«No hay nada más que esto»: Gallardo y su nuevo desafío para lo que sigue en su carrera

Por: Andrés Burgo

Así como Menotti dijo "Después del Aconcagua todo es llanura" tras el Mundial 1978, el Muñeco dejó una frase similar luego de la Libertadores 2018: el de haber llegado al techo. Con su reciente paso en falso en River y el de Arabia, el DT deberá renovarse por fuera del bronce de su estatua.

El fútbol argentino -lo que ocurre dentro del campo de juego- no respeta investiduras ni es nostálgico. El presente le gana al pasado. Ahí está Lanús, el segundo equipo argentino con más títulos internacionales en los últimos 15 años -detrás de River-, flamente campeón de la Recopa ante el Flamengo en el Maracaná este jueves pero además el representante nacional con más participaciones en las últimas 21 ediciones de la Libertadores o la Sudamericana -desde 2006 sólo no clasificó para 2019 y 2023-. Y al contrario, ahí también están los grandes, cerca de su piso histórico -salvo Racing, campeón o protagonista en los últimos tiempos-. Lo mejor que le pasó a River en lo que va de esta década fueron las derrotas de Boca, y viceversa y Marcelo Gallardo también mostró una versión muy desmejorada, como nostálgica, que le costó el cargo tras la sexta fecha del torneo. River nunca se había quedado sin técnico tan pronto en el inicio de un torneo. Este jueves se despidió ovacionado del Monumental -seguramente un hasta luego, dado que Ángel Labruna y Ramón Díaz tuvieron tres ciclos- luego de un triunfo 3-1 ante Banfield que sin embargo no maquilló una segunda etapa sin títulos y generosa en errores, en la que respecto de su brillante primer paso no sólo pareció perder su ojo futbolístico sino también su capacidad de liderazgo y, acaso, su voracidad para ganar.

Dos de las casi únicas alegrías de Gallardo desde su regreso en agosto de 2024 fueron triunfos contra Boca que le costaron el puesto a dos colegas, Diego Martínez y Fernando Gago, a la vez que se salvó de recibir una goleada en el último superclásico en la Bombonera -no es exagerado decir que Milton Giménez, el 9 de Boca esa tarde, fue el mejor jugador de River en 2025; si hubiese estado afilado, habría sellado un resultado histórico-. Pero tanto las buenas como las malas de su segundo ciclo tienen olor a poco, a menudencias, a unos pocos párrafos en la biografía de su carrera. El Muñeco parece haberse quedado en el primero. Incluso una frase tras la final de la Copa Libertadores 2018 -también ante Boca- puede ayudar a darle magnitud al monumental desafío que el Muñeco comenzó a emprender desde entonces: «No hay nada más que esto, no hay nada más que esto», dijo en el Santiago Bernabéu tras un partido que valió por cientos de partidos.

Ese «No hay nada más que esto» se refería al Boca-River y al resto de los rivales: hasta que no haya otra final similar por Libertadores, seguirá siendo el superclásico más importante de todos, el Everest de enfrentamientos entre clubes. Pocos, sin embargo, repararon que esa frase también vale para la carrera del Muñeco, una pérdida en la adrenalina y los objetivos parecida a la que César Luis Menotti graficó años después de haber ganado el Mundial 1978 con la selección argentina: «Después del Aconcagua todo es llanura». En esa llanura, sin embargo, el Flaco dirigió a varios de los principales clubes del mundo, pero evidentemente ya había llegado a su cumbre: Barcelona, Boca, Atlético de Madrid, River, Peñarol e Independiente, entre otros, en orden cronólogico, un lapso en el que solo ganó títulos menores con el Barca. En esa llanura, o en ese «no hay nada más que esto», la relación entre el Muñeco y los títulos decayó naturalmente, pero también abruptamente, a partir de aquel 2018: las prestaciones internacionales de River en 2021 y 2022, todavía en su primer ciclo, fueron mucho más bajas. Y más aún entre 2024 y 2026, cuando River ya ni siquiera jugará la Libertadores.

Las elecciones de Gallardo

Con los resultados sobre la mesa -pero también con alguna duda razonable en la previa-, Gallardo erró sus dos elecciones posteriores a su primera salida de Núñez. En Arabia Saudita se convirtió en el técnico mejor pagado del mundo, pero perdió colmillos deportivos: era un destino para la jubilación, no para sus años fértiles. A River volvió demasiado pronto, incluso algo torpemente, con Martín Demichelis en la cuerda floja y en medio de una interna dirigencial. Aunque es imposible saber qué le pasó al Muñeco para errar en esta segunda etapa sin haber estado adentro del plantel, algunas preguntas son válidas. ¿Perdió su capacidad de liderazago? ¿Falló en su manera de conducir? ¿Por qué no les llegó a los jugadores como antes sí hacía? ¿Se equivocó en las incorporaciones y el armado del plantel en más de un mercado de pases? ¿Intentó un estilo de juego para el que estos futbolistas no estaban capacitados? Muchas respuestas son síes.

Más allá de cuestiones objetivas, como la ausencia de más delanteros en el plantel -el técnico llegó a decir hace pocas semanas que era «simplista» el pedido de más atacantes-, en su regreso a la llanura después del «no hay nada más que esto» Gallardo perdió también pragmatismo. Su primer River, el 2014-2015, alternó pasajes de muy buen fútbol -en especial en las primeras fechas del segundo semestre de 2014- pero sobre todo mostró unas altísimas dosis de convencimiento para ganar. Futbolistas dirigidos por Gallardo le reconocen no tanto su expertise táctico sino cómo le llegaba al plantel: su persuasión, su seducción, su liderazgo. De ahí que el verbo más utilizado fue «creer». Todos para uno, uno para todos, un lema perdido en estas horas en que trascienden internas entre algunos jugadores -entre ellos Marcos Acuña- y Gallardo que desgastaron la convivencia.

Con esa desesperación por el triunfo, el River del Muñeco comenzó a cambiar la historia: eliminó a Boca en la semifinal de la Sudamericana 2014 y los octavos de final de la Libertadores 2015 con un equipo que jugaba pero que sobre todo raspaba, al filo de la tarjeta roja. Boca se sintió perdido contra un River que jugaba como River pero también como Boca. Sin embargo en algún momento, en especial después de 2018 o 2019 -acaso el más estético de su ciclo-, el Muñeco ya no pareció tan desesperado por ganar sino por hacerlo de una única forma, con un fútbol más ofensivo, lúdico y fiel a «la cultura River», a la vez un estilo de juego ya imposible por la pérdida de solidez en la defensa y en la calidad de los jugadores de ataque. En su primer ciclo, Gallardo había ganado por Gallardo pero también, o sobre todo, por futbolistas en su prime time como Nacho Fernández, Juanfer Quintero, Nacho Scocco, Pity Martínez, Exequiel Palacios, Lucas Pratto, Leonardo Ponzio y Enzo Pérez. El actual River sin pragmatismo provocó escenas extrañas: aun con un mediocampo remendado, tratar de jugarle de igual a igual al Inter de Italia en el Mundial de Clubes.

Gallardo seguramente se tomará un tiempo para volver a dirigir. Si ganar en el fútbol como ganó el Muñeco es extremadamente difícil, solo para elegidos -y ni siquiera-, hay algo aún más homérico: seguir ganando, querer seguir ganando. Llegar a tu lugar de trabajo y encontrarte con una estatua tuya suena a que no hay más objetivos por delante: Gallardo tendrá que salir del bronce. «

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