Nicolás Guerschberg: “La música siempre habla por sí misma”

Por: Carlos Salatino

El pianista y compositor Nicolás Guerschberg acaba de publicar "En un lugar" (Club del Disco 2025), su nuevo trabajo en el que es acompañado por Pipi Piazzolla en batería y Mariano Sívori en contrabajo. Se presentará este domingo en BeBop Club.

Nicolás Guerschberg, integrante de Escalandrum, generador de múltiples proyectos musicales y Declarado Personalidad Destacada de la Cultura de la Ciudad de Buenos Aires por la Legislatura Porteña, despliega en esta nueva obra su reconocida capacidad como compositor e intérprete y su incesante búsqueda de desafíos musicales en la que confluyen el jazz, las sonoridades urbanas y académicas.

Para lograr sus objetivos cuenta, desde hace dos décadas, con la complicidad de Pipi Piazzolla y Mariano Sívori. Los tres generan una simbiosis sonora que se traduce En un lugar en composiciones como “Dilema”, “Dora’s vals”, “Yaco’s song” y “Milonga del adiós” (Guerschberg), “Apocalipsis” (P. Piazzolla) y las personales visiones que le aportan a “Waltz 2” (Dmitri Shostakóvich), “Lacrimosa” (Wolfgang Amadeus Mozart), “Danza de la moza donosa” (Alberto Ginastera) “Overjoyed” (Stevie Wonder) y “Laura va” (Luis Alberto Spinetta). 

El abordaje estilístico de los temas navega entre los climas que producen  los tríos de Bill Evans y los más recientes referentes como, por ejemplo, el sueco Esbjörn Svensson o el finlandés Iiro Rantala

Pero en esta oportunidad hay un cuarto protagonista, que es el piano Fazioli de gran cola con el que fue grabado el álbum en el estudio Aguaribay, en prácticamente una sola toma.

Este instrumento, realizado artesanalmente y del cual se construyen solo 140 unidades por año, posee una calidad y profundidad sonora que le permitió al trío descubrir nuevos elementos a medida que registraban los temas.

Estos poseen una cierta atmósfera de melancolía (en especial los compuestos por Guerschberg), a la cual el pianista se refiere en este diálogo con Tiempo.

Nicolás Guerschberg

-Se percibe un clima melancólico en casi todo el disco, ¿cómo se produjo?

-Tal vez se reflejó sin quererlo. Yo venía de un proceso personal que me afectó mucho, que fue la pérdida de mi viejo. Y seguramente la música que fui componiendo en ese momento estuvo teñida de esa melancolía extra. No se puede renegar de los momentos y lo que uno siente. Esa ausencia me pesó mucho. Pero  esta sensación se compensa con el equilibrio de tener a mi hijo chiquito. Es la luz y la sombra que todos tenemos.

Foto: Gentileza Prensa/ Ana Gilardone

-¿Cuál es el aporte de Mariano y Pipi a la hora de componer y grabar un disco como este?

En un lugar no es un proyecto solista. Si no estuvieran Mariano y Pipi no lo podría haber hecho. Tocamos juntos desde hace veinte años, no solo en Escalandrum. Con el trío siempre estuvimos tocando. Cuando Escalandrum era una agrupación demasiado grande como para tocar en algún lugar chico, íbamos en trío y tocábamos. Siempre fue natural juntarnos a tocar o “jugar”. En inglés tocar se dice “play”. Y lo que hicimos siempre fue eso, jugar a hacer música.

-Da la sensación de que en el disco hay un relato y que, a partir del “Waltz 2” de Shostakóvich, cambia un poco y toma otro tipo de dinamismo, quizás un poco más de luminosidad, ¿Pensás que es así?

-Probablemente haya sido a propósito incorporar música de otros compositores para generar ese cambio de dinámica en el álbum. No importa el estilo o el género, son cosas que nos gustan y que en alguna ocasión habíamos hecho antes y no las habíamos grabado. O tal vez extrajimos alguna idea que hemos hecho con Escalandrum.

Nosotros participamos en algunos festivales de música clásica del Konex como la pata “jazzera” de esos encuentros. Y yo había hecho arreglos sobre distintas músicas y un par de esas obras las extrajimos y las empezamos a tocar en trío de otra manera. Disponer de esa música e interpretarla es una posibilidad que te permite el trío.

Yo siento que se puede absorber cualquier tipo de obra. Desde Stevie Wonder hasta Shostakovich, pasando por Mozart, Ginastera o Spinetta. Hemos hecho un montón de cosas a lo largo de los años. Las grabaciones son solo un reflejo del momento. En el día de la presentación tocaremos parte del disco.

