En su nuevo libro, ilustrado por el artista gráfico Agustín Comotto, la escritora argentina aborda la historia colectiva de los exiliados durante la última dictadura militar.

Es una tarde soleada de inicios de mayo en el centro de Madrid, y Obligado abre la puerta de su casa con una sonrisa, pese al cansancio de haber llegado hace pocas horas desde Buenos Aires. Se presta a conversar con Tiempo Argentino entre los recuerdos y la reflexión sobre el oficio, entre la dificultad de escribir sobre lo que nunca había escrito, pero también sobre lo innombrable.
¿Estamos ante un libro que tardó 50 años o que necesitó 50 años para ser escrito?
Ay, qué pregunta. Recién llegada de Argentina, no sé qué contestar ante tus preguntas. Las dos cosas. Mirá, este cuento responde a otro cuento, en realidad, que yo ya había escrito hace 30 años y que tardé 20 años en escribir. Porque no es que estuviera escribiendo 20 años, en absoluto, sino que no le veía sentido y no le veía forma, razones por las cuales uno no escribe jamás un cuento. Y lo tenía ahí. Es un cuento que a mí siempre me gustó, fue un cuento difícil. Cuando se estaba acercando el aniversario de los 50 años del golpe militar, pensé que lo podía publicar como algo independiente y dibujado, ilustrado. Hablé con Juan Casamayor desde Argentina, una especie de flash, un ataque que me dio yendo a Ezeiza, me acuerdo. Lo convencí, se dejó convencer bastante rápido y quedamos todos de acuerdo. Pero cuando llegué aquí me dijo sí, todo bien, pero el cuento tiene 12 páginas, tiene que tener por lo menos 40-50. Entonces hice esta otra versión, que en realidad es otro cuento porque me sirvió para hablar del «insilio», hablar de temas pendientes. Me parece que en Argentina hay una relación muy dinámica con el tema de la memoria. Entonces habían cosas que habían cambiado y me interesaba sumarlas, Es la larga historia. O sea, es algo que tuve que pensar mucho, tuve que pensar 20 años y tardé 30 años en corregir. Lo podríamos decir así.
En relación a tus otras obras, ¿exigía algo o imponía un respeto, una distancia, una dificultad extra, en términos de escritura?
Sí, porque en realidad este es un cuento que está a mitad de camino entre el testimonio y la ficción. No porque me hayan pasado a mí las cosas que cuento (unas sí, otras no), y nunca se sabrá y me da igual que no se sepa. Me parece bien que no se sepa. Pero todo lo que pasa, o el 90% de lo que pasa, es verdad. Le pasó a alguien que yo conozco, o alguien que me lo contó, o alguien que leí. Entonces toda esa información para mí era durísima de contar. Fue la primera vez que entendí que la escritura te atraviesa el cuerpo. Porque en general escribo como alejándome del texto. Fue una escritura dolorosísima. Es algo que no volvería a hacer. Me pareció que debía hacerlo, pero no lo volvería a hacer.
En este cuento hay, como decías, diferentes historias posibles, que marcan también que permanentemente hablamos de los desaparecidos y de ciertos exilios, pero que tampoco se cuentan detalladamente. Aquí hay una persona común atravesando algo que no estaba muy narrado. Es increíble que a 50 años todavía hubiera ese bache.
Pero vaya espacio, ¿no? Es un espacio que cubre casi un millón de personas. Vaya espacio. Es una buena pregunta, porque el exilio se guardaba en silencio. En realidad, porque el silencio es la característica de un exilio, justamente. El exilio no ha terminado, en ese sentido. O sea, en el sentido de que no se le ha dado nombre, no se ha reconocido lo que pasó, hay una narración del exilio que sería el exilio de Alterio, por decirlo de alguna forma. La gente que llegó perseguida por las tres A, en líneas generales, antes que el exilio masivo, y que ya eran famosos. Entonces, ellos dieron relato, pero ese relato no tiene absolutamente nada que ver con mi relato. O sea, mi relato es el relato de la gran mayoría de la gente que vino, no solo de Argentina, porque el libro lo dice: un continente en fuga. Con la Operación Cóndor había violencia en casi todos los países de América Latina. A mí siempre me pareció que el tema del silencio del exilio son como uno inherente al otro, y mientras no se rompe el silencio, la violencia sigue estando. Por ejemplo, una buena pregunta es cuál es mi generación de escritores. ¿Cuál es mi generación? Tiene que tener ciertas características para ser una generación, ¿no? Y entonces me parece que quedaban cosas por narrar. Y también quedaba para narrar el “insilio” que aparece en el libro, que es la gente que tuvo que huir dentro del país, que yo creo que lo pasó peor. Cuando llegamos el peligro no desapareció, porque hubo desapariciones en España, pero casi desapareció, mientras que en Argentina el peligro estaba pegado a tus talones, ¿no? Entonces, bueno, a mí me gustaba juntar las dos ideas.
