«Parque Lezama»: un banco, dos mitos y una película que nunca despega

Por: Adrián Melo

En Parque Lezama, Luis Brandoni y Eduardo Blanco sostienen el duelo central con oficio y química. Campanella filma prolijo, pero el conflicto se desvanece en un progresismo impostado.

Con Parque Lezama, el director Juan José Campanella se suma a una tradición argenta -con resultados variables- de llevar a la pantalla grande un éxito teatral. De esa tradición, los casos más destacables son, sin dudas, Esperando la carroza, la obra de Jacobo Langsner transpuesta al cine por Alejandro Doria en 1985, que devino un clásico nacional sin ambages; La nona, de Roberto Cossa, que Héctor Oliveira adaptó para las salas en 1979 y que, aunque no fuera valorada en su momento por la crítica y el público, fue leída posteriormente como una de las escasas películas producidas durante el momento más álgido del terrorismo de Estado en la que puede leerse una metáfora de la sociedad caníbal; y finalmente Made in Lanús, de Nelly Fernández Tiscornia, adaptada al cine como Made in Argentina por Juan José Jusid en 1987, que solo puede ser salvable por aquel dicho de Umberto Eco que reza que un cliché causa risa y que cien -o todos los- clichés juntos conmueven.

Curiosamente, se trata de tres intentos de radiografiar a la sociedad argentina con el marco de fondo de la última dictadura. Si bien Parque Lezama puede vanagloriarse de ensayar hacer lo propio, pero en un tiempo histórico no del todo preciso, se encuentra con un obstáculo mayor. Y es que Campanella no adaptó primero al teatro y ahora al cine una historia local, sino un argumento originalmente ambientado en Central Park y escrito por un dramaturgo estadounidense: I’m Not Rappaport, de Herb Gardner. Y lo que era en principio un encuentro interracial entre dos marginales de Estados Unidos -un judío blanco y gruñón y un afroamericano- en el parque más emblemático de Nueva York se convirtió en otra cosa. Es decir, devino en fórmula y estilo Campanella clásico -a grandes rasgos, costumbrismo y sentimentalismo recargados, personajes estereotipados y progresismo político lavado-: el diálogo entre dos ancianos blancos, León Schwartz (Luis Brandoni), un viejo militante del Partido Comunista, gran fabulador y mitómano, siempre dispuesto a la confrontación, y Antonio Cardozo (Eduardo Blanco), un hombre conservador y conformista, poco proclive a la conversación y mucho más a pasar desapercibido para conservar su trabajo alienado como mantenedor de calderas de un edificio, que se encuentran a diario en el parque que, según cuenta la leyenda, fue el sitio donde se fundó por primera vez la ciudad de Buenos Aires.

Brandoni y Blanco sostienen el film.

En Parque Lezama, Campanella hace pocos intentos por darle a la película un ribete o un tinte más cinematográfico. Así, por momentos parece una función filmada espléndidamente de la obra de teatro, que se sostiene gracias a la indiscutible maestría artística de Brandoni y Blanco. Una de las excepciones a esta afirmación es que el Parque Lezama nunca fue tan bellamente retratado, al punto de que sus parajes parecen cobrar vida, magia y poesía impregnadas de una dulce melancolía. Por lo demás, son prácticamente dos horas de diálogo -solo por momentos tedioso- entre los actores, interrumpidas por la algo desafortunada irrupción de los personajes interpretados por Agustín Aristarán, el malvado dueño de consorcio del edificio donde trabaja Cardozo, y Verónica Pelaccini, dealer e hija de Schwartz, a la cabeza, seguidos de Manuela Menéndez, Alán Fernández y Matías Alarcón. En efecto, estos últimos intérpretes no pueden más que desentonar con la experiencia y la química lograda entre los protagonistas en más de 1300 funciones desarrolladas en Argentina y España, que contaron con alrededor de 600 mil espectadores.

Más allá de ideas preconcebidas, esta idea de teatro llevado al séptimo arte -o simplemente teatro filmado- puede erigirse en notable desafío político en los tiempos que corren en el país, porque en el caso de Parque Lezama se trata de darle voz a dos ancianos octogenarios, dos personajes que el discurso del gobierno nacional presidido por Milei no dudaría en calificar como dos viejos meados. En definitiva, en clave de época, resulta contracultural este imperio del habla, máxime cuando se puede tratar de otorgar valor a la palabra a un sector etario duramente castigado por el gobierno nacional y que ya Campanella había sabido reivindicar en su producción anterior El cuento de las comadrejas (2019).

Luis Brandoni.

Más allá de que pueda gustar o no la marca Campanella, no deja de llamar la atención, y hasta resultar algo esquizofrénico, el hecho de que el premiado director siga haciendo películas con un mensaje progresista y popular, a la vez que su discurso político se vuelve visceral y encendidamente antinacional y antipopular, más cercano a los proyectos neoliberales que, particularmente en películas como Luna de Avellaneda (2004) o El hijo de la novia (2001) supo resistir y combatir. Aunque una doble lectura de la adaptación que hace de la obra de Gardner puede sugerir que, para Campanella, siguiendo los parámetros discursivos hegemónicos de época, el comunismo, así como las grandes utopías redentoras del siglo XX, solo sobreviven como fabulaciones y que los comunistas son meros mitómanos, como el personaje que encarna Brandoni.

Paradojas de las historias políticas personales y su relación con la historia del cine argentino: de las cuatro películas más famosas que tuvieron su origen en sucesos teatrales, en tres trabajó Brandoni. En Esperando la carroza interpretó a un político mafioso, amoral y corrupto, allegado a las derechas; en Made in Argentina, a un exiliado político por la dictadura; y en Parque Lezama, a un comunista que aún cree en los sueños sociales de redención. En su vida pública real parece haber hecho, en cierto sentido, el camino inverso y regresivo que en la ficción: el actor perseguido por la Triple A y luego exiliado político durante la dictadura por su activismo en pro de los derechos de los actores, el funcionario del gobierno democrático de Alfonsín, el histórico militante radical, se metamorfoseó en los últimos años en ferviente simpatizante y acérrimo defensor de los gobiernos de Mauricio Macri y Javier Milei, cobardes ajustadores de salarios y lisa y llanamente crueles apaleadores de los “viejos meados”.

Eduardo Blanco.

Finalmente, se puede afirmar que Parque Lezama, la película, se erige en tributo, homenaje e intento de inmortalizar un suceso teatral que probablemente no resistirá el paso del tiempo. «

Por momentos el film parece apenas una función
filmada de
la reconocida obra de
teatro.


Parque Lezama

Dirección: Juan José Campanella. Elenco: Luis Brandoni, Eduardo Blanco, Verónica Pelaccini, Agustín Aristarán. En cines. Estreno en Netflix: 6 de marzo.

La marca Campanella apuesta a un tono popular que contrasta con su discurso.




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