
Aquellas cartas fueron descubiertas por el periodista-historiador durante su investigación sobre Di Giovanni, cuando intentaba develar el otro lado de las sórdidas versiones oficiales propaladas por personajes ilustres como Ernesto Sabato o Beatriz Guido que aseguraban que aquel imprudente y controversial anarquista era poco menos que un delincuente común y silvestre, un salvaje amante de la noche y la mala vida.
Bayer descubrió a un hombre que efectivamente había cometido robos, asaltos y actos de violencia, pero que tenía una causa y se consideraba parte de un movimiento y una comunidad de ideas. Fue detenido y juzgado por los militares de la dictadura de José Félix Uriburu y finalmente fusilado. Aquel acontecimiento terrible nos legó una reliquia literaria que aún hoy se utiliza como modelo insuperable para las nuevas generaciones de cronistas: el relato de Roberto Arlt titulado «He visto morir».
Bayer no fue indulgente con su personaje, rescató críticamente la complejidad de su vida y de su itinerario político, pero sin permitir el monopolio del relato histórico por parte de los vencedores. Porque si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia. O porque, como afirma Enzo Traverso en su recomendable libro, Melancolía de izquierda (Fondo de Cultura Económica, 2018): la derrota es portadora de una indiscutible superioridad epistemológica.
El mismo ímpetu guió los 13 años de investigación que se convirtieron en los cuatro tomos de la historia de las huelgas patagónicas. Mil quinientos peones rurales fusilados por órdenes del radical Hipólito Yrigoyen en 1921 y otras miles de preguntas sin responder a lo largo de casi cien años por los funcionarios de ese partido marcado a fuego por sus masacres «democráticas». Aunque, según contó el propio Bayer en sus escritos sobre la cuestión y en una entrevista de enero de 2017 con La Izquierda Diario, el general Perón tampoco respondió a sus misivas ni emitió juicio sobre aquella masacre. Es tan cierto que la película La Patagonia rebelde, dirigida por Héctor Olivera y que tuvo a Bayer como guionista –luego de varias idas y venidas– pudo exhibirse por autorización de Perón durante su tercera presidencia (1974), como que después de su fallecimiento, María Estela Martínez la prohibió por decreto y todos sus protagonistas se vieron obligados al exilio, perseguidos por la Triple A.
El mismo espíritu y voluntad inquebrantable impulsó a Bayer a tomar partido por los oprimidos, por los explotados, por los avasallados y por los condenados de la tierra. Alumbró su lucha junto a los pueblos originarios y su denuncia implacable contra el genocida Julio Argentino Roca, o al lado de los obreros y obreras que recuperaban fábricas con Zanón como emblema, también en territorio patagónico.
«Me he propuesto no tener piedad con los despiadados. Mi falta de piedad con los asesinos, con los verdugos que actúan desde el poder se reduce a descubrirlos, dejarlos desnudos ante la historia y la sociedad y reivindicar de alguna manera a los de abajo», afirmó en alguna de las tantas generosas entrevistas brindadas sin exclusiones.
La vida lo obligó a ser un poco alemán a golpes de exilio y cumplió a su manera con el mandato de otro alemán ilustre. En la XII tesis sobre el concepto de historia Walter Benjamin sentencia: «El sujeto de conocimiento histórico es la clase que lucha, que está sometida (…) En el curso de tres décadas [la socialdemocracia] ha logrado casi extinguir el nombre de un Blanqui cuyo timbre metálico había conmovido al siglo precedente. Se ha complacido en cambio en asignar a la clase obrera el papel de redentora de generaciones futuras. Con ello ha cortado los nervios de su fuerza mejor. La clase desaprendió en esta escuela tanto el odio como la voluntad de sacrificio. Puesto que ambos se alimentan de la imagen de los antecesores esclavizados y no del ideal de los descendientes liberados».
Osvaldo Bayer, el hombre que con coherencia y obstinada dedicación mantuvo viva la imagen de las generaciones esclavizadas y alimentó la llama del justo odio despiadado contra los verdugos. Un odio que no es contrapuesto al amor, sino condición para que éste, alguna vez, realmente venza. «
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