Una reflexión de una abogada y docente universitaria que hace 13 años litiga en casos de discriminación sobre un tema candente tanto en la Argentina, a raíz del discurso presidencial, como en Estados Unidos en torno de la caravana que atraviesa Centroamérica hacia el norte.

En línea con toda la batería política de apertura a los capitales extranjeros, el Gobierno, dictó el Decreto 820/2016 que modificó la Ley N° 29737 (2011) para facilitar la compra de tierras rurales a los extranjeros.
Los mismos fóbicos que permanecen impertérritos ante la nacionalidad de las empresas que vienen a saquear, se alteran sobremanera ante la nacionalidad de caravanas migrantes expulsadas por la necesidad y alentadas por la esperanza de un futuro mejor. Mi abuelo paterno lo hizo de ese modo, y se asentó en un pueblo donde los ingleses habían establecido un frigorífico con un puerto de salida para barcos de gran calado: Santa Elena, Provincia de Entre Ríos. Cuando escucho a personas de clase media, con apellido italiano, hablar de «los paraguas», «los bolitas», “los venezolanos” con connotación despectiva, cuando lo dicen como si fuera un insulto en los cánticos del para avalanchas de la cancha ¿ se habrán preguntado antes porqué migraron sus antepasados? ¿Se preguntan qué lleva a una persona a dejar algo tan importante como la comunidad de sus lazos afectivos para ir a un lugar donde el rechazo es la constante? ¿Están creyendo en una teoría de superioridad racial como las que alimentaron a Hitler? O simplemente es la ignorancia y el desprecio por el otro, cuando el otro es pobre?
La extranjerización de la tierra, que socava la soberanía está dada por la nacionalidad de las personas que la compran y también por la nacionalidad de empresas que en su afán individualista se domicilian en paraísos fiscales para no tributar. A esas empresas, se les abrió la puerta, con el convite de facilidades para sus «inversiones», se les tolera la extensión de la frontera agropecuaria a costa del derecho constitucional de los nativos a la propiedad comunitaria de la tierra que ancestralmente habitan.
Los datos duros indican que esas compañías tienen bajo su control 1.113.654,85 hectáreas. Si sumamos a todas las paraguayos, bolivianos y venezolanos que habitan nuestro país en un territorio, no llegaremos a ocupar 55 veces la superficie de la Ciudad de Buenos Aires, que es el equivalente a esas hectáreas de tierra rural en manos de extranjeros.
El Gobierno no es incongruente cuando en silencio abre las puertas a algunos extranjeros y con estridencia anuncia su cierre para otros. Lo que Macri y sus funcionarios hacen con las últimas declaraciones que riegan la maleza de la xenofobia, es tratar de capitalizar electoralmente la aporofobia después de ver que el fascismo y el odio garpan bien entre nuestros contemporáneos. El Gobierno viene a endulzar los oídos de los que quieren escuchar que la culpa de todos los males está en el pobre. No hay un solo ejemplo en la historia donde los pobres sean la causa de la decadencia de una sociedad. Los pobres no funden un país. Reaccionemos.
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