Las violencias que encarna Javier Milei no son una cuestión de "formas". Tampoco es normal el descaro del sector mafioso del Poder Judicial que opera, que dicta sentencias a partir de militancias e intereses que nunca asume.

Que es vulgar, ignorante, inhumano, inculto, homofóbico, misógino, caprichoso, vengativo, megalómano, iracundo, mitómano y violento. Principalmente, violento. Que se rodea de una runfla de aspirantes a Peaky Blinders pero que parecen más bien salidos de Hogwarts.
Que promueve la persecución, la extinción y la muerte de los opositores, en especial de los peronistas. Que carece por completo de empatía.
Que expone y ataca a niños, a enfermos, a jubilados, a mujeres. Que difama a científicos, médicos, docentes, artistas, periodistas, intelectuales, políticos, a todo aquel que critica a su gobierno. Que impone ofensivos apodos que solo les hacen gracia a los obsecuentes, entre ellos los conductores televisivos del horario estelar. Que esconde a sus perros y dota de sordidez la historia de sus mascotas.
Que hace culto del nepotismo y nombra a su hermana como secretaria general de la presidencia. Que da entrevistas en penumbras para que no se le vea la papada.
Que solo habla con mediáticos que son sus amigos y que aceptan todas las indicaciones que les da el gobierno, desde las luces y el dictado de preguntas hasta la edición de las imágenes. Que aparece maquillado como si fuera a una Comic Con. Que tiene adicción a las redes sociales.
Que sólo reacciona con insultos, gritos, ataques, agresiones, groserías. Que se autoadula. Que tiene una imagen de sí mismo distorsionada por la inteligencia artificial. Que es fan del Photoshop.
Que prometió luchar contra la casta sólo para construir su propia casta. Que criticó el «adoctrinamiento» infantil en Paka Paka sólo para imponer su propio adoctrinamiento «liberal» más bien ultraconservador y falaz.
Que promovió y difundió y protagonizó una estafa cripto. Que cree que él y su hermana gobiernan por mandato divino y que sus negociados van a quedar sin castigo. Que fomenta el lavado de dinero y la evasión.
Que cree que el comunismo de la Guerra Fría todavía existe y que afirma sin ruborizarse que los nazis eran «socialistas». Que le encantaría eliminar el derecho al aborto. Que no cree en la libertad de prensa ni en el derecho a la información ni en el derecho a huelga ni en ningún derecho social.
Que desconoce valores como la solidaridad, la amabilidad, el respeto, el diálogo. Que pervierte, se apropia, usa y abusa de la palabra «libertad».
Que justifica palazos y gases contra jubilados, las heridas de muerte contra el fotoperiodista Pablo Grillo, la criminalización de la protesta social. Que predica el odio.
Que celebra a Patricia Bullrich (sí, a la que acusó de «poner bombas en un jardín de infantes» y vocera del cliché: «el que las hace, las paga», aunque ella no ha pagado jamás nada de tanto mal que ha hecho durante décadas, incluida su defensa de policías que matan por la espalda).
Que celebra a Luis Caputo (sí, al que acusó de «fumarse 15 mil millones de dólares de reservas con Macri», y que ahora, con él, se está fumando los 20 mil millones de dólares que le dio el FMI).
Que está empeñado en no financiar obras públicas. Que prefiere financiar el inmenso equipo de comunicación del vocero Manuel Adorni, emblema de la arrogancia del poder. Que no viaja a las provincias pero sí viaja por el mundo para recibir «premios» de pacotilla en reuniones de la ultraderecha. Que desprecia al país que gobierna. Que, con el fervor de los colonizados, idolatra a Trump y a Thatcher. Que minimiza o niega los crímenes de la última dictadura cívico-militar. Que multiplica los ocultos gastos de los servicios de inteligencia.
Que detesta la salud y la educación públicas.
Que no cree en la democracia.
Las violencias que encarna Javier Milei no son una cuestión de «formas».
No es normal.
Tampoco es normal el descaro del sector mafioso del Poder Judicial que opera, que dicta sentencias a partir de militancias e intereses que nunca asume. Que tiene garantizado el respaldo del poder económico representado en los poderes mediáticos, con Clarín y La Nación a la cabeza, que, a través de la voz de entretenedores televisivos, autopercibidos periodistas, apuran y se confabulan con jueces. Es el sistema judicial que esta semana validó la condena contra la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner con un afán de venganza y rencor, sin ápice de justicia, en un proceso anómalo plagado de fiscales y jueces amigos del siempre impune expresidente Mauricio Macri, con quien comparten viajes lujosos, partidos de futbol y asados, prueba de su obscena connivencia y de su odio antiperonista, que es, quizá, la identidad política más poderosa de Argentina.
No nos acostumbremos.
No nos resignemos.
Y, sobre todo, no callemos. «
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