En este orden de ideas, las app no son la excepción. La jerarquización de las diferencias y la dominación de nuestros cuerpos no son más que una herramienta del capitalismo heteropatriarcal para legitimar el despojo de nuestras identidades. Las app nos cuantifican, perfilan, estereotipan, rastrean y vigilan.
Estos sesgos resultan aun más peligrosos cuando nos adentramos en el mundo de las app para prevenir o denunciar violencia de género, porque en su ingeniería de construcción ocultan mucho más de lo que reconocen. Son verdaderas aspiradoras de datos, algo agravado por políticas de privacidad oscuras o inexistentes, que permiten que sean cedidos a empresas que los analizan y comercializan. La protección de los derechos a la intimidad y la privacidad resultan cada vez mas difíciles de sostener.
Nuestro consentimiento se encuentra viciado, lo que se traduce en una abierta violación a la Ley de Datos Personales, por cierto inoperativa y con una autoridad desabastecida de autonomía y financiamiento, que pretende ser resuelta en el anteproyecto de reforma en ciernes (siguiendo el Reglamento General de Protección de Datos en la Unión Europea, sancionado en 2016), pero que igualmente naufraga en las aguas de visiones capitalistas sin una adecuada técnica legislativa ni una mirada de género consciente.
Cabe preguntarnos a nosotras mismas, en este contexto, quién podría afirmar con total seguridad: «Mi cuerpo, mis dispositivos, mis reglas». «
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