Nunca algo que se va fue tan hermoso

Por: María Marull

El atardecer sobre el mar en un balneario bonaerense. El sol naranja que se va yendo sobre el agua, como diciendo les dejo el mundo, a ver qué hacen ustedes. Nunca algo que se va fue tan hermoso

No es la primera vez, hace cuatro veranos que venimos. Dice Eva, mi hija menor, cuando nos para en la ruta la policía caminera.

Nunca había escuchado hablar de Monte Hermoso hasta que mi amiga Nathalie lo mencionó. Todo lo que Nathalie nombra es tentador. Ella investiga antes de hablar. Es productora y produce todo. Películas, vacaciones, encuentros.

Desde que nació mi primera hija mis veranos tienen que ver con Nathalie y con sus hijos. Rosa tiene la edad de Francisca y Eva la de Lolo.

Ella alquilaba durante el verano un departamento en Dorrego, un complejo con una pileta paraíso. Climatizada y con bañero, donde nuestras hijas, que eran bebés, flotaban con los mejores bracitos del mercado. Unos naranja fluo irrompibles marca Speedo, que ella había descubierto y ambas compramos. Lo que no descubría lo inventaba, como los baberos con un estampado divino que mandó a hacer porque decía que eran todos chicos y feos.

Esos veranos en Dorrego charlábamos sin parar mientras yo no le quitaba la vista a Rosa; y Nathalie, siempre más relajada, soltaba la mirada hacia los árboles verdes para fumar y tomar Coca light helada.

Me quedaba en su verano, hasta altas horas de la noche. La pileta se iluminaba debajo de las estrellas para seguir flotando. Además las chicas tenían la edad en la que son como un mate cebado sin apoyo. O flotan en el agua o arriba tuyo. Así que disfrutaba de ese encuentro y nuestros temas. Qué vasito de agua no pierde, qué pañal de agua es mejor, pediatra, trabajos, jardín de infantes, infinito. A veces pienso que la amistad es pasarse datos, y también reírse. Hacíamos ambas cosas.

***

Después de varios veranos en esa pileta milagrosa Nathalie comenzó la investigación para tener la suya propia. Yo me derrumbaba y ella construía. Un verano fuimos juntas a ver casas. A las dos nos gustó la misma. Mientras yo dudaba ella compró un terreno, construyó una igual pero más grande. En la que plantó una pileta igual a la de Dorrego. Y donde florecieron plantas y mascotas. Y algunas máquinas esenciales, la que tiene el Pac–land, la de hacer papas fritas y la de pochoclos.

Cuando la pandemia estaba en curso y no se podía salir del país ella me mencionó Monte Hermoso. Que era donde vacacionaba de chica.

Tentada por una foto del atardecer en el mar me lancé a la aventura de los 600 kilómetros aunque fueran pocos días. Nunca vi caer tanta agua en mi vida. El limpia parabrisas no daba abasto, Eva todavía lo recuerda. Yo rezaba mientras sonaba Mercedes Sosa.

***

Finalmente llegamos. Un frío descomunal. Un viento que te hacía perder el equilibrio y la forma humana. Nos esperaba el hotel tradicional, por llamarlo de alguna manera. Nathalie así lo había percibido por el piso calcáreo y la barra de madera en la que servían el desayuno, aunque también reparé en el shampoo dúo, el acolchado con flores y el foco bajo consumo blanco de los veladores pegados al respaldo de las camas. Para que no se te ocurra leer y valores tu casa.

Esa fue mi primera cita con Monte Hermoso. «Monte«, como le llaman los que lo frecuentan, quitándole el «hermoso«.

Esa primera noche fuimos al centro, la peatonal llena de negocios que venden lo mismo que en Once o calle San Luis de Rosario. Hicimos cola en un restaurante mientras Rosa y Fran se escabullían en los locales probándose anteojos de sol y Nathalie me explicaba que no pasa nada, que es tranquilo, mientras la horda de gente se las llevaba y las volvía a traer, con alguna adquisición nueva. Llegó la famosa suprema pastora mientras pasaba el tren de la alegría con grupo de superhéroes variopinto. El tren quedaría para la próxima, porque eran las tres de la mañana. Ya habíamos ido a probar los famosos helados de Lepomm y los chicos habían conocido Sacoa mientras nosotras compramos chirimbolos en Cerezas.

***

Al día siguiente nos esperaba la playa. La gente llega armada con carros transportando cosas, o mejor dicho casas. Carpas, gazebos y biombos para atrincherarse en la arena. Es una guerra cuerpo a cuerpo con el clima. Viento no nos vas a ganar, vamos a disfrutar igual. Y en ese acto de fe transportan cartas, tejo, reposeras, hasta recipientes con comida balanceada y agua para el perro.

Nathalie solo llevó la sombrilla y su reposera haciendo juego, que trajo de Italia. Y nos plantamos en la arena a resistir. Pero el viento sabe con quién meterse y con quién no.

El atardecer se hace desear. Y finalmente, después de haber engullido cubanitos y choclos, de haber perseguido con la vista a tus hijas en las olas esquivando aguavivas y personas, persuadido para que no suban a la banana que pasa por el horizonte, y agradecido a los dioses que no se hayan volado, llega.

Ese momento mágico. El sol naranja que se va yendo sobre el agua, como diciendo les dejo el mundo, a ver qué hacen ustedes. Nunca algo que se va fue tan hermoso.

La playa ahora con poca gente, las figuras de nuestras hijas recortadas en el cielo haciendo castillos de arena y juntando caracoles, tan concentradas que no quieren distraerse en las cientos de fotos que les sacamos.

***

Quizás ellas ya saben que ese instante va a durar para siempre. Que vamos a volver año tras año con más amigos que Nathalie recluta. Que vamos a celebrar cada noche un cumpleaños inventado para brindar y pedir deseos, que vamos a ir todos al tren de la alegría, al karaoke, a jugar al burako y al tejo, y hasta a la banana, con este grupo bendito que hace que haya una semana de enero que dure para siempre. Quizás ellas ya saben que Nathalie va a comprar un terreno y construir una casa, o media, porque con una pileta climatizada sobra para ganarle al viento, que va a ser tan hermosa que en el patio habrá piso con estrellas y asados y mucho tiempo para que nuestras hijas sigan haciendo pulseritas y un año se vistan para ir al boliche mientras nos preguntamos cuándo se hicieron grandes.

Y mientras ellas crecen. Por suerte el mar me obliga a mirarlas, a verlas barrenar olas y revolcarse, a verlas nadar o meterse despacito. Vaya a saber en qué pavadas posaría los ojos si no le tuviera respeto al mar.

Las miro desde la orilla porque tengo frío. Las miro con Nathalie y seguimos intercambiando datos, las veo con sus bikinis y sus mallas enterizas. Las veo con sus trencitas en el pelo y sus caracoles. Las veo con el pañal de agua y los bracitos fluo. Mientras la vida se va o viene. O se va y viene. Como las olas del mar de Monte. «

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