Patricio Pron: “Leer ciertos libros es traicionar lo que nos convirtió en lectores”

El escritor argentino propone una novela construida a partir de notas al pie encadenadas para contar la vida del artista Benjamín Fondane y que, al mismo tiempo, funciona como una crónica en primera persona de los Estados Unidos post Trump.

La última novela de Patricio Pron (Rosario, 1975), En todo hay una grieta y por ella entra la luz (Editorial Anagrama), desafía varios lugares comunes de la literatura. En primer lugar, porque escribió una no-biografía (o una contra-biografía) de un personaje misterioso y poco conocido. En segundo, porque lo medular del libro está en las notas al pie -que tienen, a su vez, otras notas al pie-, una decisión con la que subvierte el orden habitual de la lectura. Este llamado a mirar a los márgenes (o a los costados) está relacionado también con la irrupción de la realidad social y política de Estados Unidos en la tarea del narrador de contar su historia: la vida se filtra, se impone. En todo hay una grieta y por ella entra la luz es una provocación literaria llena de vida, de sentido y de frescura. Sigue, como punto de partida, la vida de Benjamin Fondane, un enigmático artista que pasó de buscar las vanguardias en el dadaísmo (al que llegó tarde) a ser un pionero del cine (con un único film destruído, realizado en Buenos Aires), y cuyo destino fatídico terminó en Auschwitz. Patricio Pron se dispone a conversar con Tiempo Argentino sobre su nueva propuesta literaria, carente de muchos clichés literarios.

Una charla con Patricio Pron

Hay algo siempre enigmático en tus títulos, que cifran significados hasta la última página y requieren de un lector activo, crítico, que se encuentra con una obra en la que las notas al pie se subvierten, en que la realidad se cuela en un proyecto literario. ¿Cómo fue la génesis de la escritura?

-Desde luego, el disparador de esta novela fue la invitación que recibí para ir a escribir a Nueva York un libro sobre Benjamin Fondane. Esta es una trayectoria fascinante, que me tuvo obsesionado durante años, pese a lo cual no encontraba mucha información acerca de Fondane en Europa. Me enteré que había muchas cosas en la Biblioteca Pública de Nueva York y pensé en la posibilidad de ir. Finalmente me invitaron y me marché a vivir un año allí. Lo que sucedió en ese año fue que Nueva York -como suele hacernos- me pasó por encima, me arrolló. Nueva York es una ciudad que ofrece estímulos continuos, todos ellos echándose sobre nosotros, casi sin pedirnos permiso. Y la ciudad fue llevándome hacia otro lugar. También fueron llevándome hacia otros lugares las cosas que yo encontraba en la Biblioteca, que tiene unas seis millones de cosas. Si yo buscaba algo y no lo encontraba era sencillamente porque estaba buscando mal. Así que esa estancia, en algún sentido, fue una revelación total y absoluta para mí. Sabía que si esa revelación sucedía iba a cambiar el destino del libro y lo hizo. Y el libro sobre Fondane se convirtió en el libro sobre Fondane, pero no en el libro al uso que yo hubiese escrito de no haberme visto sometido a todos estos estímulos.

Al principio, uno podría decir que se trata de una novela sobre la no escritura de una biografía sobre Fondane, pero con el devenir de la lectura descubre que sí está escribiendo sobre Fondane, de otras maneras: con intertextualidades y con notas al pie, que pasan a ser protagonistas. ¿Cómo llegaste a eso? ¿Y qué significa darle centralidad a lo que es habitualmente marginal en la literatura?

-Fondane fue naturalmente un escritor marginal, que son a menudo los más interesantes, y fue además un iconoclasta, alguien que se opuso al sentido común de su época, al menos en lo que hace a la plasmación del sentido común en el ámbito literario. Y escribir la biografía al uso -que de alguna manera yo estaba obligado a escribir- hubiese supuesto traicionar ese espíritu de Fondane. Esto es algo en lo que yo pensaba, al tiempo en que me preguntaba un poco si era posible una novela que sólo consistiese en notas al pie de página. Desde luego, nunca había visto una novela así, de modo que tenía que intentar escribirla para saber si era posible. Al parecer lo es y el libro consiste en un párrafo que es el primer párrafo que yo hubiese escrito de haberme traicionado a mí mismo y a Fondane, y siete notas a pie de página que narran la historia de Fondane y mi propia historia en la ciudad de Nueva York. Lo hacen además con notas a pie de página ellas mismas, porque de momento nadie me ha dicho que una nota a pie de página no pueda tener una nota a pie de página. Son un intento de proponer una literatura menos jerarquizada.

Algo central en la novela es cómo la realidad —Nueva York, la victoria de Trump en las últimas elecciones— se cuela en la ficción. ¿Cómo trabajaste eso? ¿Cuánto tiene que ver con lo que planteás en el concepto del libro: la grieta y la luz?

