No siempre uno más uno suma dos

Por: Carlos Ulanovsky

Como presidente, Domingo Faustino Sarmiento estigmatizó a su vice Adolfo Alsina diciendo: "Los vicepresidentes solo sirven para hacer sonar la campanita del Senado". El tiempo puso en crisis la afirmación del padre del aula.

En el marco de la ortodoxia política los identificaron como “la sombra del poder”. Pero a sus espaldas nunca faltó el calificativo sarcástico: “cuchillo de fonda, porque no cortan ni pinchan”. Ojo: ni tanto ni tan poco.  Lo del reflejo es discutible, porque en ocasiones fueron, sin disimulo, el poder en las sombras. Y lo del chiste, hoy tan alejado de la realidad que no hace reír a nadie. Porque la verdad histórica es que, no solo cortan y pinchan, sino que también muerden y arañan, demuestran ambiciones y ansias de mando. Eso han sido desde el fondo de la historia y son los vicepresidente y vicepresidentas. La Constitución Nacional en su artículo 88 lo legitima como el/la mandamás de la llamada Cámara Alta o para ocupar el máximo cargo ejecutivo en caso de ausencia temporal o inhabilitación, por la causa que fuera, del primer magistrado. Los segundos de las fórmulas no ejercen desde la voz, pero sí desde el voto. Ya como presidente Domingo Faustino Sarmiento estigmatizó a su vice Adolfo Alsina diciendo: «Los vicepresidentes solo sirven para hacer sonar la campanita del Senado». El tiempo puso en crisis la afirmación del padre del aula.

El gran tema -no el único– es la cercanía con el poder. Tenerlo tan a mano, pero impedido de apropiárselo del todo porque el sistema concede al que está arriba la facultad de hacer y deshacer. Salvo que entren en colisión directa con su superior, son escasas las decisiones de un vicepresidente capaces de alterar el amperímetro jerárquico. Marineros de una nave cuyo timón tienen escatimado, o directamente no les pertenece, deben haber sido excepcionales los casos en el que el del piso inferior no termine maliciando el lugar, las atribuciones, los beneficios y las cámaras que rodean al primero.

Solo para recordar algunos célebres episodios. El de Alejandro Gómez, coequiper del gobierno democrático encabezado por Arturo Frondizi; el de Julio Cobos, segundo de la presidenta Cristina Fernández; y el actual desentendimiento entre el presidente Milei y su lugarteniente. El pobre Frondizi estaba apaleado por las reiteradas intentonas golpistas de los militares y, complot tras complot, la figura de Gómez se insinuaba detrás de cada fragote. Resultó memorable aquella vez que en pleno Senado el vice se sintió acusado y se defendió con la pregunta «¿Y a mí por qué me miran?».  Inolvidable fue también la patética voltereta de Cobos cuando, para desempatar un tema crucial, apeló a otra frase que también quedó en la historia: «Mi voto es no positivo». Acerca de las evidentes diferencias entre el actual presidente y su primera sustituta, el perturbador sonido de la motosierra (en este caso, dos) no es suficiente para disimular los ruidos que provocan eso que, allá lejos y hace tiempo, la crónica periodística sintetizó como “intrigas palaciegas”. La reiteración de estas colisiones prueba que la de la vicepresidencia dejó de ser una figurita decorativa.

Desde Salvador María del Carril, que inició su mandato en 1854 como vice de Urquiza, a la actualidad fueron 39 lo que ocuparon ese puesto. Obvio, aplastante mayoría de hombres, aunque por ahí anduvo María Estela Martínez de Perón, que en 1974 le tocó remplazar a su esposo, fallecido. En los períodos constitucionales más recientes el cargo fue para mujeres. Antes de Victoria Villarruel estuvieron Gabriela Michetti y Cristina Fernández, que llegó dejando atrás dos etapas como presidenta. Su caso es curioso porque venir de atrás en los papeles no le impidió elegir al candidato presidencial. Ellas y otros seis hombres, Eduardo Duhalde, que llegó a sentarse en el sillón de Rivadavia, además de Carlos Ruckauf, Daniel Scioli, Julio Cobos, Amado Boudou (terminó encarcelado por un asunto que mucho tuvo de persecución y arbitrariedad) y Carlos Álvarez deben tener mucho para contar luego de su tránsito por ese escalón político. Antes de la pueblada que lo condujo a la presidencia el coronel Perón fue vice de general Edelmiro J. Farrel. En 1946, ya a cargo del ejecutivo, falleció su compañero de fórmula Hortensio Quijano, remplazado al tiempo por Alberto Tesaire. Siete de ellos -entre otros José Evaristo Uriburu, Carlos Pellegrini y José Figueroa Alcorta– fueron presidentes. Quien más, quien menos subieron en el escalafón. Y eso sí, casi todos volvieron y recuperaron honores como nombres de calles y avenidas de todo el país, escuelas, plazas, estaciones de subte y trenes y de pueblos bonaerenses. Con la excepción del tristemente célebre Uriburu, que se alzó en armas contra Hipólito Yrigoyen, y los dos iniciales períodos de los uniformados que depusieron a Perón en 1955, el resto de los gobiernos de facto, incluido los siete años de la dictadura de los años setenta, no cubrieron ese cargo. Eduardo Lonardi y Pedro Eugenio Aramburu tuvieron al marino Isaac Rojas como referente inmediato. En 1956, mientras Aramburu estaba ausente y cuando todavía no regía la ley marcial, Rojas fue la autoridad que, con absoluta convicción, firmó los decretos de fusilamientos de militantes peronistas. En el interinato de Raúl Lastiri (remplazó al simpatiquísimo Vicente Solano Lima) y en los ocho meses del gobierno de Isabel Perón tampoco se cubrió el cargo.

Por muchos ejemplos, pasados y recientes, no solo locales, sino también internacionales, pareciera que la política y, más específicamente, el ejercicio del poder, no admite liderazgos compartidos. Una gama amplia de diversas acefalías de la confianza mutua explica el fenómeno de los ascensos y caídas de los números dos.

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