensamiento del homenajeado en cuanto a su pensar “en términos narrativos el espacio de exhibiciones”.
En otras palabras, esta idea se relaciona con el pensar “la curaduría como un campo de batalla”, según Villanueva. Incluso, la concepción espacial de la muestra reverbera con la biografía y trayectoria de Pacheco, desde la experiencia de Giron y su práctica del Feng Shui.

“Me gusta mucho el espacio, trabajarlo desde el Feng Shui para darle armonía, para estar mejor; es algo que investigo hace mucho y (éste) era un muy buen enfoque para armonizar las obras de épocas muy distintas de la colección”, expresa la artista.
Está muestra atípica, por centrarse en la colección de un curador e investigador de la historia del arte como es Marcelo Eduardo Pacheco (1959), condensa una concepción de la historia del arte argentino dispuesta en tres núcleos centrales: “los años 20, los 60 y los 90”, unas décadas que dialogan y se desordenan “bajo la influencia de las investigaciones, conceptos, curadurías y textos”. De textos escritos por Pacheco a partir de la adolescencia en adelante.
Es así que en Neocriollo se vincula esa “mirada íntima, afectiva y personal hacia los objetos” coleccionados, pero el foco es la “práctica curatorial y la investigación”, pasando por las vanguardias y la pintura figurativa, hasta arribar a la escena de los 90 y los 2000.
Creador e impulsor del Centro de Documentación para las artes visuales en la Argentina de la Fundación Espigas, de la que fue su primer director, la infancia de Pacheco transcurrió entre obras de arte y ello definió su carrera como historiador del arte, que cursó en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, además de su actividad como coleccionista, ensayista, gestor y curador de muestras y colecciones.
Entre otras pertenencias, su extensa trayectoria se testimonia en su paso por el Museo de Bellas Artes, como jefe de curaduría y asesor del Malba, y de la colección de Alejandro Bengolea y como primer curador del acervo de la Colección de Arte Amalia Lacroze de Fortabat, que por unos meses acoge esta urdimbre personal, nacional y rioplatense. Por otro lado, la exposición es una acción que vuelve a entretejer obras y reconfiguraciones en cada despliegue íntimo que realiza el investigador sobre la colección en su hogar, según cuenta Villanueva.
Es así que, tras tres meses de trabajo pero con un conocimiento previo entre ambos curadores y una amistad especial con Giron desde fines de los 80 por parte de Pacheco, la preparación de la muestra dejó nuevos archivos de entrevistas para este gran desafío de “curar una colección privada y personal”.
Un desafío, además, que conlleva reflejar los interrogantes de Pacheco acerca de cómo se arman las colecciones, sobre todo las de “una historia del arte argentino donde se destaca un modelo de mezclas y de intercambios, de convivencia”, a partir de ese universo de obras heredadas y familiares: las del abuelo José Luis de Ariño y las del tío abuelo Andrés Garmendia Uranga.

Estás son colecciones que “lo acercaron a las obras de numerosos artistas”, explica Villanueva y se explaya: “Durante su adolescencia en la ciudad de Necochea, en los años 70, realizó conferencias en el salón de actos del Palacio Municipal y escribió breves reseñas dedicadas al trabajo de Juan Batlle Planas, Adolfo Bellocq y Raquel Forner”.
Por qué Neocriollo
¿Pero por qué usar el título de Neocriollo? Es que ante nuevas posibles narraciones de las colecciones de arte surge esa búsqueda de una identidad no prestada, como la formulada por Xul Solar al crear una lengua y una forma de nombrar el arte americano, allá por 1922; y al mismo tiempo, el título juega con las obras homónimas de Giron, y una construcción identitaria “con fronteras borrosas”.
Pero por sobre todo, es la combinación entre Neocriollo y la idea de reunión. Es que en el título, el término reunión reemplaza al de colección, una palabra de la cual reniega Pacheco, según explica el joven curador que explica: “más allá de que armó un montón de colecciones, pensó y estudió el coleccionismo y tiene dos tomos donde lo estudia desde el virreinato a los años 40”, y es “un gran formador de colecciones”.
“Nos gustaba el contrapunto de reunión y colección”, señala, porque la primera “desestabiliza” esa “formalidad” de la segunda, y el uso del concepto Neocriollo que Pacheco aplicó a muchos artistas trae también “ecos” de la exposición Neocriollo de Giron en el Malba. Ecos que reflotan además a un tal astrólogo Schultze, uno de los personajes del Adan Buenosayres (1948), de Leopoldo Marechal, que responde: “el Neocriollo será el producto natural de las fuerzas astrológicas que rigen a este país”.
“La idea de Neocriollo sería el modo en que Pacheco volcó sus ideas sobre el arte argentino diluyendo las fronteras y pensando intercambios y redes más sinuosas y complejas de lo que la historiografía convencional había pensado”, arriesga Villanueva.
Por último, más allá de la exposición dedicada a la colección de Pacheco, el museo expone en el segundo piso tres obras de Nicolás García Uriburu, sumándose a las acciones que desde el legado del artista, conocido por teñir el canal de Venecia de verde durante la Bienal en 1968, se realizan al cumplirse 10 años de su fallecimiento este año.
Este homenaje colinda con el intrigante gabinete de antigüedades; en el primer piso con la muestra que recrea la mítica de Pedro Roth Creencias y supersticiones de siempre -en torno a los 50 años de la creación de la La difunta Correa, de Antonio Berni- curada por Rodrigo Alonso; y la permanente que con nuevo guión curatorial se despliega espléndidamente en el subsuelo.
Para no olvidarse
Las muestras Reunión en Neocriollo y Creencias y supersticiones de siempre se podrán visitar hasta el 27 de septiembre, de jueves a domingos de 12 a 20, con una entrada general, en Olga Cossettini 141, CABA.