-Supongo que uno de los mandamientos que operan sobre los escritores es que no debés escribir novelas históricas en tiempo presente. Pero, desde luego, los hechos con los que yo me veía confrontado en mi llegada a Nueva York, eran hechos sobre los cuales no podía sino escribir, porque eran hechos que suponían dos cosas. En primer lugar, venían a probar una vieja cosa que yo creía: que creemos saber cómo son los Estados Unidos, pero desde luego no lo sabemos en absoluto. Es un país muy complejo, muy diverso, muy grande y contradictorio. De tal manera que las ideas que tenemos sobre los Estados Unidos son, en el mejor de los casos, simplificaciones. La segunda cosa que mi experiencia ponía de manifiesto es que se estaba produciendo una transformación y un sinceramiento de los Estados Unidos que era desconcertante en su tamaño y en su radicalidad. Llegué a Nueva York pocas horas después de que Joe Biden renunciara a la candidatura demócrata luego de un pésimo debate televisado. Estaba rodeados de profesores, académicos y artistas, que estaban convencidos de que esta era una buena noticia, por cuanto Kamala Harris iba a ganar las elecciones. Sin embargo, yo tenía la impresión de que el Estados Unidos que yo veía en la calle se parecía mucho más al de Donald Trump que al de Kamala Harris. Que se parecía mucho más a esta historia de embustes y de engaños, y de coacción y de desprecio por el otro que preside la forma en que Trump parece pensar el mundo, mucho más que la historia de esfuerzo y de talento y de autosuperación Harris. Las personas con las que hablé después del triunfo de Trump me decían: “Vas a ver cómo todo se arregla cuando echen a los inmigrantes”. Y esas personas eran inmigrantes, un fenómeno que veríamos luego en muchos otros sitios. Esa contradicción para mí era fascinante, y al mismo tiempo resultaba una especie de rima. Y este presente rima mucho con los años ‘30 europeos, con el ascenso de los fascismos que nos condujeron al horror de la Segunda Guerra Mundial y de los campos de exterminio en Europa. No haber hablado de estas cosas hubiera sido para mí traicionar la que es una de las potencias de la literatura, que es la de servir como un enorme reservorio de ideas.

Es un libro infrecuente porque también plantea, desde su estructura y desde las temáticas que irrumpen, un compromiso del lector en un tiempo en el cual muchas de las propuestas culturales vienen masticadas, ya procesadas.

-Sí, es lo que se llama proceso de simplificación de los productos culturales, incluyendo los libros. Una estadística publicada recientemente indica que las personas tienen cada vez más dificultades para comprender frases de más de doce palabras. Estas dificultades, que sobre todo, es evidente, tienen un peso mayor en las nuevas promociones de lectores y lectoras, nos abocan, si somos por completo darwinistas, a consumir un tipo de literatura que habrá sido creada para satisfacer esa demanda. Es decir, que carecerá de todo tipo de complejidad. La complejidad, sin embargo, es riqueza, y la pérdida de complejidad supone la pérdida de una riqueza, que es la riqueza del mundo. Y tiene como consecuencia nuestra inhabilidad para habitar el mundo. En el fondo hay una cuestión, que es la del agotamiento de la idea del futuro.

Podríamos vincular lo que decís con el término de Heidegger de “existencia inauténtica” y la avidez por novedades, por ejemplo, como un modo de vida que está en la trama. ¿Hasta qué punto vivimos en un torbellino en el que hoy algo es noticia importante y mañana es completamente olvidado? ¿Buscas señalar esto en la novela?

-No hay experiencia real en una vida falsa, es lo que dice Heidegger. Y la prueba de ello es que cada vez necesitamos estímulos más intensos para sentir lo que sentíamos con determinados estímulos que en algún momento para nosotros bastaban.

Eso es Trump, que irrumpe en la vida del narrador y en su narración.

-Eso es Trump. Esa es la triste y cotidiana visión de aquellos niños a los que, ante la más pequeña rabieta, sus padres les ponen un teléfono delante, condenándolos a una adicción de la que no van a poder reponerse. Eso es buena parte de los productos que se nos venden como novedades y que no lo son. No es más que la repetición de aquello que ya hemos visto, ya hemos leído y hemos escuchado. Si yo escribiese los libros que de alguna manera se reclaman estaré traicionando algo muy profundo que radica en mí, que es lo que me convirtió en un escritor y en un lector. Y creo que leer ciertos libros es traicionar lo que nos convirtió a nosotros en lectores y en lectoras. Mi aspiración radica en no escribir nunca ese libro, sino en escribir otros como este.

El zorro, que también es protagonista de la tapa, dialoga con el título y con los tiempos y las historias entrecruzadas de la novela. ¿Qué significado tiene?

-Hay una historia personal de fondo, la de mi bisabuelo materno, que fue una figura muy similar a Fondane. Mi bisabuelo materno era un trabajador manual en el centro de Italia, que fue alertado por su patrón de que se aproximaba una nueva Guerra Mundial y que él sería arrastrado con ella. Su patrón, con una enorme generosidad, le dijo que se fuera a América y lo ayudó con los pasajes. Este enorme gesto de generosidad salvó la vida de mi bisabuelo materno y posiblemente haya salvado mi propia vida de forma indirecta. Se fue a Córdoba, Argentina, a una zona rural, y algó le pasó, que no sabemos qué es, pero a partir de ese momento se dedicó a curar los campos de sus vecinos. Un curandero, un chamán. Y su método se basaba en la observación del paisaje, que es lo que hemos perdido y deberíamos recuperar. Y también estaba basado en la palabra. Pensé que una de las cosas que más echaba de menos en el momento actual era la conexión con el paisaje. Pensé que tal vez existe la posibilidad de que una persona como yo se convierta en un mejor lector de paisajes. Pero también recordé el hecho de que, al igual que yo y al igual que él y sin proponérmelo, lo que he estado haciendo es algo que tiene que ver con las palabras. Y pensé que ahí había una conexión como la hay en el título, que me unía con quienes me han precedido y con quienes vendrán después de mí. El libro viene a decirle a los lectores que tenemos una tarea pendiente: convertirnos en mejores antepasados de quienes vendrán.

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