Ozarichi, el tétrico pantano donde los nazis pudrieron a los vivos

No hubo alambre electrificado, ni listas de deportación. Un experimento macabro de exterminio sin cámaras ni hornos, pero que mató más personas por semana que en ningún otro sitio.

El día en que los condenados comenzaron a llegar a Ozarichi, el aire cortaba como punta de bayoneta y estaba cargado de una promesa siniestra que nadie esperaba. Era marzo de 1944, y lo que sucedió allí, bajo el comando nazi fue tan implacable y tan helado como el viento que azota la cebada bielorrusa. No hubo chimeneas de Auschwitz ni elegantes barracones de Dachau. Fue un campo sin un nombre rutilante, pero uno de los muchos en los que el hombre, en su más sucia perversión, demostró que podía hacer del sufrimiento algo casi orgánico. A punto tal, que todavía nadie sabe a ciencia exacta la cantidad de decenas de miles de muertos en una semana y poco más. El ritmo más cruel de todos los campos de concentración en la Segunda Guerra mundial.

Uno. Bielorrusia, esa postal de abedules tristes y pantanos que huelen a sangre vieja, se había rendido al abrazo soviético como se rinde un perro golpeado: sin ganas, pero sin opciones. Era 1919 y la revolución bolchevique la tomó entre sus brazos con la dulzura de una víbora. En 1922 ya estaba fundida en el cuerpo de la URSS, y desde entonces Minsk palpitaba como un corazón paranoico, empapado en vigilancia, bajo el aliento del Kremlin a unas diez horas en tren.

Pero si algo enseña la historia es que los imperios no se heredan: se devoran entre sí. Y en junio de 1941, la Alemania nazi se sentó a la mesa con cuchillo y tenedor.

Operación Barbarroja: así le pusieron a esa orgía de pólvora, fuego y bilis racial que barrió Bielorrusia con la prolijidad de un huracán entrenado. Las cifras se volvieron difusas, como en todo genocidio respetable. Un millón por acá, otro por allá. No importaba. Lo importante era avanzar, avanzar, avanzar. Porque el sueño alemán tenía prisa, y el Este era vasto.

Y en medio de esa maquinaria endiablada estaba Josef Harpe, el general de cara insípida, como de vendedor de seguros en una convención aburrida. Nadie habría dicho que era un psicópata profesional. Pero ahí estaba: con el alma barnizada por el cinismo y la lógica nazi, operando con la eficiencia de un bisturí. No gritaba, no rugía. Simplemente firmaba papeles. Y entonces con un trazo, miles de personas se iban directo al infierno sin escalas.

Porque para Harpe, lo humano era una variable logística. Había que huir hacia la retaguardia porque se venían los rojos, y no se podía cargar con los prisioneros más lentos. Así que se hizo la lista de los que sobraban: viejos, enfermos, mujeres, nenes, todos los que no podían empuñar un rifle o transportar una caja de municiones. Los cargaron en camiones, como fardos inútiles, y los abandonaron en un rincón del mapa que ni Stalin reconocía como propio. Una franja de tierra cenagosa entre dos ejércitos con hambre de venganza. Tierra de nadie, le decían. Ozarichi, fue su nombre.

No era un lugar. Era una sentencia de muerte.

Dos. Los testigos dirían después que el aire olía a vómito agrio, diarrea y miedo cocido. Que los gritos de los nenes se mezclaban con el chapoteo de los que caían al pantano congelado y no volvían a salir. Que los vivos dormían sobre cadáveres tibios, y que al despertar, a veces no sabían de qué lado del umbral estaban.

Lo que Harpe inventó en Ozarichi fue algo más perverso que un campo de exterminio. Fue una escenografía de abandono programado, un experimento de aniquilación pasiva. No hacía falta disparar. Bastaba con abrir la tranquera, tirar a la gente adentro y cerrar. Después, silbar bajito, sin conciencia.

