Una de las pocas cosas que el gobierno hace bien es castigar la protesta de quienes se hartan de los abusos del sistema. Entonces le ponen más pimienta a la represión. Envuelven las calles en el gas del miedo y desatan el caos. Ver un policía apuntando al pueblo es la postal de Milei y de lo que representa.
Piensen en esa imagen, la vimos repetidamente esta semana y desde que asumió este gobierno: un policía levanta el rifle y con un ojo apunta y dale que va contra el pueblo. Ahí van ellos con sus carros hidrantes, sus balas, su violencia institucionalizada. Se instalan detrás de las vallas. Y queda una pantalla partida en los televisores. De un lado la bandera, los cantos, los reproches a un gobierno entreguista. Y del otro la furia enloquecida de policías argentinos, cualquiera sea la institución a la que pertenecen, apuntando a otros argentinos, a los ciudadanos
Como digo, eso de llevar el rifle arriba, apuntar tratando de no fallar, dar al gatillo con fruición, con una rabia interior que uno no sabe de dónde viene. Pobres contra pobres, a nombre de los ricos que venden patrias. Balas a nombre de tipejos que desde el Senado se afanaban en ese momento, el jueves pasado, por votar la venta de tierras. Y lo más disparatado es que son los mismo que los que las ofertan.
Caras federales vendiendo un país en el estilo de, Pablo Quirno, que dice que si hay que vender una provincia, bueno, una provincia entera se vende. Lo que dice el tipo que trabaja de Canciller de la República. Nada menos.
La marcha tuvo la grandeza de un pueblo resiliente. Empujó las banderas, los carteles, le puso la voz al sentimiento de que «la patria no se vende». Desafió la lluvia con el mismo énfasis con que enfrenta las mentiras del gobierno de los ricos, todos esos días. Gas, palos, balas y las miradas desde las ventanas de un poder tan oscuro como los uniformes. Esos uniformes que al final de la jornada se quedaron solos y patéticos con las calles en las que aún resonaban los cantos del pueblo y ellos en medio de su propio gas.
Y pocas horas después, ahora bajo un sol amigable que invitaba a ser disfrutado porque amenguaba el frío intenso, San Cayetano.
Muchos despedidos, muchísimos. Hemos hablado con ellos tantas veces, pero sigue horadando el alma cada palabra acongojada que se escucha. Arrojados a la calle desde empresas importantes. Georgalos o Fate o tantas y tantas otras. Pero además no les pagan, los maltratan, los desprecian, los ignoran. Duele mucho.
¿Y cómo conseguir trabajo? La situación está mucho muy difícil. Y más aún cuando se piensa en que se quedan sin trabajo o que el salario es muy bajo aunque lo tengan. Es altísimo el porcentaje de trabajadores que están por debajo de la línea de pobreza. Una situación ridícula y escalofriantemente común, hoy por hoy, tener trabajo y estar abajo de la línea de pobreza. Imaginemos lo que es la situación para los que ni siquiera tienen trabajo.
San Cayetano ocurre en un momento tremendamente doloroso de la vida de los argentinos. Cuando el desempleo crece. Y el paso siguiente es ser devorado por el endeudamiento. Así se llega a una situación tan crítica que uno no puede afrontar los gastos. ¿Qué hace? Pide. Primero, la familia; después, los amigos; luego un adelanto del trabajo, y así sigue y sigue sin poder llegar, ya no a fin de mes, sino a pagar las deudas del mes anterior. En eso están casi 21 millones de personas. Un infierno.
¿Quién es el responsable? ¿Quién tomó la decisión por la que se quedaron sin trabajo 400 mil trabajadores? Incluso las cifrase reales deben ser superiores. Porque se dice que son 350 mil y que más de 50 mil (aunque yo digo que deben ser otros 300 mil) los trabajadores informales que dependen muchas veces de los que tienen trabajo, o de otros milagros para apenas arañar la subsistencia.
¿Quién adoptó las políticas que determinaron esta crisis laboral y salarial en la Argentina? ¿Quién está juntando plata como un demonio para pagarle al nefasto Fondo Monetario Internacional las deudas que el neoliberalismo -verbigracia Macri y Milei- contrajo a nombre de una élite empresarial dominante, que son los que fugan el dinero que otros traen, justamente, con la complicidad aberrante del FMI?
En medio de esta trampa pretenden que encima no haya responsables de lo que es sin lugar a dudas, una estafa brutal. Sí los hay.
Pero ahí lo tenemos a Milei diciendo: «Nadie le puso el revólver en la cabeza a la gente para que se endeudara”. Sí, lo hizo esa política tuya -perdón por el tuteo-, esa política que es un revólver en la cabeza de la gente. Y otro personaje que se las trae, Santiago Bausili, como presidente del Banco Central no tiene el mínimo pudor en afirmar: «No podemos hacer nada entre privados». Sí, señor, sí, lo pueden hacer. Es obligación justamente ser árbitros en las relaciones entre privados que tienen diferentes capacidades, sobre todo en lo económico y en lo social.
Claro que como contracara podemos escuchar a Kicillof, quien dice algo muy importante sobre la responsabilidad que se tiene en estos casos. “El lío lo armó Milei. No la gente, a la que él trata de irresponsable, o que no tiene una pistola en la cabeza, cómo dijo. La gente que se está endeudando, en su gran mayoría, tiene que ver con que los salarios no alcanzan para cubrir cuestiones básicas, alquileres, alimentación, salud. Pasa por la desregulación y las decisiones que va tomando Milei”. En ese cóctel se tiene una perfecta narración de lo destructivo que es lo que puede hacer un gobierno y de lo que sin embargo todavía se puede soñar con hacer mejor para la República Argentina.
Por eso, por esa gente, por esa represión, por las verdades del pueblo y las mentiras del gobierno es que no se puede poner la vida en pausa.