No somos pasivos: la vejez insurgente de Reinaldo

Por: Tomás Ramírez Labrousse

A sus casi 80 años, Reinaldo se define como un “jubilado indigente”. Ingeniero electromecánico, padre de tres hijos y activista, pasa sus días entre el comedor comunitario y las asambleas de “Jubilados Insurgentes" .

“No somos pasivos”, dice un cartel sostenido frente al Congreso Nacional. La frase, repetida cada miércoles de cara al Palacio Legislativo, también resume la vida de Reinaldo. Su barba blanca y sus lentes marcan el perfil de un hombre que podría estar en cualquier sobremesa de domingo, pero que eligió la calle como escenario. 

Reinaldo es ingeniero electromecánico en el año 2002, en pleno estallido social se sumó a las asambleas populares que allí se organizaban. “Soy apartidario y ateo, pero nunca apolítico. Siempre creí en la organización”, explica.

“Soy un jubilado indigente”

Hoy, a pesar de haber aportado durante toda su vida laboral, Reinaldo cobra la jubilación mínima. “Soy un jubilado indigente”, dice, con ironía amarga. “Aporté por valores altos y me quedé con la mínima. Ni siquiera tengo derecho a un bono”. Le indigna la lógica de parches: “Queremos un haber que cubra la Canasta Básica del adulto mayor”, reclama.

Cada día Reinaldo camina once cuadras hasta el comedor comunitario del barrio, aunque a veces debe tomar un colectivo para llegar a tiempo a comer: “Si faltás tres días seguidos al comedor, te sancionan”. 

Para Reinaldo, no se trata solo de poder elegir qué comer, sino de algo todavía más elemental. Comer en su propia casa, no verse obligado a salir todos los días para acceder a un plato de comida, recorrer cuadras con bastón, depender del transporte público o del clima para no perder la comida del día. La vejez, dice su experiencia, se vuelve una carrera de obstáculos cuando incluso alimentarse implica exponerse, trasladarse y cumplir reglas que no contemplan el cansancio del cuerpo ni las limitaciones de la edad.

Foto: Sarah Pabst/Amnistia Internacional

De las comunas a los jubilados insurgentes

Alrededor de 2001, Reinaldo participó en las luchas por la Ley de Comunas en la Ciudad de Buenos Aires y luego fundó, junto a otros, la agrupación “Jubilados Insurgentes”. “Insurgente significa rebelde. Alguien que plantea las cosas con otra óptica”, explica. “Éramos diez al principio: ingenieros, médicas, docentes. Queríamos cambiar el paradigma: que la jubilación cubra necesidades reales, no las cuentas del Estado”.

Desde hace más de ocho años Reinaldo se acerca cada miércoles a las inmediaciones del Congreso. Usan micrófonos caseros y banderas gastadas. Con voz firme, lee los documentos y consignas “Como dice el tango, ‘cada vez somos menos, porque el cuerpo enfermo no resiste más’. Pero seguimos”, afirma.

La brecha tecnológica como otra forma de exclusión

Reinaldo denuncia también la exclusión digital: “por ejemplo, el PAMI te obliga a sacar turnos online, pero la mitad de los jubilados no tiene celular o no sabe usarlo. Les dieron tablets, pero nunca preguntaron si sabían leer y escribir. Es cruel. Los dejan fuera del mundo”.

Cuenta una anécdota que vivió en una ventanilla del PAMI, la obra social de los jubilados: “Un hombre presentó una orden médica y preguntó dónde podía hacerse el estudio. La empleada le dijo que entrara a la web. El hombre abrió los ojos y preguntó: ‘¿Dónde se compra esa página?’ Pensaba que era un diario. Entonces le pedí por favor que le imprimiera el listado y se lo entregara. Lo hizo de mala gana. Así funciona todo”.

Argentina, 2025: vejez entre la pobreza y la protesta

El contexto no es solo personal. En Argentina, la política de ajuste fiscal llevada a cabo por el presidente Javier Milei bloqueó aumentos en las pensiones, empujando a miles bajo la línea de pobreza. La respuesta fue la represión de la protesta. En muchas ocasiones, brutal, como  el 12 de marzo de 2025, cuando la policía dispersó a jubilados con gases y bastonazos.  Ese día, el fotógrafo Pablo Grillo fue víctima del impacto en su cabeza de un proyectil de gas lacrimógeno disparado por un agente de la Gendarmería.

Reinaldo encarna esa intersección que Amnistía Internacional visibiliza en la campaña ¡Envejece Con Fuerza!: la doble vulneración de pobreza estructural y represión estatal.

Una descripción cruda de la realidad

Cuando se le pide que defina la situación de los jubilados en Argentina, Reinaldo no duda: Nosotros pedimos algo simple: que el haber mínimo iguale a la Canasta Básica del adulto mayor. Que se garantice salud, vivienda, alimentos, medicamentos. Que podamos vivir con dignidad.

Para él, la dignidad significa poder elegir qué comer, ver a un médico sin tener que navegar en una página web incomprensible y protestar sin recibir golpes.

Foto: Sarah Pabst/Amnistia Internacional

La historia de Reinaldo muestra que la vejez no es silencio ni retiro. Es la persistencia de quienes, aun con el cuerpo cansado, sostienen en la calle un reclamo elemental: envejecer con dignidad. No se trata de caridad ni de asistencialismo, sino de reconocer a las personas mayores como lo que son: titulares de derechos.

Cada miércoles, su figura se suma a la de otros jubilados que se manifiestan frente al Congreso Nacional. Algunos llegan con bastones, otros con pancartas hechas a mano. Todos lo hacen con la convicción de que callarse no es una opción. La vejez, lejos de ser pasiva, puede ser también una trinchera. Y en esa trinchera es donde, Reinaldo y sus compañeros recuerdan que la dignidad no prescribe con los años y que los derechos no tienen fecha de vencimiento.

Foto: Sarah Pabst/Amnistia Internacional

En sus palabras resuena una advertencia y una esperanza: lo que hoy reclaman los jubilados es lo que mañana puede ser el destino de cualquiera. Escucharlos no es un acto de compasión, sino de justicia y de memoria.

*Esta nota forma parte de ¡Envejece con Fuerza!, la campaña internacional de Amnistía Internacional dedicada a visibilizar las contradicciones de envejecer en Argentina. Su desarrollo y amplificación fueron posibles gracias a la articulación entre Tiempo Argentino y Amnistía Internacional Argentina.

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