Nuestra pesada herencia

Por: Fernando Rosso


Una de las novelas que narró a su manera los años de la dictadura fue Flores robadas en los jardines de Quilmes de Jorge Asís. Su protagonista (Rodolfo) deambula por una tierra arrasada y habita una imprecisa frontera entre la ironía y el cinismo. Es una ficción que se burla de la realidad y que fue elaborada con un pesimismo de época, con las crueldades de su tiempo, el no te metás o el para qué te metiste en ese callejón sin salida en la medianoche del siglo argentino.

Muchos la cuestionaron porque tenía una perspectiva tan escéptica que parecía que se había derrotado encima. Su materia prima literaria era el fracaso, su horizonte la decepción y su utopía el mero sobrevivir a cualquier precio en una negociación permanente y al menudeo con la vida. Sin embargo, en algún momento, mientras se ríe de todo y de todos, Rodolfo le advierte a su entrañable amor (Samantha): “Todo esto es una risa, flaca, cosa de risa, este quilombo es muy divertido. Tenemos que reírnos mucho, pero que no confunda nadie nuestra risa con la alegría”.

Los críticos, pese a todo, reclamaban a gritos una expectativa, una luz al final del tunel o —simplemente— una esperanza.

El filósofo Baruch Spinoza consideraba que había que combatir las “afecciones” como el miedo y la esperanza. Porque no hay esperanza sin temor ni temor sin esperanza. Dos pasiones que pueden conducir al conformismo y a la parálisis. En la inauguración del Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires en el año 2019 a.p. (antes de la pandemia), el poeta Fabián Casas afirmo: “La esperanza solo sirve para que te quedes en el molde. Un pueblo con esperanza es un pueblo pasivo; un pueblo sin esperanza es un pueblo en estado de presente, un pueblo peligroso”.

La caída contradictoria de la dictadura trajo consigo dos facetas: la conquista de libertades democráticas y la consolidación del retroceso social y económico. Dos caras de la misma tragedia argentina que hasta hoy seguimos discutiendo. Libertades democráticas que se lograron en las calles y que pusieron fin a un régimen totalitario, pero en el contexto de una democracia que, según León Rozitchner, “fue abierta desde el terror, no desde el deseo”. Un nuevo tiempo de curiosa libertad en el que, según la definición del inoxidable Claudio Uriarte, se había logrado instaurar en la sociedad argentina “un dispositivo por el cual la lucha se identificaba con la derrota, y la derrota con la tortura y con la muerte”. O una época en la que, según el “políticamente incorrecto” Rodolfo Fogwill, hubo puro continuismo porque “Alfonsín fue la segunda etapa del Proceso;

Menem, la tercera. Su reelección, la cuarta, y De la Rúa la quinta”. Todo gracias a la exitosa operación que transformó a la Argentina de clases en la Argentina de ciudadanos, que intercambió el balance político de la lucha por la memoria derrotada de las víctimas.

La metamorfosis de un régimen político que implicó la recuperación de derechos y a la vez consolidó y profundizó la herencia económico-social del mal llamado “Proceso”. He aquí la pesada herencia.

Entre 1976 y 1982 la clase obrera industrial vio reducida significativamente su presencia en el aparato productivo (una merma del quince por ciento del total). El salario retrocedió entre un cuarenta y un sesenta por ciento con relación al de 1974 y en el mismo periodo se produjo una reconversión industrial y una concentración económico-financiera sin paralelo en la historia nacional. Con la hiperinflación e hiperdesocupación posterior las clases dominantes consolidaron aquellas conquistas del capital sobre el trabajo, de las minorías sobre las mayorías, de los dueños de todo sobre los que tienen poco y nada. Algunos destacaron la primavera o hasta la “revolución” democrática, sin dimensionar la magnitud de la contrarrevolución social que hoy deja ver sus cicatrices en el cuerpo fracturado por las desigualdades sociales.

Hacia un nuevo aniversario del Golpe se impone reflexionar y mirar de frente esa ambivalencia de nuestra historia reciente sin caer en el pesimismo extremo de las pasiones tristes, pero sin dejarse anestesiar por los cantos de sirena de esta democracia como único horizonte de lo posible.

Quizá así se pueda recuperar un principio esperanza en el sentido elaborado por filósofo alemán Ernest Bloch: no como simple espera resignada ante lo que hay, sino como principio activo de un poder prometedor y como una conciencia productora de otro porvenir.

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