Para la soledad

Por: Víctor Hugo Morales

Columna de opinión de Víctor Hugo Morales.

Sola la plaza. Vacía de pueblo, atravesada por miedos inventados y tristes. Sin gente, solamente con el recuerdo de las voces que alguna vez le dieron vida. La Plaza de la Revolución, fue. De bombardeos. De Madres.

Mauricio Macri la cruza con su élite. Camina lentamente, sonriendo, mirando hacia los costados como si hubiera una muchedumbre. Va desde la Casa Rosada, sobre un puente tendido sobre el foso, con un cocodrilo medieval que saca el morro y muestra los dientes. Hay armas en la plaza, hay policías. Han llegado a la Catedral. El poder allí se congela, se afirma, se reza.
Allá el pueblo. Detrás del vallado, lejos. Mirándose desconcertado, desde que la gente fue llegando la siente como propia esa Plaza. Quiere saber de qué se trata. Le pertenece, sí, lógicamente, pero ahora ese predio histórico está cerrado al paso de los caminantes.
French y Beruti. Las bombas del ’55. Semana Santa. El adiós impresionante de la que te dije, hace muy poco. Pero todo eso hay que recordarlo, hay que imaginarlo. El pueblo no puede saber de qué se trata. Otra vez será. Otra vez. ¿Qué hace un presidente sin pueblo?
¿Cuál es la oración que rezan allí adentro y los redime, en la acústica solemne de la imponente Catedral? Hay un discurso. La iglesia, cuya cúpula dorada siempre brilla para los más poderosos, los más lejanos a Dios, retumba palabras de siempre. La paz, la convivencia. Los pobres. Han jugado hasta desmayarse de placer contra un gobierno que, al menos, trataba lo mejor que podía a esa gente que esta vez mira de lejos, de muy lejos. Algunos celebran que al presidente Macri también se lo digan. Pero cuando llegue la hora de la verdad, cuando haya que desgarrar una sotana, será por ellos. Tres padrenuestros y ya está. Que el cielo sea con vos.
Macri traga saliva, pero sabe que los diarios que por ahora lo protegen, sabrán presentar el hecho de una forma que no lo desgaste. Todos fingen. Son mandados a hacer para eso. Está muy bien lo que dijo el cura, declaran. Son demócratas, ya se sabe.

Caminan hacia la puerta. El incienso se ha confundido con el aire que la mañana empuja desde la puerta. Salen todos a paso lento. La Plaza de la gente, sola, vacía, apenas poblada por los recuerdos que duelen o exaltan al pueblo, les da la espalda de cemento.

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