Tocamos, la pasamos bien y nos desafiamos. Y nos reímos muchísimo porque también hay una cosa familiar. Nunca tenemos  un repertorio fijo. Esto hace que el trío se mantenga vital. Y nos permite seguir sorprendiéndonos a nosotros mismos.

Foto: Gentileza Prensa/ Ana Gilardone

-Mencionás lo importante que fue grabar con un instrumento de la calidad del Fazioli. ¿Modificó algo en vos tocar ese instrumento?

-Absolutamente. Un piano de esas características y con esa calidad te permite y te devuelve inmediatamente una cantidad de posibilidades que en otro piano no las tenés. Yo he grabado en pianos muy lindos y muy buenos. De hecho grabé en mi casa también algún disco, y el que tengo es un piano hermoso. Pero este es un piano extraordinario.

Y cuando vos tocas un instrumento extraordinario suceden otras cosas. Todos los armónicos, la perfección con la cual las teclas inciden sobre las cuerdas, el mecanismo de los pedales, los colores que surgen del instrumento hacen que reacciones naturalmente de manera distinta respecto de lo que tenías pensado cuando compusiste los temas. Es como si las composiciones se llenaran de aire y volaran de una forma diferente a cómo las imaginaste.

Eso es maravilloso. Ahí te das cuenta del valor del sonido como protagonista. Es el sonido como un actor principal. Se trata de apreciar no solamente qué tocamos, sino cómo resuena eso. Y utilizar el Fazioli me permitió ir un poquito más allá, porque toda esa cantidad de armónicos, de resonancias, de cosas delicadas, de graves tremendos, de esa sensación de que puedo tener casi una infinidad de colores y de recursos, potenció el resultado final del disco.

Además el trío reacciona en conjunto. Yo toco una cosa, Pipi toca otra, que a mí me devuelve un reflejo que, a la vez, genera una idea que toma Mariano. Es eso hacer música en trío, lo que en jazz se denomina “interplay”.

Foto: Gentileza Prensa / Emilio Polledo

-Participás de diversos proyectos musicales de distintos géneros, tanto populares como académicos. ¿Te interesa indagar en la historia o los métodos de otros compositores?

-Fundamentalmente, me interesan los libros de los compositores que hablan de música,  como, por ejemplo,  el que registra las conversaciones entre Igor Stravinsky con Robert Craft o los de Aaron Copland, porque te permiten entrar en la cabeza del compositor y tener una visión más completa de su pensamiento musical. Algunas biografías también son interesantes,  pero me interesan más los de los compositores que hablan en primera persona.

Cuando uno compone tiene que pensar como si fuera un arquitecto, dónde va a sonar una determinada cosa o qué profundidad debe tener. De alguna forma en la cabeza del que compone eso está, entonces hay que estar disponible para poder llevarlo adelante en la partitura porque la composición es espacio y tiempo. Por algo una orquesta tiene una configuración determinada.

Esto que digo no es en contra pero, de alguna manera, muchas veces la amplificación hace que se pierda de vista esa espacialidad que tiene la música en vivo. Cuando componés podés incorporar algún elemento electrónico, pero es interesante permitir que los sonidos resuenen naturalmente y dejarlos transitar los espacios que ocupan. De hecho el equilibrio de una orquesta tiene que ver con negociar esos espacios. Y eso lo conseguís seleccionando la cantidad de violines, de vientos y demás instrumentos que necesitás para tu composición. Esos son conceptos que uno maneja de acuerdo a su criterio.

¿Qué opinas del mensaje que hace poco dio a conocer Rodolfo Mederos? En él, refiriéndose a lo difícil que es convocar público para los conciertos, se preguntaba: “¿Será que los humanos están perdiendo su capacidad de disfrute? ¿Será que están cooptados por un mercado de consumo y ya no pueden diferenciar sus propios deseos?”

-Es muy duro lo que plantea Rodolfo, pero es cierto. El ritual de sentarse y escuchar un concierto se pone difícil, más allá de la situación económica actual de nuestro país que, desde ya, afecta mucho. Todavía hay una generación que sobrevive y que busca participar de la ceremonia de la música en vivo. Pero las nuevas generaciones viven otra cosa, con muchos más estímulos, Hoy se llevan a cabo espectáculos con fuegos artificiales, luces y efectos en donde la música es lo menos importante. Creo que la música no necesita otras distracciones, como la de hacer aparecer un conejo de una galera. No hace falta. La música siempre habla por sí misma.

Nicolás Guerschberg presenta En un lugar junto a Pipi Piazzolla y Mariano Sívori el domingo 29 de junio a las 21.30h en BeBop Club, Uriarte 1658 CABA.

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