Obsesión

Por: Cecilia González

Mi primavera es su otoño. Mi verano es su invierno. Mi otoño es su primavera. Mi invierno es su verano.

Nunca me ha ilusionado el verano. No lo espero. No me emociona. No me representa nada, más que fastidio por el calor. Soy mujer otoño.

La primera vez que viví la (para mí) extraña y colectiva obsesión veraniega fue en Madrid. Tenía 26 años y venía de la Ciudad de México, en donde el clima no cambia de manera drástica con el transitar de las estaciones, no separas la ropa por temporada, las casas no tienen calefacción ni aire acondicionado, ni hay expectativa alguna cuando se acerca el 21 de junio.

Además, tenía un concepto muy limitado de las vacaciones. Cuando era chica, dada nuestra situación económica, las obligadas pausas escolares (dos semanas en invierno, dos meses en verano) solo significaban que no tendría que levantarme temprano para ir a clases y podría jugar todo el día con mis amigos en la vecindad.

Pero no había viajes, playas, trajes de baño ni lentes de sol en el horizonte. Solo una vez fuimos a Acapulco, pero era Semana Santa, y primavera.

Vuelvo a Madrid. Llegué un enero para estudiar un posgrado y enfrenté un invierno desconocido. Jamás había tenido tanto, pero tanto frío. No había guantes, camperas ni gorros que alcanzaran. Entrar o salir del departamento, de la escuela o de cualquier lugar, implicaba realizar una torpe y tardada performance para quitarme/ponerme las capas de ropa (camiseta térmica, blusa, dos suéteres, chamarra, bufanda) con las que trataba de protegerme del clima glacial. Era inútil. La calefacción, que nunca antes había usado, fue mi gran aliada.

La primavera, inevitable, llegó al rescate.

Pero cuando apenas disfrutábamos amables días soleados, mis colegas, la mayoría nacidos en países europeos, comenzaron a mencionar de manera incesante una palabra. «¿Qué vas a hacer en el verano?», «¿A dónde te vas en los veranos?», «¿Viene tu familia para el verano?», «¿A dónde fuiste el verano pasado?», «¿Dónde recomiendas ir en verano?».

No comprendía tanto furor. Me era totalmente ajeno. Mis amigas me advirtieron que, cuando llegara julio y, sobre todo, cuando llegara agosto, entendería por qué era necesario planear las mentadas escapadas de mitad de año.

Tenían algo de razón, pues vivían en países en los que las vacaciones se asumen como algo natural, obvio, gracias a un estado de bienestar impensado casi en toda Latinoamérica; y también porque, durante esos meses, Madrid pierde sus multitudes habituales durante las mañanas y las tardes, lo que me permitió conocer un mundo alterno: el de los días larguísimos, con luz hasta las diez de la noche y calores sofocantes que te obligan a caminar despacito, a tomar siesta, a no salir si no es necesario porque el asfalto quema, a buscar el alivio de cualquier lugar que tenga aire acondicionado.

Entendí entonces los veranos europeos como la huida urgente de  temperaturas expulsivamente extremas. Pero no sucumbí a esta percepción cultural. No había forma de que yo, una chica mexicana acostumbrada a una ciudad de climas templados (en promedio nuestro frío es de 10 grados, y el calor, de 25), adoptara el fervor veraniego. No está en mi cosmovisión.

Lo mismo ocurrió cuando me vine a vivir al hemisferio sur, en donde, para mi sorpresa, me volví a encontrar con la masiva y existencial preocupación en torno a las vacaciones de verano, pero con el agravante del intercambio de las estaciones.

Más de dos décadas después, no logro saber de inmediato en qué época estamos en Argentina porque sólo sé de manera automática la de México. Mi primavera es su otoño. Mi verano es su invierno. Mi otoño es su primavera. Mi invierno es su verano.

Demasiado lío. Mi percepción climática sigue y seguirá para siempre en el hemisferio norte.

El afán veraniego que encontré en Buenos Aires me sorprendió. Todavía no sé si se debe a las altas temperaturas que suele haber ahí y en otras ciudades argentinas; porque el peronismo gestó la convicción de las vacaciones como un derecho, en particular para las clases populares; o por la amplitud de una clase media, todavía excepcional en América Latina, que puede costearse los viajes. Quizá sea una mezcla de todo.

Yo sigo sin sumarme a esta tendencia. En sus veranos, me voy al invierno chilango. Al principio lo hacía porque quería pasar las fiestas con mi familia, pero ahora en realidad es para evitar el invivible calor porteño. Ni siquiera son vacaciones, porque la mayor parte del tiempo sigo trabajando. Como ahora, que me dispongo a terminar de escribir estas líneas para salir a pasear.

Afuera hace sol y la temperatura es de unos 19 grados en pleno invierno. La felicidad.  «

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