Es muy interesante el relato de esa hermana, en una de las variaciones, que es que una mujer le hace cortarse el pelo y la ayuda a huir, ¿no? También es un libro que repara, y que reconoce a esos héroes habitualmente anónimos.
Creo que había muchísimos seres anónimos. A mí me gusta ese personaje de la chica que ayuda porque sí. Simplemente ve que hay peligro y ayuda, ¿no? Y en el libro me parece que hay muchos héroes, por ejemplo, el abuelo, el abuelo judío. Todos estos personajes que parece que casi no tienen importancia, como el chico que va a Malvinas, o sea, son unos años de un dolor terrible. Y en realidad yo no quería hablar solo de eso, quería hablar de la brutalidad humana, de cuando el mundo se encrespa de esta manera y el peligro que tenemos ahora también, ¿no? Entender que cuando uno toma este tipo de postura la rotura después de la gente es bestial también. De eso quería hablar.
¿Y qué sucede hoy?
Hoy en día parece que no hubiera violencia en serio, que no fuéramos hacia un camino de violencia, que cuando se habla de la inmigración de manera negativa no fuera importante, parece que no fuera importante cuando se deja caer a la gente en la pobreza o se quita lo público, que todos estos fueran detalles. Y quienes han vivido lo que he vivido yo saben perfectamente que eso no es un detalle, que eso termina mal y muy mal. Entonces pienso que este tipo de libros también son reflexivos en ese sentido. De decir: cuidado, estamos metiendo los dedos dentro de un ventilador y nos lo va a cortar como si fuera un salamín.
Me gusta que nos estemos encontrando después de tu paso por Argentina, porque me imagino que así como decís que es un libro que te pasó por el cuerpo, haber ido a Argentina a presentarlo, a hablar de esto en el sitio del que te tuviste que exiliar como tantos otros, es algo que te decantará con el el transcurrir del tiempo. Acabás de llegar pero, ¿qué impresión te dejó el viaje?
Es muy raro lo que hice también, porque tomé la decisión de hacer todo. Digo, yo debo hacerlo ahora, se lo debo al país y me lo debo a mí misma, se lo debo a mis amigos, se lo debo a los desaparecidos, lo debo, lo voy a hacer y se acabó. Entonces escribí el libro, tomé la decisión de ir, pero estuve teniendo pesadillas durante meses. Tenía la fantasía de que me iban a chupar: sí, una fantasía horrorosa; y le decía a mis amigos: «Pero estoy delirando, ¿no?» Y me decían: «Sí, estás delirando, eso no te va a pasar». Pero todos los miedos que evité en su momento nacieron de nuevo. Entonces fue duro. Y fue importante también. Fue importante, en un lugar público como la Feria del Libro de Buenos Aires, tener un discurso de aquello que fue callado: decirlo públicamente. Creo que eso es una reparación, es una reparación para mí y es una reparación para la gente también: sacar del silencio a aquello que fue silenciado, ¿no? Creo que esa también es una de las funciones de la literatura. Creo que he cumplido con lo que quería hacer y que el medio me ha dado la posibilidad, porque uno no puede cumplir si no hay un entorno que quiere también escuchar eso. Fue bastante emocionante pero, como bien decís, me falta un mes para masticarlo.
La estructura del cuento plantea diferentes versiones, diferentes posibilidades de la historia, como si hubieras buscado contar una historia no personal sino colectiva, ¿fue así?
Nunca quise escribir esta historia mientras no pudiera resolver la tensión entre lo personal y lo colectivo. A mí, como historia personal no me interesa contarla, no me interesa y no me parece bien, incluso.
De hecho, nunca lo hiciste.
De hecho, nunca lo hice. Siempre que hablo de la violencia, que hablo mucho de la violencia, de la extranjería y demás, no soy yo. Es otro personaje al que le pasa, que se nutre de mis experiencias, pero es otro, no soy yo. Pero esta vez sí, entonces estaba la pregunta de qué se puede contar, hasta dónde se puede contar, y por qué contar. Hasta que no encontré una voz colectiva no escribí ni una línea. Sin embargo, es una generación que se cuenta en primera persona. O sea, esto nos pasó a nosotros, es lo que quiere decir. Esta es nuestra historia, esta es nuestra historia individual y colectiva también, pero creo que una historia de violencia política siempre es colectiva.
