La obra pasó por el Festival Shakespeare Buenos Aires y busca acercar ese universo a toda la familia. Entre juegos y escenas clásicas, aparecen preguntas muy actuales sobre identidad y soledad

-¿Por qué elegiste Hamlet?
-Este proyecto surgió en conjunto con Sebastián Pajoni y Adriana Tursi. Patricia Orozco nos invitó a participar del Festival Shakespeare y nos dio el impulso para realizar una obra que llevaría adelante Sebastián como artista unipersonal. Nosotros venimos trabajando hace muchos años; hicimos La patria al hombro durante mucho tiempo, junto a otros espectáculos como María, es Callas. Obviamente, la obra de Shakespeare es muy vasta, pero cuando empezamos a reunirnos Hamlet fue bastante protagónica en nuestras charlas. Es una obra que tiene muchísima vigencia; en cualquier momento de la historia resuena y también en distintos momentos de la vida. Teníamos la sensación de que era interesante no solo por las cuestiones íntimas que atraviesa, sino también por el contexto, el tema de la traición y el conflicto político que hay alrededor.
-¿Qué tienen de nuevo estos textos para las nuevas audiencias?
-En principio no es la historia completa; es un recorte. Lo que sucede es que la va a contar un juglar, que es el mismo Yorick. En esta obra aparece y empieza a contar la historia ayudado por un niño que se llama William. El niño le da incentivos, le agrega momentos que le interesan, personajes, fantasmas; busca la acción, el terror y distintos ingredientes. Entre los dos van contando la historia. No se cuenta completa porque están haciendo una especie de boceto de Hamlet. La postura es que en la infancia aparecen esas historias que nos marcan para siempre y que después retomamos a lo largo de toda la vida; volvemos a contarlas, amplificarlas o darles nuevas versiones. Por eso la idea es que pueda verla toda la familia. El juglar no solo actúa la historia, también la explica. Las partes que faltan las va rellenando, lo que genera un contacto constante con el público y vuelve la experiencia más participativa. De alguna manera eso la hace más popular y llevadera. Todavía existe el mito de que Shakespeare es aburrido, muy serio o difícil de entender. En realidad, en Shakespeare pasa de todo: es un dramón, hay acción, drama, comedia; tiene todos los componentes. La gente se identifica con eso. Simplemente, a veces hay que ayudar a que lo sientan más cercano y derribar ese mito.
-Hace poco dijiste que te tomás tu tiempo para poner en escena una obra. ¿Cuál es el momento en que te das cuenta de que está “a punto caramelo”?
-Siempre siento que necesito mi tiempo. No importa si tengo dos años, dos meses o dos días para montar una obra; necesito ese momento de lanzarme al vacío con el actor, la actriz o el equipo y ver qué pasa. Ir explorando de a poquito, solo con preguntas. Y que vayan apareciendo algunos atisbos, algunos juegos. Luego, cuando ya se genera todo ese caos, empiezo a ordenarlo. Y siempre hay un momento de crisis, en el que digo: “Listo, esto no va para ningún lado, no me sale”. Sé que ese momento va a llegar; si no llega, me preocupo. Después de atravesar ese momento, cuando siento que no encuentro el sistema o la clave para organizar todo, finalmente aparece esa clave y logro ordenar el material. Ahí siento que está. Ese es el momento en que sé que está a punto caramelo.
-¿De qué das clases?
-Actualmente doy clases de puesta en escena en la EMAD (Escuela Metropolitana de Arte Dramático) y soy coordinadora de la carrera. También doy actuación en la Fundación Julio Bocca. Siempre vinculada, básicamente, a la puesta en escena y a la actuación.
-¿Cómo ves a los pibes, a los nuevos?
-Me doy cuenta de la estructura mental distinta que tenemos las diferentes generaciones y de las distintas formas de pensar y abordar los materiales. A los jóvenes de hoy siempre les digo que los compadezco mucho: sé lo difícil que es ser joven y puedo empatizar con eso. Con toda la información que tienen dando vueltas por todos lados, las confusiones que se generan con esa sobreinformación y ese sobreestímulo, sienten que la atención dura pocos minutos y a veces todo cuesta. Tienen mucha inseguridad a la hora de escribir o expresarse. A pesar de que tienen un montón de ideas buenísimas y son súper inteligentes, muchas veces les cuesta expresar lo que sienten o piensan porque no encuentran los medios. Yo aliento mucho, primero, a generar su individualidad y su particularidad, y a confiar en eso. Hay algo histórico, pero siento que ahora es mucho más grande: la necesidad de formar parte de algo, la sensación de que si sos distinto no pertenecés al grupo. Eso es muy doloroso.
-¿Hay un puente con Hamlet?
-Sí, siento que a Hamlet le pasa exactamente eso. Es un personaje que está dentro de su familia, pero se siente extranjero porque nadie lo entiende. Hasta que decide actuar. Él encuentra en el teatro el medio para demostrar lo que le está pasando. Incluso él mismo lo dice: “El teatro será mi espejo y mi cuchillo”. Esa fue la idea que movió toda la obra. Más allá de que a mí me impulsó la puesta en escena, esa frase habla de algo que nos pasa a todos, no solo a los jóvenes, aunque ellos y ellas están todavía más atravesados. Nosotros, cada tanto, podemos tomar cierta distancia, pero ellos no. Me parece muy importante ayudarlos a no sentir que están solos. Y siento que Hamlet les habla directamente. Pero siempre hay una salida: está en la comunidad, en unirse con otras personas.
Versión libre de Hamlet para un solo actor, de Adriana Tursi. Actúa: Sebastián Pajoni. Dirección: Tatiana Santana. Sábados a las 19 en Teatro del Pueblo, Lavalle 3636 (CABA).
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