La advertencia de Pasolini, más vigente que nunca: el fascismo moderno llegará sin uniformes, en nombre de la libertad y el consumo

El cineasta, escritor e intelectual clave del siglo XX, desarrolló estas ideas en artículos y ensayos publicados durante los '70. La semejanza con este presente no es pura coincidencia.

Hace casi medio siglo, alguien advirtió que “el verdadero fascismo no lleva camisas negras, vende progreso”. Lo dijo fue Pier Paolo Pasolini, y sus palabras, en apariencia dramáticas para su tiempo, hoy resultan inquietantemente concretas. La sociedad de consumo, argumentaba, logró lo que el fascismo político no pudo: borrar culturas, uniformar vidas, domesticar voluntades y desplazar el conflicto social hacia un territorio neutralizado por el mercado y la televisión. La pregunta que Pasolini dejaba flotando, y que resuena en nuestros días, es simple y demoledora: ¿cuánto hemos cambiado realmente desde entonces, o acaso el fascismo solo mutó de forma?

En Argentina, Estados Unidos y buena parte del mundo, esas observaciones encuentran un espejo inquietante. La aceleración tecnológica y el control de la información han convertido el consumo cultural en la principal forma de socialización. Plataformas digitales, publicidad y entretenimiento masivo actúan como un nuevo disciplinamiento: dictan gustos, moldean identidades y generan consenso sin necesidad de coerción explícita. Pasolini lo anticipó: el poder ya no requiere uniformes ni banderas; su fuerza radica en la seducción del mercado y la lógica de la eficiencia económica.

En Estados Unidos, la sociedad de consumo ha tejido una cultura de polarización donde los discursos políticos se filtran como productos de marketing, y la participación ciudadana se reduce muchas veces a elecciones mediáticas. En Argentina, la concentración mediática, la precarización económica y la exposición constante a contenidos estandarizados generan, de manera paralela, un consenso silencioso sobre lo que se considera deseable, normal o incluso inevitable. La globalización amplifica este fenómeno: de Milán a Miami, de Buenos Aires a Seúl, los mismos formatos culturales y productos homogeneizan expectativas, estilos de vida y hasta aspiraciones políticas.

Fascismo moderno

Pasolini señalaba algo más sutil y profundo: el fascismo moderno se infiltra en los gestos cotidianos. No necesita decretos autoritarios para controlar; basta con normalizar la desigualdad, naturalizar la violencia y estetizar el consumo. Las redes sociales, los algoritmos que deciden qué vemos y qué ignoramos, las noticias filtradas y los espectáculos mediáticos cumplen hoy esa función de forma más eficiente que cualquier aparato estatal fascista de los años treinta. La persuasión reemplaza a la coacción; la cultura de consumo, al imperio de la fuerza.

El riesgo, para Pasolini y para todosnosotros, es que la homogeneización no se perciba como tal. La ilusión de libertad -elegir qué serie ver, qué marca comprar, qué influencer seguir- oculta una uniformidad profunda de pensamiento, sensibilidad y expectativas. La diversidad cultural se diluye, la crítica se debilita y la política se vuelve espectáculo. Los territorios de resistencia no desaparecen, pero deben pelear contra una maquinaria que opera silenciosa, persistente y global.

Pasolini y diez más

Recordar a Pasolini no es un ejercicio nostálgico ni académico. Es advertir que el fascismo no murió; se transformó. Su disfraz moderno no lleva camisas negras, pero mantiene intacta su capacidad de moldear subjetividades. Entenderlo hoy, en el presente argentino, estadounidense y global, es urgente: reconocer los mecanismos de control que actúan bajo la apariencia de progreso es el primer paso para resistirlos.

Foto: AFP

La pregunta que nos deja Pasolini sigue abierta: ¿cuánto de nuestra cultura, nuestras decisiones y nuestros deseos son realmente propios, y cuánto producto de un sistema que nos vende uniformidad como libertad? Frente a eso, la vigilancia crítica es, acaso, el único antídoto posible.





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