¿El exilio es algo que va mutando?
Sí, como todas las cosas terribles, como todos los hechos graves, diría Borges. Creo que vivimos de esos hechos graves. Creo que lo único que podemos modificar es el pasado: es una leña que nutre el presente. Una especie de rescoldo, de brasa que nutre el presente. Pero yo puedo elegir qué parte de esa fogata voy a soplar y qué parte voy a dejar apagarse mientras que el futuro no lo puedo cambiar, porque el futuro no está en mis manos, y el presente se acaba de escapar. Entonces, lo único que de verdad existe es el pasado.
Teniendo en cuenta que muchos de los relatos del libro son propios o de conocidos tuyos, ¿cómo funciona la literatura en relación al más que a la memoria, sino a los recuerdos?
Creo que este tipo de recuerdos se hacen carne. No se pierden, están ahí. Ahora, cuando volví a Argentina, además de los hechos públicos, volví a hablar con muchas amigas con las que sigo hablando siempre y que están en el libro, están en los agradecimientos, y también pude saber qué sentían cuando veían su historia expuesta de esta manera. Y respecto a Comotto, es un tema muy importante dentro del libro. Yo tenía claro que era con él o con nadie. Creo que es un trabajo de una finura impresionante. Infrecuente, además. Y además fue bastante dinámico, y al final de todo aceptó poner un paratexto como dedicatoria, y puso ese fragmentito precioso de los niños viajando solos en un avión, que es una cosa que yo ignoraba. Sabía que él venía de una familia del exilio, pero no tenía tan clara su historia. Entonces él de pronto hizo un striptease sentimental. Incluso su madre se enteró de algunas cosas cuando vino a la presentación de Buenos Aires, porque él vive en Cataluña. Este libro lo sobrepasó, lo llevó a contar lo que tenía que haber contado quizá antes. Y pasó otra cosa. Yo trabajo un poco el bordado, la idea del bordado porque me parece muy femenina. Y él toma el bordado con muchísima profundidad, y ahora fui a ver los bordados de las Madres con los nombres de los desaparecidos y le mandé los dibujos y le dije: “Mirá, esto es muy parecido a lo que vos hiciste”. Como si en el fondo hubiera algunos tópicos o ideas que todos queremos decir.
También algo del orden del misterio, ¿no? O algo de que se impone más allá de la voluntad, algo que se conjura, hay algo que se descifra.
Hay cosas que quieren ser dichas. Creo que esa es una de las esencias de la literatura. Aquellas cosas que de alguna forma van a ser dichas a través de nosotros. Cuando escribo me siento una medium. Pienso que hay algo que no es mío, pero que me atraviesa. Este libro está muy atravesado por voces que han sido dichas a través de mis palabras. Quizá porque me gusta mucho escuchar, escucho mucho a la gente. Y entonces a la hora de escribir han salido. Mirá las cosas que me haces decir, no había ni pensado en todo esto.
Teniendo en cuenta que formás a mucha gente joven, ¿cómo creés que se inserta el libro en este contexto en el cual, como decías, hay una especie de naturalización de ciertas violencias?
Es como si fuéramos por la vida como patos sin cabeza, ¿no? Como si dejáramos de pensar: hay una suspensión del pensamiento. Entonces lo único que puedo hacer es preguntarme cuál es mi lugar como escritora, qué debo hacer. Creo que el lugar como escritora es decir. Nuestra obligación es narrar, es decir, no pontificar. Contar nada más. Contar es importante. Hablando con mi sobrina-nieta, que tiene 20 años, me doy cuenta que hay cosas que no sabe, pero sí se conmueve. Y la puedo invitar y le puedo contar. Es pequeño, ¿no? Pero es importante, también. Creo que los jóvenes son sensibles a estas cosas. También otros son insensibles, es cierto, pero quizá la gran derrota de la izquierda es haber perdido a los jóvenes como base. Creo que entre todos podemos pensar y volver a contar la historia, y no contarla de manera manida, sino contarla de manera nueva, con aquello de cuidado, cuidado, cuidado porque los errores se pueden repetir.
¿Y qué se escribe después de este libro?
Mi sensación es que nada. Yo he quedado cansadísima después de este libro.
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