 El 19 de marzo de 1944, cuando el Ejército Rojo entró en Ozarichi, no encontró trincheras ni posiciones militares: encontró cuerpos. Más de 17.000 personas murieron ahí en apenas diez días. Las cifras son tan secas como brutales: 50.000 civiles —en su mayoría mujeres, pibes y viejos— de etnia judía o bielorrusa fueron empujados al pantano helado, sin comida y sin agua potable. No había barracas, no había techos, no había nada. Solo barro, alambre de púas y minas antipersonales. El promedio de vida fue de tres días.

Lo más espeluznante es que en este frente, en vez de defender sus líneas con soldados, los nazis armaron una “barrera humana” con gente enferma. Literal. Trajeron a propósito a 7000 personas con tifus para que el virus hiciera su parte. La orden, fechada el 8 de marzo de 1944, hablaba claro: había que cubrir la retirada con enfermos como escudo.

Y si de paso contagiaban a los rusos, mejor.

Ozarichi, Podosinnik y Dert fueron los tres puntos donde se montaron estos campos improvisados, en pleno pantano. Los que no morían por fiebre, lo hacían congelados, o pisaban una mina. Los que sobrevivían, enloquecían. Una médica que entró después de la liberación contaba que muchas mujeres seguían abrazadas a sus hijos muertos, incapaces de soltarlos. Gritaban, lloraban, hasta que ya no podían más.

Un testigo, Gennady Parkhomenko, contaba que vio una pila de cadáveres de casi veinte metros de largo. Era más alta que la cintura de un adulto. Todos amontonados, algunos todavía con los ojos abiertos. A los que seguían vivos les sacaban la ropa para que murieran congelados. No fue Auschwitz. No hubo hornos. Pero hubo algo peor: hubo cálculo. Hubo intención. Hubo método. El microbiólogo Blumenthal, alemán, explicó que el objetivo era convertir cada vaso de agua y cada bocanada de aire en un arma. Un virus multiplicado por el frío. Un exterminio sin balas.

El XIX Cuerpo del Ejército Soviético, que liberó el campo, también se contagió. Hubo que ponerlo en cuarentena. Pero la guerra no paró. La ofensiva siguió. Ozarichi fue una mancha en el barro, pero no detuvo el avance final hacia Berlín. Cada mes marzo, los descendientes de los sobrevivientes vuelven a ese rincón.

Tres. Ozarichi fue mencionado brevemente en los famosos Juicios de Núremberg, aunque no tuvo una sesión exclusiva como pasó con Auschwitz (Polonia) o Dachau (Bavaria). Igual, el campo fue presentado como evidencia del “uso sistemático de métodos inhumanos por parte del ejército alemán regular”, la Wehrmacht.

Entonces fue clave para desmitificar que eran solamente las SS-Totenkopfverbände (Unidades de la Cabeza de Muerte), las responsable de la administración de los campos bajo el comando del Heinrich Himmler.

 Se juzgaron crímenes relacionados bajo la causa del Grupo de Ejércitos Centro. Sin embargo, en juicios posteriores realizados enla ciudad de Minsk, 18 oficiales alemanes fueron sentenciados a muerte por su rol en Ozarichi. Entre ellos, médicos y oficiales de logística.

¿Y Harpe? El general que orquestó el horror en Ozarichi logró escapar del juicio que el mundo le debía. Después de huir hacia el frente occidental, luchó contra los Aliados cerca de Francia, y una vez concluida la guerra, fue liberado. Su vida terminó sin condena, en la quietud de la vejez, rodeado de sus hijos en una casa junto al Rin. Fue exhumado de su tumba en el cementerio de la Iglesia, sin que nadie sepa exactamente dónde reposan sus restos en la actualidad.

Algunos rumores afirman que yace en alguna parte del edificio, en un silencio que nunca reclama justicia.

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  • Nunca había leído sobre este campo de exterminio, excelente artículo, pero mucho mejor es la forma de escribir, narrar y/o contar esta historia que no se le ocurriría al mejor escritor. EXCELENTE.

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